Donde empieza el día y termina la paciencia
20 enero, 2026*** Vida cotidiana: el abandono oficial incendia Tlatelolco

Redacción / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 20 de enero de 2026.- En Tlatelolco, la mañana no empieza con el canto de los pájaros, sino con el roce áspero de la realidad. El sol apenas se asoma entre los edificios y, detrás del “Ignacio Ramírez”, en la entrada E–F, la vida cotidiana se abre paso entre bolsas rotas, fogatas apagadas a medias, olores viejos y perros que ya no saben distinguir amenaza de defensa.
Aquí no hay un solo relato. Hay muchos. El de quienes viven en situación de calle y sobreviven como pueden. Y el de los residentes tlatelolcas, cansados, asustados, hartos, que sienten que su casa ya no es del todo suya.
No es una crónica sobre mascotas. Tampoco sobre buenos y malos. Es una historia de abandono, omisión y choque cotidiano.
Los perros no son el problema
Los vecinos lo repiten como un mantra, casi como una súplica para no ser malinterpretados:
“El problema no son los perros”.
Los perros, de hecho, también son víctimas. Duermen sobre cartones húmedos, comen lo que cae, aprenden a defender un territorio mínimo porque nadie más los protege. Con el paso de los días, se vuelven más agresivos. No por naturaleza, sino por encierro, estrés y miedo.
Pero cuando se avientan contra otras mascotas, cuando entran al edificio, cuando nadie los sujeta con correa, el miedo cambia de bando. Las vecinas ya no pasan tranquilas. Hay quien cruza la calle. Hay quien espera. Hay quien evita.
Y detrás del miedo a los perros, está el miedo mayor: el de las personas que los acompañan.
La convivencia rota
Los testimonios se repiten, se enciman, se gritan en los chats vecinales:
—Insultos.
—Amenazas.
—Golpes.
—Consumo de alcohol y drogas en vía pública.
—Fogatas.
—Basura acumulada.
—Orinar y defecar en áreas comunes.
—Relaciones sexuales a la vista.
—Amenazas con navajas y piedras.
Una vecina identifica al hombre que llaman “El Quemado”. Las manos marcadas por intentar robar cable en Buenavista. Otro episodio más de una vida que ya viene rota.
Una trabajadora de limpieza es insultada por hacer su trabajo. Dos vecinas aseguran estar amenazadas. Un guardia intentó retirar a un hombre y recibió amenazas con arma blanca. Nadie llega. Nadie resuelve.
La frase se vuelve constante, casi irónica:
“Mientras no haya muertos o heridos”.
La ley que existe… y no se aplica
La Ley de Cultura Cívica es clara.
La Ley de Protección y Bienestar Animal también.
Perros sin correa: falta administrativa.
Beber alcohol en vía pública: falta administrativa.
Drogarse: delito.
Ensuciar el espacio común: sanción.
Agredir, amenazar, portar armas: delito.
Todo está tipificado. Todo está escrito.
Pero en la práctica, se diluye.
Los oficiales llegan. Observan. Dialogan. Trasladan, a veces, al Juzgado Cívico.
Y ahí, el círculo se rompe… para volver a empezar.
El juez desestima. No hay dinero para pagar multas. No hay castigo. No hay seguimiento.
Horas después, regresan.
Mismo sitio.
Misma basura.
Mismo miedo.

Vecinos también responsables
En medio del enojo, surge una voz distinta. Incómoda, pero necesaria:
“Al quejarnos de la basura y las fogatas, también debemos reconocer que, cuando tiramos desechos de forma desordenada, somos proveedores indirectos de este problema y también infringimos la Ley de Cultura Cívica”.
No es defensa. No es justificación.
Es un espejo.
Porque Tlatelolco también genera basura.
Porque la indiferencia también ensucia.
Porque el problema no empieza ni termina con quienes viven en la calle.
Vulnerables… ¿o invisibles?
La palabra “vulnerables” se repite hasta desgastarse. Para unos, es un término legal. Para otros, una etiqueta que ya no explica lo que ocurre.
¿Son personas en situación prioritaria? Sí.
¿Tienen derechos? Sin duda.
¿Tienen obligaciones? También.
¿Dónde están las políticas públicas reales?
¿Dónde la atención psiquiátrica?
¿Dónde está el tratamiento de adicciones?
¿Dónde los albergues dignos, suficientes, humanos?
El gobierno los mueve de un punto a otro.
Primera Sección. Segunda. Tercera.
Los quitan. Regresan.
Los regresan. Se instalan.
No hay censo. No hay estrategia.
Solo desplazamiento.
El hartazgo como último recurso
Cuando el Estado no responde, el hartazgo crece.
Y el hartazgo es peligroso.
Cerrar calles. Manifestarse. Sacarlos “por nuestros propios medios”.
La idea aparece. Se discute. Se calienta.
No desde la maldad, sino desde el cansancio.
Desde el miedo.
Desde la sensación de abandono.
Pero ahí está la línea más frágil: cuando la desesperación amenaza con romper la convivencia que aún queda.
Una crónica sin final feliz
Detrás del edificio “Ignacio Ramírez”, la basura sigue ahí.
Los perros regresan.
Las personas también.
Los vecinos siguen reportando.
La autoridad sigue llegando tarde.
El juez sigue soltando.
Y Tlatelolco, otra vez, queda en medio.
Esta no es una crónica contra las personas en situación de calle.
Es una crónica contra la omisión.
Contra la simulación.
Contra un sistema que abandona a unos y desgasta a otros hasta enfrentarlos.
Aquí no hay vencedores.
Solo una comunidad fracturada que exige algo básico:
vivir sin miedo, sin suciedad, sin abandono.
Porque la vida cotidiana, cuando se rompe, deja cicatrices que ninguna ley no aplicada puede borrar.



