La oficina y la calle: dos territorios que se cruzan

27 abril, 2026 0 Por Staff Redaccion


***  “El contacto con la gente nos ayuda mucho a que nosotros nos demos cuenta, si se está trabajando en las calles”: Concejal Elizabeth Aguilar
*** Las atribuciones que tienen los concejales en las alcaldías son: supervisión, evaluación y aprobación del presupuesto


Por Redacción de Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, lunes 27 de abril de 2026.- En las oficinas del Concejo de la alcaldía Iztapalapa, donde el aire institucional parece ordenar las palabras y medir los silencios, la voz de la Concejal Elizabeth Aguilar Solache rompe la rigidez del escritorio con una convicción que apunta hacia afuera: la calle.



No es una frase hecha ni un recurso político. Es, más bien, una insistencia. Una forma de entender el poder desde el territorio y no desde el papel. “El contacto con la gente nos ayuda mucho…”, repite, como quien sabe que en esa idea se juega algo más que una función administrativa: se juega la legitimidad.



Porque ser Concejal —explica— no es un cargo ornamental. Es una responsabilidad definida por tres ejes claros: supervisar, evaluar y aprobar el presupuesto. Tres verbos que, en teoría, sostienen el equilibrio de la vida pública en las alcaldías. Pero que, en la práctica, dependen de algo menos tangible: escuchar.


El mandato de la ley y la realidad del barrio


Electa como parte de la planilla ganadora, Aguilar Solache subraya que sus atribuciones no son concesiones políticas, sino mandatos establecidos en la ley orgánica de las alcaldías. Sin embargo, entre la letra jurídica y la realidad de las colonias hay una distancia que no se salva con documentos.



Se salva caminando.



En su relato, la supervisión no ocurre únicamente en informes ni en sesiones formales. Se construye en el contacto directo con los vecinos, en la observación cotidiana, en la verificación empírica de si una obra existe, si un servicio funciona, si el presupuesto aprobado realmente se traduce en beneficio tangible.


“Independientemente de lo institucional… estar en la calle nos ayuda a que las otras funciones se realicen de manera correcta”, dice. Y en esa frase se asoma una crítica implícita: sin territorio, la política se vuelve simulación.



El poder de vigilar y el riesgo de no ver


Desde su presidencia en la Comisión de Administración y Gasto Público, la Concejal reconoce que vigilar el uso de los recursos no es una tarea abstracta. Implica reuniones con directores, revisión de procesos, atención a inquietudes. Pero también implica algo más incómodo: detectar fallas.



Hasta ahora, afirma, no ha sido necesario solicitar auditorías por irregularidades graves ni ha identificado casos de nepotismo dentro de la alcaldía. Sin embargo, no evade el tema. Lo nombra como lo que es: una herida recurrente en la administración pública.



“El nepotismo, cuando no hay trayectoria, está fuera de lugar”, sostiene. Aunque también matiza: hay excepciones cuando existe experiencia comprobada. Una línea delgada, siempre susceptible de tensarse.



Territorio: donde el discurso se pone a prueba


El mapa de su trabajo no es menor. Distritos, colonias, barrios que cargan historias, carencias y demandas: El Molino, San Lorenzo, Cerro de la Estrella, Lomas Estrella, Santa María Tomatlán… nombres que no caben en un informe, pero que definen la agenda real.



Ahí, en ese entramado urbano, la política deja de ser discurso y se vuelve prueba. Cada visita, cada puerta tocada, cada asamblea es un ejercicio de rendición de cuentas sin micrófono.



La Concejal lo sabe: el territorio no perdona la simulación.


La silla vacía: participación que no llega


Existe, dice, la figura de la silla ciudadana en las sesiones del Concejo. Un espacio diseñado para que la voz de los vecinos entre al recinto formal. Pero permanece, hasta ahora, vacía.


No por falta de invitación, sino por desconfianza, desinterés o cansancio. Los ciudadanos —relata— prefieren otras formas de expresión. Más directas, menos institucionales.


Es una ausencia que dice mucho. Porque revela que los mecanismos de participación, aunque existentes, no siempre logran conectar con la ciudadanía. Y en esa desconexión, el sistema pierde una de sus piezas fundamentales.



Programas sociales: entre la sospecha y la legitimidad


En el terreno de los programas sociales, Aguilar Solache aborda un tema delicado: el riesgo del clientelismo. Menciona el caso de “Izpa’LasJefas”, un programa que —según afirma— enfrentó señalamientos, pero que fue corregido con cambios internos.


“La gente está contenta”, asegura. Aunque en política, la percepción siempre es volátil.


La vigilancia, insiste, no puede ser sólo institucional. Debe ser territorial. Porque es ahí donde se confirma —o se desmiente— si los apoyos llegan sin condicionamientos.



Recordar para quién se gobierna



Al final, la conversación regresa al punto de partida: la gente.



No como consigna, sino como recordatorio cotidiano. “Estamos aquí por ellos y para ellos”, dice la Concejal. Y en esa frase hay algo más que una declaración: hay una advertencia.



Porque olvidar a quién se sirve es el primer paso hacia la desconexión del poder.



Y en una ciudad donde las calles hablan —a veces en voz baja, a veces con rabia—, ignorarlas no es una opción.


El contacto, entonces, no es sólo una estrategia. Es una necesidad política. Un acto de vigilancia mutua entre gobierno y ciudadanía.



Un pulso.


El único que, al final, puede decir si la ciudad está siendo realmente atendida… o simplemente administrada.