El murmullo de la inconformidad cotidiana
12 abril, 2026
*** Personas en situación de calle invaden espacios públicos
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 12 de abril de 2026.- Esto es lo que pasa por “Dejarlos”, dicen en voz baja, pero con creciente enojo, los residentes que habitan los pasillo, andadores y áreas verdes del Conjunto Habitacional Nonoalco Tlatelolco. No es una frase aislada: es el síntoma de un desgaste colectivo.
Todos los días, en los grupos de chat vecinales, se acumulan mensajes, fotografías, reclamos. La escena se repite con precisión casi mecánica: personas en situación de calle instaladas en espacios públicos, restos de comida esparcidos, bolsas de basura abiertas, áreas verdes convertidas en puntos de abandono.
“Por favor pasen a retirarlos… ya tienen basura de comida tirada por todo el jardín”, escribe una vecina. La urgencia no es sólo estética, es sanitaria, es emocional, es una sensación de pérdida del espacio común.
Entre la impotencia y la burocracia
El sábado, según testimonios, la escena fue aún más frustrante. Oficiales en cuatrimotos permanecieron en la zona durante varios minutos sin intervenir. “Ahí estuve por 15 minutos y no les dijeron nada”, relata una residente que documentó el momento.
La respuesta institucional, sin embargo, revela un vacío que se repite:
“No es función de la policía”, se argumenta.
“El retiro de basura y la atención a personas de calle corresponden a otras instancias”.
Así, la responsabilidad se diluye entre áreas administrativas, números telefónicos que no contestan y dependencias que canalizan sin resolver. El ciudadano queda atrapado en un laberinto institucional donde cada puerta remite a otra.
Mientras tanto, la vida cotidiana sigue.
El territorio disputado
En el pasillo que conduce hacia la estación del Metro, a espaldas de una panadería y al norte del edificio “Riva Palacio”, la presencia de personas en situación de calle ha crecido en los últimos días. No es una ocupación discreta: es visible, constante, y cada vez más numerosa.
Las vecinas y vecinos describen conductas agresivas, acumulación de desechos, y un deterioro progresivo del entorno. “Esa gente es muy agresiva e irrespetuosa”, advierten.
El miedo comienza a filtrarse entre los muros de concreto.
La indignación también.

El abandono que se multiplica
En el ex Cine Tlatelolco, hoy convertido en un espacio abandonado, la historia se repite con otra dimensión. Alguien vio entrar a una persona. Luego otra. Después, el rumor se volvió certeza: el inmueble funciona nuevamente como refugio.
Ese edificio, que alguna vez albergó historias en pantalla, hoy resguarda vidas invisibles para el sistema. Personas desplazadas de otras colonias, expulsadas por la pobreza, la violencia o el olvido institucional, encuentran ahí un resquicio.
Pero lo que para unos es refugio, para otros es signo de abandono.
Entre la denuncia y la deshumanización
“Los indigentes es un mal en todo el mundo”, se lee en uno de los mensajes. La frase, dura, directa, evidencia no sólo molestia, sino una peligrosa frontera: cuando el problema deja de ser social y se convierte en estigma.
Porque detrás de cada cuerpo que duerme en los espacios públicos hay una historia que no cabe en el chat vecinal. Pero también, detrás de cada queja, hay una comunidad que siente que pierde control sobre su entorno.
La tensión crece en ambos extremos.
La ciudad que no responde
Se proporcionan números (55 4980 7765), se sugieren instancias, se remite a brigadas. Pero la percepción vecinal es contundente: “Ni contestan”.
La ausencia de respuesta efectiva genera algo más profundo que el enojo: genera desconfianza. Y cuando la autoridad se vuelve lejana, el espacio público entra en disputa.
Tlatelolco, símbolo de memoria, de historia urbana, de lucha social, enfrenta hoy una crisis silenciosa: la incapacidad de articular una respuesta integral ante el incremento de personas en situación de calle.
La herida abierta
No se trata sólo de “retirarlos”. Esa narrativa simplifica un fenómeno complejo y profundamente humano. Pero tampoco se puede ignorar el deterioro que viven los residentes.
Entre la exigencia de orden y la urgencia de atención social, la ciudad parece inmóvil.
Y mientras tanto, en los pasillos, andadores, jardines, en los edificios abandonados, la vida sigue acumulándose —en forma de basura, de quejas, de silencios—, como una herida abierta que nadie termina de atender.

