De la Ficción a la Realidad
La infancia no se negocia

14 febrero, 2026 0 Por Staff Redaccion


*** El país que presume, el país que olvida


Con Tlatelolco TV / Nacho Arellano
Ciudad de México, sábado 14 de febrero de 2026.- México no está viviendo una “mala racha” epidemiológica. Eso sería cómodo. Eso permitiría culpar al azar, al clima, a la movilidad, al extranjero o a la “mala suerte”.
Pero no.

Lo que vivimos con el sarampión es más grave: una fractura política y moral. El regreso de esta enfermedad con más de 9 mil casos no es un accidente inevitable: es la consecuencia de una cadena de decisiones que debilitó lo más básico de un Estado moderno: proteger la vida de sus niñas y niños.

Y cuando la infancia se convierte en daño colateral, ya no hablamos de salud: hablamos de poder.

El muro sanitario que se construyó… y se dejó caer



Durante décadas, México levantó un muro sanitario real: campañas, brigadas, calendarios, refrigeración, logística, vacunadores, centros de salud. Un país con enormes desigualdades logró, aun así, sostener coberturas cercanas al 95%.

Ese logro no fue propaganda.
Fue ciencia.
Fue organización.
Fue memoria institucional.

Pero el muro se agrietó.

La eliminación de las Semanas Nacionales de Vacunación —y la desarticulación territorial que llevaba biológicos a los rincones más pobres— abrió un hueco que hoy se paga con contagios, hospitalizaciones, secuelas… y muertes.

Y esa es la parte más dolorosa: no se perdió por incapacidad técnica, sino por decisión política.



Cuando la austeridad es selectiva, la tragedia es masiva



Aquí está el punto central que muchos prefieren evitar:
la austeridad no fue pareja.

Se recortó donde no se ve. Donde no da aplausos. Donde no inaugura. Donde no se corta listón. Donde no produce videos oficiales.

Se recortó en prevención.
Se recortó en vacunas.
Se recortó en el trabajo silencioso que salva vidas.

Mientras tanto, el dinero se fue a otras prioridades: megaobras, discursos, propaganda, “transformaciones” de concreto y acero.

La pregunta es brutal, pero inevitable:
¿Qué clase de proyecto nacional pone en segundo plano la inmunización infantil?



Los niños como estadística: el fracaso más grande



Que el 36% de los contagios se concentre en niñas y niños de cero a nueve años no es un dato más: es una acusación.

Esa franja de edad no vota.
No marcha.
No negocia.
No presiona.

Y por eso mismo, debería ser la prioridad absoluta de cualquier gobierno.

Pero cuando el Estado falla, el virus no perdona.
El sarampión no hace conferencias.
No pide permiso.
No distingue colores.
Solo entra.



Tarde, pero no suficiente



Hoy hay un esfuerzo: módulos, brigadas, compras, operativos.
Es positivo, sí. Pero también es tardío.

Se sabía lo que venía.
Se sabía que la pandemia dejó rezagos.
Se sabía que las coberturas bajaron.
Se sabía que la desinformación crecía.
Se sabía que el mundo estaba viendo rebrotes.

Y aun así, se dejó pasar el tiempo.

La política sanitaria no puede ser reactiva, porque la reacción llega cuando el daño ya está hecho.



El sarampión no viene solo



Lo que está en juego no es únicamente el sarampión.
Es el regreso del pasado.

Si México normaliza este retroceso, pueden volver enfermedades que parecían archivadas: poliomielitis, parotiditis, tuberculosis. Todo el repertorio de lo que ya habíamos domado.

La historia no regresa como nostalgia: regresa como tragedia.



El Estado que no vacuna, abdica



Vacunar no es un favor.
No es una campaña sexenal.
No es un programa con sello partidista.
No es un gesto de buena voluntad.

Vacunar es una obligación.

Y cuando un gobierno permite que la cobertura caiga, cuando desmantela campañas nacionales y cuando trata la prevención como gasto prescindible, lo que hace —aunque no lo diga— es abdicar.

Abdica de su responsabilidad más elemental.

México no necesita discursos para explicar el brote.
Necesita responsabilidad.
Necesita reparación.
Necesita volver a un principio simple, contundente y civilizatorio:

La infancia no se negocia.

Y un país que permite que un niño muera por sarampión no perdió solo una batalla sanitaria: perdió un pedazo de su dignidad.