Poquito a poquito: el bienestar que se construye con manos vecinales

Poquito a poquito: el bienestar que se construye con manos vecinales

7 julio, 2025 0 Por Staff Redaccion

*** Martín lo sabe bien: ninguna autoridad puede “retirar” por la fuerza sin vulnerar derechos humanos

Gricelda Domínguez 

Con Tlatelolco, Ciudad de México, martes 8 de julio. – Las sombras aún dormían entre ductos y jardineras cuando empezaron a disiparse. Eran las 9:30 de la mañana y un nuevo recorrido —de esos que no estrujan titulares pero rescatan dignidades— comenzaba a tejerse en los rincones olvidados de Tlatelolco. La Jornada para el Bienestar de las Personas Prioritarias arrancó sin fanfarrias, pero con lo esencial: la voluntad de actuar.

La Alcaldía Cuauhtémoc, en coordinación con el Sistema DIF capitalino —con Jesús Zalazar (Director de Atención Integral a Niñas y Niños) y Aldo Ornalas (Jefe de Control y Registro) al frente—, movilizó la Carreta y el “Camioncito del Amor”.

El objetivo: reubicar con humanidad, revisar puntos críticos y sostener un diálogo que respetase derechos fundamentales. Junto a ellos, la Brigada de Sensibilización liderada por Martín Pérez Montañés, “Martín Situación de Calle”, cuyo nombre es ya sinónimo de constancia en las calles.

Pero la verdadera savia de esta jornada fueron las manos vecinales. Trabajadores territoriales, personal de servicios urbanos y, sobre todo, residentes tlatelolcas comprometidos —quienes llevan semanas insistiendo en atender esta crisis con mirada solidaria— convirtieron la ruta en un acto colectivo.

Nada fue improvisado. Desde el Jardín de “La Pera” —donde carritos abandonados custodian ya un refrigerador solitario— hasta la jardinera de Manuel González y Reforma, el equipo avanzó metódicamente por los espacios donde la precariedad se ha vuelto paisaje. Bajo el puente peatonal del Metro Tlatelolco, entre conductos vehiculares que fueron tránsito vecinal, yacen ahora colchones húmedos, latas apiladas y un olor a abandono que corta el aliento.

— “Aquí estaba la carreta… el camioncito… ya casi se van”, susurra una vecina desde su ventana.  

— “El lugar ya quedó limpio”, responde otro, con una melancolía que delata la complejidad del gesto.

Porque en Tlatelolco, “limpiar” implica un duelo: bancas, jardineras floreadas, mobiliario urbano… todo ha sido sacrificado para evitar el regreso cíclico de quienes, sin rumbo, ocupan lo que queda. Pero esta jornada no fue solo barrido. Fue persuasión paciente, oferta de albergue, café compartido y palabras que buscan tender puentes.

Martín lo sabe bien: ninguna autoridad puede “retirar” por la fuerza sin vulnerar derechos humanos. Solo la voluntad propia abre caminos.

A pesar del cansancio y el riesgo —sí, algunos empuñan cuchillos o piedras—, la brigada persiste. Dos veces por semana recorren Tlatelolco. A veces logran canalizar a alguien; a veces no. Pero insisten. Con respeto. Con paciencia. Con la firmeza de quien sabe que lo que algunos llaman “limpieza” es en realidad una trama frágil donde se anudan lo social, lo jurídico y lo humano.

Un ser humano no desaparece por decreto. Los puentes no se vacían con varitas mágicas. Lo difícil no es raspar la mugre de un espacio, sino sembrar la esperanza de que pueda permanecer en paz, para todos.

A veces es poco. Pero es algo. Como murmura un vecino entre las jardineras, mientras observa a Martín tender una mano:  

“Poquito a poquito…”.

Y ese “poquito”, en una ciudad donde las heridas sangran a diario, es una victoria mínima, íntima, necesaria. La única que perdura.