Memorias Vivas del 85: 7:19. La Hora de la Sociedad Civil

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21 septiembre, 2025 0 Por Staff Redaccion

Jueves negro, la Ciudad de México no estaba destruida

Testimonio de Iván Salcido

Con Tlatelolco TV

Ciudad de México, lunes 22 de septiembre.- Me parece increíble que ya hayan pasado cuarenta años de lo sucedido en el terremoto de México. Aquel sismo que le dio relevancia al 19 de septiembre, una fecha que antes de 1985, no tenía ninguna importancia en el calendario y que después, se volvió muy relevante al ser asociada con un evento tan significativo como lo fue el temblor.

A pesar del paso del tiempo, pareciera que fuera ayer, cuando en mi casa tomábamos agua hervida que sabía a rayos y evitábamos circular por la Ciudad de México.

Siguiendo las recomendaciones que nos hacían los locutores en la XEW, quienes se encargaron de mandar infinidad de mensajes por parte de su auditorio para que sus familiares en la provincia supieran que estaban bien, ya que las comunicaciones telefónicas estaban interrumpidas. 

Esa misma estación tuvo que aclarar, por la tarde de aquel jueves negro, que la Ciudad de México no estaba destruida y se encontraba operativa, debido a que en Sudamérica había reportes que aseguraban lo contrario.

Para quienes vivíamos lejos de la zona siniestrada, nuestro contacto con la catástrofe fue a través de las pantallas del televisor, donde se transmitían una y otra vez las duras escenas de lo que estaba sucediendo en el centro, como queriendo convencer a la gente que vivía en la periferia que no había sido afectada de la capital, de que era real la tragedia que no podíamos ver con nuestros propios ojos.

En mi caso se me hizo más evidente la tragedia cuando en las noches, la emergencia abandonaba la pantalla y se hacía presente en mi casa de una manera simple pero contundente: desde mi cama se podía escuchar el ulular de las sirenas que iban y venían por la calzada de Tlalpan, creando un puente de asistencia entre el Centro Histórico y la zona de hospitales de San Fernando, la cual no había sido dañada por el fenómeno. 

El ruido constante de las sirenas duró algunos días, prueba inequívoca de la cantidad de gente que había sido afectada.

La calzada de Tlalpan solía ser la ruta que mi familia tomaba cada vez que visitábamos a mis abuelos. 

Unos días después del terremoto, fuimos a su casa para constatar que estuvieran bien y cuando regresamos, nos encontramos a un edificio vencido en su planta baja y que además estaba recargado en un puente peatonal. 

Rápidamente reconocimos que se trataba del Hotel Finisterre, ubicado muy cerca de los puentes de Taxqueña y que ubicábamos bien, porque habíamos pasado por ahí decenas de veces.

Al observarlo destruido me entró una extraña nostalgia, ya que es difícil de asimilar que el contexto de la zona donde has crecido, cambie de manera súbita y sin previo aviso. 

Ese edificio en ruinas era solo uno más de los 800 edificios que el temblor se encargó de derrumbar. Inmuebles donde surgieron incontables historias que quedaron para la posteridad.

El mundo conoció a “La Pulga”

Una ellas fue la de Marcos Efrén Zariñana, un maratonista amateur que se hizo presente en el Finisterre unos minutos después del sismo, salvando la vida de un hombre y dando inicio a una labor como rescatista voluntario que lo llevaría a ayudar a 27 personas en la Ciudad, logrando alcanzar la fama cuando realizó su último servicio: el rescate con vida de un estudiante atrapado en las ruinas del Conalep, siendo el momento en que el mundo conoció a “La Pulga”.

El terremoto causó tal nivel de daños que a tan solo unos metros de distancia del Finisterre, se ubicaba otro derrumbe, el cual, no era muy apreciable desde la calzada de Tlalpan, debido a que el terreno estaba bardeado pero que desde los puentes de Taxqueña, se podía apreciar claramente.

El edificio en cuestión pertenecía al Instituto Cultural, un colegio que entonces era exclusivo para

niñas y cuyo drama, nos los describió uno de nuestros vecinos que tenía a sus dos hijas inscritas ahí y que aún no habían llegado al colegio. 

Afortunadamente para él, su hija mayor se salvó al quedarse dormida y no asistir a una clase especial, comenzó de manera inusual a las siete de la mañana, fortuna que no le sonrió a sus 16 compañeras y a la maestra, ya que perdieron la vida al caer el edificio. 

Todo esto ocurrió detrás de esa barda que ocultaba sus ruinas.

