No son mascotas, son familia
7 abril, 2026
*** Mascotas y salud mental
*** El amor que acompaña… la ausencia que transforma
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 7 de abril de 2026.- La frase no es un recurso retórico. Es una afirmación que se sostiene en la experiencia. El vocero General Manager de Pets in the Sky, Adrián Rodríguez-Granada Madrid, la pronuncia con la claridad de quien ha acompañado innumerables despedidas y ha aprendido a escuchar el dolor sin minimizarlo.
—“No son mascotas, son familia. Y cuando se van, lo que queda no es un hueco pequeño… es un vacío profundo”.
Desde su cercanía con Pets in the Sky, empresa especializada en la despedida digna y cremación de animales de compañía, Adrián Rodríguez-Granada
ha sido testigo de una transformación silenciosa: el reconocimiento del vínculo humano–animal como un eje fundamental de la salud emocional.
En millones de hogares mexicanos, ese lazo ya no se discute. Se vive, se cuida y, cuando llega el momento, se llora.
El consuelo cotidiano
—“Hay personas que viven solas, adultos mayores, gente que atraviesa procesos de ansiedad o depresión… y su mascota es su red de apoyo emocional más constante”, explicó.
No se trata únicamente de compañía. Es estructura, rutina, sentido.
Un perro que exige salir a caminar obliga a romper el encierro. Un gato que se recuesta en silencio ofrece una presencia que calma. En medio del vértigo urbano, donde la soledad se multiplica entre edificios y rutinas fragmentadas, las mascotas funcionan como anclas emocionales.
—“Las mascotas no juzgan. No cuestionan. Solo están. Y eso, en términos emocionales, es poderosísimo”.
En colonias como Tlatelolco, donde el concreto impone su ritmo, no es raro ver cómo estos vínculos también reconstruyen comunidad: vecinos que se saludan por un perro, conversaciones que nacen en una caminata, afectos que se tejen alrededor de un animal.
El momento que nadie quiere nombrar
Pero todo vínculo profundo enfrenta su límite: la despedida.
—“Muchas personas sienten que no tienen derecho a llorar. Que les van a decir ‘era solo un animal’. Pero no es así. El dolor es real y es profundo”.
Adrián describe escenas que se repiten con una precisión casi dolorosa: el plato intacto, la cama vacía, el sonido ausente en la puerta. La casa cambia de ritmo. El silencio pesa.
—“He visto gente romperse. Porque pierden a su compañero de vida”.
El duelo por una mascota, insiste, no es menor. Recorre las mismas etapas que cualquier pérdida significativa: negación, tristeza, culpa, aceptación. Sin embargo, muchas veces se vive en soledad, sin validación social.
Aprender a despedirse
En ese tránsito, la despedida adquiere un valor fundamental.
—“La despedida digna ayuda a cerrar ciclos. Permite agradecer, honrar, decir adiós de una manera consciente”.
Servicios como los que ofrece Pets in the Sky —cremación, urnas, recuerdos— responden a una necesidad emocional que durante años permaneció invisibilizada. No se trata de ritualizar en exceso, sino de reconocer la importancia del vínculo.
—“No es exagerar el dolor. Es darle un lugar”, subraya.
Porque despedirse también es una forma de cuidar la salud mental.

Lo que permanece
Le pregunto qué queda después, cuando el tiempo empieza a acomodar la ausencia.
Adrián guarda un breve silencio.
—“Queda el amor. Siempre queda el amor”.
Algunas personas deciden no volver a tener otra mascota; otras, con el paso de los meses o años, abren nuevamente su hogar. No hay fórmulas.
—“Cada vínculo es único. Y cada duelo también”.
Lo que permanece es la huella: la lealtad sin condiciones, la compañía silenciosa, la capacidad de encontrar alegría en lo simple.
Una sociedad que empieza a sentir distinto
México cambia, lentamente.
—“Antes no se hablaba de esto. Hoy hay más empatía. La gente empieza a entender que el bienestar emocional también pasa por estos vínculos”.
Nombrar el duelo, dignificar la despedida, reconocer el amor hacia los animales como parte legítima de la vida emocional: esos son los signos de una mascota que comienza a reconciliarse con su propia sensibilidad.
Porque, al final, en cada hogar donde una mascota ha dejado huella, queda algo más que recuerdos: queda una forma distinta de entender el afecto… y de aprender a decir adiós.


