Abandono y sobrevivencia: los invisibles de Tlatelolco

Abandono y sobrevivencia: los invisibles de Tlatelolco

28 julio, 2025 0 Por Staff Redaccion


*** La población de calle está en aumento y son muy agresivos. No hay sanción ni control

Con Tlatelolco, Ciudad de México, lunes 28 de julio.- El lunes inició con el andar institucional de Martín, encargado de Atención a Personas Prioritarias, acompañado por su equipo de trabajo, elementos de Seguridad Ciudadana, como siempre, la ausencia de Servicios Urbanos, de la Alcaldía Cuauhtémoc.

Caminaron los espacios comunes de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, esos mismos puntos donde la denuncia de los residentes tlatelolcas sólo habita en redes sociales: el Jardín “La Pera”, el Ágora, los alrededores del edificio “Riva Palacio”, en la Segunda Sección, y el Centro de Bombeo en la Tercera.

No se trató de una visita de cortesía. Fue una intervención para ver de frente, de una vez por todas, la realidad oculta bajo toldos improvisados, lonas raídas y miradas desconfiadas. Una revisión a la suciedad acumulada y la desesperanza normalizada.

En el Espacio Cultural y Artístico Ágora, Martín se acercó con cautela. Ahí, un hombre había instalado su campamento: una casa de campaña colorida, casi infantil. A su lado, dos menores de edad, uno de ellos con celular en mano, grabando con agresividad, apuntando directamente al rostro del funcionario.

Tenemos derecho a estar aquí —señaló el padre con tono firme—. No nos vamos a ir.

No era un grito, era una declaración de territorio. Una frontera invisible entre el Estado y el abandono. Entre lo público y lo que ya se asumió como propiedad de la calle.

Una vecina del edificio Arteaga escribió en redes, con nostalgia y rabia mezcladas:
“Recuerdo hace años… la gente estaba preocupada porque mataban gatos aquí en la Unidad. Ahora son los indigentes quienes se han adueñado de los jardines. Ensucian horrible. Los quitan de un lado y se van a otro. Prefiero a los gatitos, ellos sí hacen una buena labor: evitan fauna nociva”.

Otra respuesta no se hizo esperar:


“Así es vecina, la población de calle está en aumento y son muy agresivos. No hay sanción ni control”.

Lo cierto es que la vulnerabilidad ha cambiado de rostro. Hoy se discute si estas personas, algunas enfermas, otras francamente violentas, son sujetos de protección o una amenaza constante. Sus actos, a veces indecorosos, se registran en los accesos a edificios, jardines e incluso en inmediaciones de escuelas.

¿Quién es realmente la población vulnerable? ¿El que duerme bajo un árbol por decisión, o la madre que teme por su hija al cruzar el parque?

Las autoridades, entre sensibilización y discursos garantistas, caminan una cuerda floja. Nombran derechos, pero olvidan la responsabilidad de garantizar seguridad al resto de los habitantes. Persuaden, pero no sancionan. Limpian un jardín, pero el campamento reaparece en otro.

Mientras tanto, el miedo crece. No sólo al robo de cable subterráneo, no sólo al asalto o al cristalazo. También a la amenaza física de quien, frustrado, lanza piedras, grita, empuja, insulta. Y lo hace sin consecuencias.

La crónica de este lunes no es la de un operativo, sino la de una comunidad que ve cómo se diluyen los límites entre el espacio público y el desamparo institucional. En Tlatelolco, la marginalidad no es sólo un fenómeno social: es una herida abierta en medio del concreto.