La Fiesta Patronal Santiago Tlatelolco no es pasado ni costumbre
28 julio, 2025
*** Es presente, es voz colectiva, es raíz que florece cada julio

Con Tlatelolco, Ciudad de México, Lunes28 de julio.— Como cada julio, el corazón antiguo de Tlatelolco volvió a latir con fuerza en honor a su santo patrono, Santiago Apóstol, el mismo que cabalga entre la historia y la devoción.
Las campanas de la parroquia repicaron como un llamado sagrado a la memoria, al encuentro y a la fe de un pueblo que no olvida su origen, ni el paso de los siglos.
El sábado al caer la tarde, la puerta norte de la Parroquia de Santiago fue el punto de arranque para el tradicional traslado de la imagen peregrina hacia la Casa Conventual.
Entre incienso, tambores y el retumbar de los caracoles, grupos de danzantes ataviados con penachos, huaraches y cascabeles abrieron paso con pasos ancestrales. Cada danza, cada giro del cuerpo y cada ofrenda al cielo hablaba de un profundo respeto por las raíces indígenas que sobreviven en el alma del barrio.
Ya en el interior del templo, las voces franciscanas de los Hermanos de la Creación —Fray Donaldo Rosete OFM y Carmen Julia Elizalde OFS— llenaron la nave principal con cantos de fe. Era un concierto, sí, pero también una oración elevada con guitarras, flautas y silencios devotos. A las 10 de la noche, comenzó la velación de Santiago, entre copal y danzas nocturnas, cuando los pasos ya no buscan la exhibición, sino la comunión con lo sagrado.
El domingo amaneció festivo. Desde la Cerrada de Allende 39, la imagen regresó triunfalmente a su casa, escoltada otra vez por los danzantes de Tlatelolco, quienes parecían flotar al ritmo de tambores y conchas. A mediodía, la misa con mariachi desbordó alegría. El templo vibró al compás de guitarrones, violines y voces que le cantaban a “Santiaguito” con amor sencillo y profundo.
Por la tarde, el atrio se transformó en plaza de encuentro: la Kermés, los juegos infantiles, los puestos de antojitos y la serenata que se ofreció al santo patrón, donde la música popular convivió con lo espiritual, como si ambos lenguajes se entendieran desde siempre. Tamales calientes pasaron de mano en mano, porque en Tlatelolco, compartir el alimento también es acto de fe.
Ya entrada la noche, la última misa dejó un eco de recogimiento. Después, justo a las nueve, estalló el cielo en luz y sonido: cohetones, estrellas de colores, pirotécnicos alzaron su ofrenda explosiva a los cielos. Un espectáculo que, entre asombros y risas, cerró la celebración. Eso sí, con la advertencia clara de que cada asistente asumía su propio riesgo. Porque así es la fiesta en los barrios: libre, fervorosa, viva.
Y mientras las luces se apagaban en el atrio, Santiago volvía a su nicho, tal vez con una sonrisa secreta por el fervor de su pueblo, por la danza que nunca cesa, por la voz del mariachi y los rezos que le devuelven cada año su lugar entre los vivos.
Tlatelolco, una vez más, honró su historia. Porque aquí, entre ruinas mexicas, memoria colonial y resistencia urbana, todavía se baila y se canta por amor a un santo caminante.