Pasar rápidamente dentro de un auto frente a los restos de un edificio colapsado hace que te impresiones, pero pararse frente a él, analizarlo detenidamente y descubrir sus detalles, provoca que se te hiele la sangre.

La primera vez que experimenté algo así fue unas tres o cuatro semanas después del sismo, cuando la emergencia había sido controlada y la Ciudad de México estaba urgida por recuperar su cotidianeidad. 

No había puerta

En esa ocasión, mi familia y yo incursionamos una tarde por la colonia Roma, se sentía abandonada, desolada y triste, como si se tratara de un ghetto que acababa de ser evacuado. 

Caminando por una de las calles, recuerdo toparme con un edificio que no había perdido su vertical, se mantenía sólido, pero estaba acordonado, no te podías acercar a él a pesar de que no se apreciaba ningún daño.

En ese instante pasó una persona a la que le pregunté sobre qué le había ocurrido al edificio, el hombre se detuvo, me volteó a ver, luego dirigió su mirada al inmueble y me contestó: “¿le alcanzas a ver la puerta?”

Esa fue la pista que aclaró todo. Al observar al edificio, inmediatamente caí en la cuenta de que efectivamente no había puerta y por el contrario, donde debería de estar el acceso había un balcón, indicio de que el edificio se había hundido. 

No acababa de sorprenderme cuando aquella persona me dijo antes de retirarse: “durante algún tiempo se escucharon ruidos venidos desde debajo de la acera, seguro había gente con vida pero nadie llegó a ayudarlas, unos días después los sonidos se detuvieron”, el hombre suspiró y continuó su camino sin decir nada más.

Se quedó corto

El hundimiento de aquel edificio se quedó corto cuando un poco más adelante, en la esquina de Zacatecas y Orizaba, encontramos una construcción ladeada en un ángulo imposible, tenía tan solo tres niveles inclinados que apuntaban a la avenida Orizaba, pero era evidente que había sido más alto, porque de sus columnas surgían varillas que habían sido cortadas de tajo. 

Cuando nos acercamos a verlo solo quedaba el esqueleto de la estructura, los muros de relleno se habían perdido, así que pudo ser apreciable su sótano inundado donde todavía había algunos automóviles estacionados. 

Caminé unos metros sobre la calle de Zacatecas y en la parte detrás del predio, lo que vi fue incomprensible: los cimientos del edificio estaban al aire, arrancados del suelo por el efecto de la licuefacción, provocando que el edificio de ocho niveles se hundiera de un lado y se desplomara sobre la avenida, bloqueándola por completo. 

Quedaron inclinados tres niveles, pero cinco se desprendieron del edificio y quedaron como una barda que impedía el paso. 

En ese instante supe que no había sótano, los autos estacionados habían estado en planta baja y con el volteo del edificio quedaron abajo del nivel de la calle, y todo esto sucedió con gente en su interior. 

En ese momento preferimos darle fin al recorrido y regresar en silencio a casa. El tiempo pasó y los cascarones de los edificios los encontrabas por doquier. 

Cuando visitabas el centro por la calzada de Tlalpan, rigurosamente atravesabas la zona de San Antonio Abad, justo donde las fábricas de costura se vinieron abajo y se tardaron meses en demolerlas.

Ni cómo olvidar el aspecto que presentaban, sus niveles superiores estaban colapsados, sus losas de concreto se tocaban unas con otras y entre ellas, colgaban pedazos de telas de colores que se agitaban con el viento en lo que alguna vez fueron las fachadas de esos talleres. 

Se asemejaban a unos pañuelos agitados

Esos jirones de tela se asemejaban a unos pañuelos agitados diciendo adiós, como si las costureras atrapadas trataran de mandar un último mensaje ante la inminente llegada del olvido.

Y justamente esa es una de las cosas que no podemos dejar que pasen, no debemos olvidar lo sucedido y por el contrario, tenemos la obligación de rescatar las historias y los aprendizajes que nos heredó aquella catástrofe, para que todas esas muertes no hayan sido en vano.

Los días del terremoto ocurrieron en una época que nos evoca una extraña nostalgia a los que la vivimos, por eso no nos cansamos de hablar de ella, a pesar de los momentos amargos que se vivieron. 

En mi caso, lo mejor que puedo hacer es recopilar las historias surgidas, conservarlas y compartirlas, para que las nuevas generaciones cuenten con un antecedente para cuando ocurra el siguiente temblor.

Sin duda alguna ese será mi granito de arena.