* Machismo en público
8 marzo, 2026“¡ELIZABEEEEETH!”
Alyson Taylor Muñoz / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 8 de marzo de 2026.- El alarido de un hombre trastornado quebró la rutina de las cuatro de la tarde en los pasillos de un Walmart. El grito fue tan violento que hizo girar cabezas, detuvo carritos de supermercado y congeló por un instante el murmullo del consumo cotidiano.
Todos miramos.
Del pasillo de desodorantes —ordenados con la precisión mecánica de un escaparate perfecto— apareció el dueño del grito. Un hombre robusto, de barba espesa que parecía crecerle con furia, casi como un vikingo extraviado en un supermercado de bajo presupuesto.
Jadeaba. Respiraba con furia. Como si el aire del establecimiento le perteneciera y estuviera dispuesto a llevárselo en cada bocanada.
Entonces volvió a abrir la boca.
—Elizabeth, no venimos a ver pendejaditas ni cremitas para la cara. Cuando sea tu propio dinero te las compras, ¿va? Venimos a ver re-frac-ta-rios. ¿Si entiendes qué es eso o no?
El silencio de Elizabeth
El envase de crema volvió lentamente al estante.
Elizabeth —pequeña frente al tamaño del escándalo montado con su nombre— obedeció casi de manera mecánica. No respondió. No discutió. No reclamó.
Bajó la mirada.
Tal vez porque la humillación pública también paraliza.
Alrededor, los clientes fingieron no escuchar. Algunos revisaron etiquetas de perfumes. Otros miraron ofertas de shampoo. El capitalismo siguió su marcha silenciosa entre anaqueles.
Porque es más fácil mirar otro estante que mirar la violencia de frente.
Frases pequeñas que pesan siglos
Pero aquello no fue solo un grito en un supermercado.
Fue algo más profundo.
El machismo rara vez llega anunciándose como tal. Casi nunca entra pateando la puerta. A veces se presenta disfrazado de comentario casual, de broma incómoda o de frase aparentemente inocente.
“Las mujeres pobres tienen muchos hijos porque son muy calientes”, dice una docente frente a su grupo.
“¿Estás en la casa? Ah sí… prende la licuadora”, ordena una voz masculina al teléfono.
“¿Te duele ahora y no cuando abriste las piernas hace nueve meses?”, sentencia un médico mientras se limpia un guante manchado de rojo.
Frases pequeñas. Cotidianas. Repetidas tantas veces que muchos han aprendido a sordearse.
Pero Elizabeth sí las escucha.
Las escucha todos los días.
La biología mal interpretada
Quizá por eso surge la pregunta inevitable.
El cuerpo humano se construye a partir de 23 pares de cromosomas.
Veintidós pares compartidos por todos y uno —el famoso par 23— que define el sexo biológico: XX o XY.
Dos letras diminutas.
Dos signos genéticos que, en teoría, solo deberían explicar una diferencia biológica.
Pero en la práctica parecen definir algo más.
Cuánto puede hablar alguien.
Cuánto puede decidir.
Cuánto puede gastar.
Cuánto espacio puede ocupar sin ser cuestionada.
Como si dos cromosomas fueran suficientes para justificar siglos de jerarquía.
El gen que no existe
¿Acaso nacer con XX convierte a Elizabeth en alguien a quien se le puede gritar en público?
¿Autoriza a alguien a decidir qué puede mirar, qué puede comprar o cómo debe comportarse?
No soy genetista. Ni citóloga.
Pero hay algo que sí es seguro:
En ninguna cadena de ADN existe el gen del machismo.
No existe un cromosoma de la superioridad.
Lo que sí existe es una herencia cultural que alguien se ha encargado de enseñar generación tras generación.
Todas hemos sido Elizabeth
Por eso, este 8 de marzo, conviene recordar algo esencial.
Elizabeth no es un caso aislado.
Elizabeth es una escena que se repite todos los días:
en el transporte público,
en las casas,
en las oficinas,
en los hospitales,
en las escuelas,
y en los pasillos de cualquier supermercado.
Ninguna debería ser Elizabeth.
Pero en algún momento de la vida, muchas mujeres lo han sido.
Nunca por voluntad propia.
El par 23 no es jerarquía
El Día Internacional de la Mujer no es una fecha para celebrar flores ni felicitaciones vacías.
Es una fecha para recordar que algo tan aparentemente insignificante como una X o una Y ha sido utilizado durante siglos para construir desigualdades.
Pero una letra jamás definirá la dignidad de una persona.
Porque el famoso par 23 no establece jerarquías.
Solo describe biología.
Todo lo demás —la violencia, el desprecio, la humillación—
lo inventó la sociedad.
