Una puerta se cierra, la fe permanece

Una puerta se cierra, la fe permanece

29 diciembre, 2025 0 Por Staff Redaccion

** Clausura del Año Jubilar en el corazón de México

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV

Ciudad de México, lunes 29 de diciembre de 2025.- La tarde desciende lentamente sobre el Zócalo capitalino. Las campanas de la Catedral Metropolitana convocan a un último gesto cargado de memoria y esperanza.

Son las seis en punto. La fe —esa fuerza invisible que sostiene a los pueblos incluso en la adversidad— vuelve a reunir a hombres y mujeres de todas las edades bajo la bóveda centenaria del principal templo del país.

Con esta celebración solemne se clausura el Año Jubilar, un tiempo extraordinario de gracia que la Iglesia ofreció como oportunidad de conversión, perdón y reconciliación. El Jubileo no fue sólo una fecha en el calendario litúrgico, sino un camino espiritual: un llamado a detener el paso acelerado del mundo para reencontrarse con lo esencial, para sanar heridas y renovar la esperanza.

Durante meses, la Puerta Jubilar permaneció abierta como signo tangible de una fe que acoge y no excluye.

Cruzarla significó mucho más que un acto ritual: fue dejar atrás el peso de la culpa, reconocer la fragilidad humana y atreverse a recomenzar.

Por ella pasaron familias enteras, adultos mayores, jóvenes, peregrinos de barrios y comunidades diversas; todos con la misma búsqueda silenciosa: misericordia.

Presidió la celebración el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México. Su palabra, serena y pastoral, recuerda que la fe no es herencia automática ni refugio cómodo, sino compromiso cotidiano. El Jubileo —subraya— no termina con el cierre de una puerta, sino cuando la misericordia deja de vivirse en la realidad concreta, especialmente con los más pobres, los olvidados y los que cargan mayores dolores.

El momento del cierre de la Puerta Jubilar concentra la emoción colectiva. La Catedral guarda silencio. Algunos fieles se persignan; otros bajan la mirada. Hay lágrimas discretas, suspiros profundos, manos entrelazadas. No es un portón que se cierra para excluir, sino un signo que envía: lo celebrado dentro del templo debe vivirse fuera, en la calle, en el trabajo, en la familia, en el barrio.

Porque la fe es precisamente eso: una puerta interior que permanece abierta cuando todo parece cerrarse; una fuerza que impulsa a la justicia, a la solidaridad y a la esperanza activa. En un mundo marcado por la incertidumbre y la desigualdad, la fe no evade la realidad, la transforma.

La noche cae por completo sobre el Centro Histórico. Afuera, la ciudad retoma su ritmo incansable. Adentro, la Catedral conserva una calma profunda, casi antigua. El Año Jubilar se clausura en los muros, pero queda abierto en la conciencia de quienes lo caminaron.

La Puerta se cierra.

La fe, permanece.

Dato significativo

El año 2025 es un Año Jubilar Ordinario, celebrado bajo el lema “Peregrinos de Esperanza”, una invitación a caminar con fe viva y comprometida, incluso en medio de las dificultades, llevando esperanza a los demás con obras concretas de amor y misericordia.

…Ese lema —Peregrinos de Esperanza— no es una consigna decorativa.

Resume el espíritu que atraviesa esta clausura: caminar sin certezas absolutas, pero con la convicción de que la fe sigue siendo un faro en medio de la noche. Ser peregrino implica no instalarse, no conformarse, no endurecer el corazón. Implica avanzar, aun con cansancio, confiando en que cada paso tiene sentido.

En ese horizonte, la indulgencia jubilar —tan mencionada y a veces poco comprendida— adquiere su verdadero significado. No es un premio automático ni un privilegio reservado a unos cuantos. Es una expresión de la misericordia de Dios que se ofrece a quien decide reconciliarse, cambiar de rumbo y vivir con coherencia. Confesión, comunión, oración, desapego del pecado y obras de misericordia no son requisitos burocráticos, sino gestos concretos de una fe que se encarna.

La celebración concluye, pero el mensaje permanece.

El Jubileo ha recordado que la fe no se reduce a lo íntimo ni se agota en el rito. La fe se hace visible cuando se comparte el pan, cuando se escucha al otro, cuando se defiende la dignidad humana y se acompaña al que sufre.

Es ahí donde la esperanza deja de ser discurso y se vuelve acción.

Al retirarse los fieles, la Catedral queda en penumbra. Las luces se atenúan, el incienso se disipa lentamente y el eco de los cantos se mezcla con el rumor lejano de la ciudad.

No hay aplausos. Hay silencio. Un silencio lleno, fecundo, que invita a mirar hacia dentro.

Así concluye el Año Jubilar.

No como un punto final, sino como un envío.

Porque quien ha cruzado una puerta de misericordia ya no puede vivir igual.

Porque la fe, cuando es auténtica, no se clausura: camina.