De la Ficción a la Realidad

Cuando el discurso no alcanza para salvar vidas

15 diciembre, 2025 0 Por Staff Redaccion



Con Tlatelolco TV / Nacho Arellano
Ciudad de México lunes 15 de diciembre.- Durante años, la salud mental fue tratada como una ficción cómoda en la agenda pública: discursos bien redactados, diagnósticos repetidos y promesas que nunca bajaron a territorio. Se hablaba de juventudes, pero no se las escuchaba; se mencionaban cifras, pero no se atendían las causas. La política prefirió el maquillaje estadístico antes que mirar de frente el dolor cotidiano.


La realidad, sin embargo, terminó por romper el guion. Después del COVID-19, el problema de la salud mental se agravó de manera evidente, principalmente entre las y los jóvenes, quienes enfrentaron aislamiento, duelos, precariedad económica y un futuro cada vez más incierto. Lo que antes era una alerta, hoy es una crisis abierta.


La ansiedad, la depresión y el riesgo suicida ya no caben en comunicados oficiales ni en sesiones solemnes. Están en las escuelas públicas, en los parques abandonados, en los hogares donde madres y padres no saben a quién acudir cuando el miedo se instala en la mesa familiar.


El reciente aval del Congreso de la Ciudad de México a una iniciativa para fortalecer la atención a la salud mental de las personas jóvenes marca, al menos en el papel, el tránsito de la ficción a la realidad. Se reconoce lo evidente: el problema existe y se salió de control. Pero reconocer no es resolver.


Durante décadas, la política administró el silencio. Se dejó sola a una generación entera mientras el presupuesto para salud mental se mantenía en niveles vergonzosos. Apenas el 2 por ciento del gasto total en salud se destina a este rubro, una cifra que no solo es insuficiente, sino insultante frente a la emergencia social que vivimos.


Las Alcaldías, ese primer eslabón del gobierno que presume cercanía con la gente, han sido también parte del problema. Sin personal capacitado, sin centros suficientes y sin recursos, se convirtieron en oficinas que reciben angustias sin saber qué hacer con ellas. La iniciativa legislativa habla ahora de coordinación, pero la coordinación sin dinero ni voluntad política es solo otro ejercicio retórico.


Aquí es donde la política queda al desnudo. Porque legislar es sencillo; ejecutar incomoda. Anunciar centros de atención luce bien en tribuna, pero abrirlos, dotarlos y sostenerlos exige decisiones que afectan intereses, redistribuyen presupuestos y exhiben prioridades reales.


Las juventudes no necesitan más discursos sobre bienestar emocional. Necesitan psicólogos en las escuelas, atención gratuita en los barrios, prevención real y acompañamiento constante. Necesitan que la política deje de simular empatía y empiece a asumir responsabilidades.


Y las madres —las grandes ausentes en la discusión pública— siguen cargando la angustia en soledad. Son ellas quienes enfrentan el insomnio, la desesperación y el miedo a perder a un hijo mientras el Estado debate plazos y reglamentos.


La pregunta es inevitable: ¿esta iniciativa será el inicio de un cambio real o solo un nuevo capítulo en la larga novela de la simulación institucional?


Pasar de la ficción a la realidad implica algo más que buenas intenciones. Implica presupuesto, infraestructura, rendición de cuentas y, sobre todo, voluntad política. Todo lo demás es literatura parlamentaria.


Porque en salud mental, como en tantas otras deudas sociales, el tiempo que se pierde en discursos se paga en vidas.