El olor de la lluvia sobre el olvido

El olor de la lluvia sobre el olvido

7 julio, 2026 0 Por Staff Redaccion

*** Cuando el abandono también se acumula en bolsas de basura

*** Una ciudad que dejó de escuchar a Tlatelolco

Redacción de Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 7 de julio de 2026.

El cielo conserva memoria.

Las nubes que esta tarde cubren el Conjunto Habitacional Nonoalco Tlatelolco parecen las mismas que alguna vez presenciaron el nacimiento de este proyecto urbano, el estruendo de 1968, el derrumbe de 1985 y la solidaridad que emergió entre los escombros en 2017.

Pero hoy observan otra tragedia.

Una tragedia silenciosa.

Una tragedia que no ocupa los grandes titulares, pero que se percibe.

Se huele.

Se descompone lentamente al pie de los edificios.

Antes de que la lluvia toque el concreto, el aire ya está contaminado por el olor de la basura acumulada.

Los contenedores, conocidos por generaciones de vecinos como los “honguitos”, han dejado de ser puntos de recolección para convertirse en símbolos cotidianos del abandono institucional. Las bolsas se apilan unas sobre otras, como si cada una representara una promesa incumplida. El camión recolector no llega, o llega tarde, y mientras tanto la ciudad parece haberse acostumbrado a mirar hacia otro lado.

La dignidad que todavía dice “por favor”

En los grupos vecinales no circulan únicamente avisos.

Circulan testimonios.

Pequeñas crónicas escritas con la urgencia de quien observa cómo la realidad se deteriora frente a su ventana.

Uno de esos mensajes resume la preocupación colectiva:

Ya va a comenzar a llover y no vinieron por la basura que sacaron de los hongos. Además, van a pasar los pepenadores y van a hacer un tiradero. Por favor, pasen por la basura. Gracias”.

No hay insultos.

No hay amenazas.

Hay educación.

Hay esperanza.

Y eso resulta todavía más doloroso.

Porque incluso frente al incumplimiento reiterado de un servicio público elemental, la ciudadanía continúa solicitando atención con respeto.

Los otros habitantes de la noche

Con el paso de las horas comienza un ritual conocido por todos.

Llegan los pepenadores.

Buscan cartón, aluminio, plástico o cualquier objeto que pueda convertirse en sustento para sus familias.

Ellos no son los responsables del problema.

También sobreviven entre las grietas de una ciudad profundamente desigual.

Sin embargo, cuando las bolsas permanecen durante días sin ser retiradas, terminan abiertas, rotas y dispersas sobre jardines, banquetas y andadores.

Poco después aparecen las ratas.

Las cucarachas.

Las moscas.

Los malos olores.

Y también personas en situación de calle que encuentran en esos contenedores saturados un lugar donde buscar comida o refugio.

La basura acumulada no sólo genera un problema sanitario.

También, evidencia la incapacidad institucional para atender simultáneamente la pobreza, la exclusión social y el derecho de toda la comunidad a vivir en un entorno limpio y seguro.

Cuando llueve sobre la indiferencia

La primera lluvia no limpia.

Agrava el problema.

El agua rompe las bolsas, arrastra residuos orgánicos, tapa coladeras, genera encharcamientos y convierte los andadores en corredores donde conviven desperdicios, lodo y contaminación.

Cada tormenta multiplica un problema que pudo resolverse con un servicio oportuno de recolección.

No se trata de un fenómeno natural.

Se trata de una consecuencia administrativa.

Es el resultado de una falla persistente.

Tlatelolco merece mucho más

Existe una profunda ironía.

Uno de los conjuntos habitacionales más importantes de América Latina, referente de la arquitectura moderna y patrimonio de la memoria colectiva del país, permanece a la espera de algo tan elemental como el paso del carrito de la basura.

No se trata únicamente de limpiar los pasillos y andarores.

Se trata de proteger la salud pública.

De evitar la proliferación de fauna nociva.

De impedir focos de infección.

De preservar la imagen urbana.

De respetar a miles de habitantes que durante décadas han cuidado este lugar con un profundo sentido comunitario.

Porque Tlatelolco nunca ha dejado de defenderse.

Lo hizo en la tragedia.

Lo hizo durante los sismos.

Lo hizo en la pandemia.

Y hoy vuelve a hacerlo al denunciar que el abandono también puede medirse por el número de bolsas acumuladas en cada “honguito”.

La basura también es un indicador del fracaso institucional

Una ciudad no se deteriora de un día para otro.

Se deteriora cuando las pequeñas omisiones comienzan a normalizarse.

Cuando recoger la basura deja de ser una prioridad.

Cuando la ciudadanía tiene que organizarse para exigir lo más básico.

Cuando la lluvia deja de ser una esperanza para convertirse en una amenaza.

Cada bolsa olvidada representa una ausencia de gobierno.

Cada contenedor desbordado refleja una institución que no escucha.

Cada vecino obligado a convivir con malos olores, ratas, pepenadores y personas en situación de calle es el reflejo de una política pública que ha dejado de atender a quienes sostienen diariamente la vida de esta ciudad.

Tlatelolco no pide privilegios.

Exige respeto.

Exige responsabilidad.

Exige que la recolección de residuos sólidos deje de ser una promesa intermitente y vuelva a ser un servicio público permanente, eficiente y digno.

Porque una comunidad que ha sobrevivido a la historia no merece ser derrotada por la indiferencia.

Y porque el verdadero olor que deja la lluvia sobre Tlatelolco no es el de la tierra mojada.

Es el olor del olvido.