De la Ficción a la Realidad
Un gobierno que niega lo que la ciudad ya vio

17 noviembre, 2025 1 Por Staff Redaccion



Con Tlatelolco TV / Nacho Arellano
Ciudad de México, lunes 17 de noviembre de 2025.- La Jefa de Gobierno, Clara Brugada Molina, apareció en el estrado con la firmeza de quien quiere reconstruir un relato desde arriba. “Jamás, jamás daré una orden de represión”, repitió como si la palabra “jamás” pudiera borrar los videos, las fotografías, los testimonios y el olor metálico que dejó el sábado en el Centro Histórico.

Pero la ciudad ya no es un pizarrón que se borra.
La ciudad recuerda.

I. El discurso y la calle

Mientras Brugada prometía puertas abiertas para los jóvenes, en las redes circulaban imágenes de esas mismas puertas cerrándose con candados de acero:
—cuerpos encapsulados,
—rostros cubiertos de polvo químico,
—manos esposadas sin explicación,
—y un Zócalo partido por una muralla metálica tan alta que parecía hecha para separar dos países en guerra.

El gobierno dice que no hubo represión.
La calle dice que sí.

Y entre esas dos versiones, quedan 29 personas remitidas al Ministerio Público, un adolescente cargando una acusación de “tentativa de homicidio” y decenas de jóvenes con lesiones que no caben en las estadísticas.

II. El enemigo a modo

El discurso oficial necesitaba un villano.
Capitular ante la fuerza de la “Generación Z” hubiera sido admitir que algo profundo está quebrándose.
Por eso la narrativa recurrió al sospechoso de siempre: el “bloque negro”, los infiltrados, los agitadores. Los mismos fantasmas que sirven para explicar lo que el gobierno no quiere entender:
que la indignación juvenil es genuina, es propia, no está teledirigida.

En la conferencia, Brugada lamentó que “un grupo político se apropie del sentir de los jóvenes”, mientras afirmaba que vio “más adultos que jóvenes” en la marcha.
La contradicción habla sola:
si no eran jóvenes, ¿quién fue manipulado?
Si sí eran jóvenes, ¿por qué negarles la voz?

III. El protocolo que lastima

La Jefatura presume que no hubo gas lacrimógeno.
Quizá sea cierto.
Pero hubo extintores descargados directamente sobre los cuerpos.
Hubo escudos empujando costillas.
Hubo golpes que nadie ordenó, pero todos vimos.

Decir que no hubo represión porque no hubo gas es como decir que no hubo violencia porque no hay balas:
expandir la definición hasta volverla inútil.

Si 19 personas fueron declaradas no responsables y otras 10 quedaron libres por faltas cívicas menores, entonces no se detuvo a delincuentes:
se detuvo a ciudadanos para justificar un operativo fallido.

IV. La muralla que revela el miedo

Caminar hacia el Zócalo el sábado era caminar hacia un símbolo:
un muro que no defendía al país de una amenaza extranjera, sino al gobierno de su propio pueblo.
Soldaduras reforzadas, cadenas gruesas, placas interminables.
Una muralla que decía lo que la conferencia no:
el poder tiene miedo.

Y cuando el poder tiene miedo, empieza a ver enemigos en cada consigna.

V. “¿Usted cree que mañana sí nos escuchen?”


A las 9 de la noche, cuando los últimos contingentes se dispersaron y las sirenas dejaron de rugir, la plancha del Zócalo quedó tapizada de restos:
una mochila rota, un cartel desgarrado, un celular aplastado que todavía titilaba.
Los policías recogían sus escudos como si fueran trofeos o heridas.
La luz anaranjada de los faroles caía sobre el muro metálico, que seguía en pie como un animal dormido, listo para levantarse otra vez cuando el gobierno lo necesite.
Ahí, entre los fragmentos, un adolescente buscaba su tenis perdido.
Tenía polvo blanco en el cabello, la playera rota y una mirada que no se asustaba, sólo se endurecía.
“Yo vine porque me cansé”, dijo.
Y luego agregó, casi en susurro:
“¿Usted cree que mañana sí nos escuchen?”
No supe qué responder.

VI. La respiración suspendida de una ciudad
La ciudad respira a medias desde entonces, como si el sábado le hubiera golpeado los pulmones.
Respira con dificultad, como quien carga un recuerdo que pesa.
Respira despacio, con la conciencia de que el poder puede negar lo que ocurrió, pero no puede desaparecer lo que sentimos al verlo.

Brugada repite que nunca ordenará reprimir.
Quizá nunca lo haga.
Quizá la represión de hoy no necesita órdenes:
basta con la inercia, con la fuerza sin supervisión, con el guion de siempre que culpa a unos, absuelve a otros y maquilla lo inevitable.

En Tlatelolco sabemos bien que la memoria no se cancela con declaraciones.
La memoria es terca.
Respira bajo las placas de acero.
Late en cada joven que vuelve a salir a la calle.
Crece.
Se expande.
Regresa.

Y al final, entre la ficción de un discurso oficial y la realidad que vivimos en las calles, sólo queda una certeza:
la ciudad nunca olvida.
Y cuando la ciudad recuerda, el poder tiembla.