Opinión vecinal: entre el miedo y la compasión
15 abril, 2026“Gente disque vulnerable”

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, miércoles 15 abril de 2026. — El reporte del periodista Óscar Hernández, de ADN 40, sobre personas en situación de calle en Tlatelolco, comenzó a replicarse en los grupos vecinales. Y ahí, en ese espacio íntimo y desbordado que son los chats, estalló algo más profundo que la información: la fractura de la convivencia.
El chat como espejo de la angustia
“Gente disque vulnerable”, apareció en la conversación, como una chispa que encendió la discusión.
La frase no cayó sola. Arrastraba cansancio, sospecha, quizá miedo.
En ese momento, el chat dejó de ser un espacio de información para convertirse en un campo de batalla simbólico: vecinos contra vecinos, percepciones contra certezas, miedo contra compasión.
Relatos nocturnos: la construcción del sospechoso
En medio del intercambio, surgió una figura: “el quemado”.
“A este personaje lo sacamos de la Primera Sección… primero se manejaba bajo perfil… después lo cachamos robándose la reja de las canchas”, narró un vecino, como quien arma un expediente informal, hecho de vigilias nocturnas y memoria colectiva.
El relato crece en detalles:
—Que venía con otros jóvenes.
—Que robaba cable.
—Que merodeaba, observando dónde “había algo que llevarse”.
La historia se repite con variaciones:
“Se robó los espejos de mi coche… tengo el video, pero como son ‘vulnerables’, ni para denunciar”.
La palabra “vulnerable” aparece entonces entre comillas, desgastada, puesta en duda, casi convertida en ironía. Para algunos vecinos, ya no describe una condición social, sino una coartada.
La sospecha como norma
“Se hacen pasar por bajo perfil para robar”, insiste otro mensaje.
Y la narrativa se amplía:
“Hay gente que tiene departamentos en Tlatelolco o en Tepito… se sale a delinquir haciéndose pasar por personas vulnerables… luego regresan a sus casas”.
La calle deja de ser vista como destino y pasa a interpretarse como estrategia.
La pobreza, en ese discurso, ya no es tragedia sino máscara.
Y en ese giro, peligroso pero comprensible desde la experiencia del agravio, se diluye la frontera entre quien delinque y quién sobrevive.
El rostro que rompe el prejuicio
Pero no todas las voces encajan en la sospecha. De pronto, en medio del ruido, aparece una historia que desarma:
“Este señor… es triste su historia. Tiene más de 17 años en situación de calle. Tiene familia, pero es difícil que lo reciban porque ya no puede trabajar. Tiene sus manos quemadas y con infección”.
La frase no acusa. No generaliza. No exige.
Sólo describe.
Y en esa descripción aparece lo que el debate había perdido: la persona.
No el “vulnerable” entre comillas.
No el “sospechoso”.
No el “delincuente potencial”.
Un hombre. Con historia. Con familia. Con un cuerpo deteriorado que ya no resiste el trabajo ni la calle.
Ese testimonio introduce una grieta en la narrativa dominante: recuerda que la exclusión también tiene rostro, tiempo acumulado y abandono prolongado.
La calle también golpea a quienes limpian
A las 10:30 horas se realizó el Recorrido de Recolección de Residuos Sólidos Urbanos, en la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, Segunda Sección, por parte de la Alcaldía Cuauhtémoc.
Pero la jornada de limpia no transcurrió en calma.
Es importante mencionar que trabajadoras de limpia han sido objeto de maltrato, robo y amenazas por parte de personas en situación de calle.
La denuncia introduce otro ángulo, menos visible pero igualmente crítico: el de quienes sostienen el orden cotidiano.
Mujeres que barren, recogen, limpian… y que hoy también enfrentan la intemperie de la violencia.
Operativo institucional: entre la atención y el control
Por instrucciones de la Alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, se realizó el “Dispositivo de Sensibilización” dirigido a personas en situación de calle, acompañado de una jornada de limpieza e higiene en Tlatelolco.
En el operativo participaron el área de Atención a las Personas Prioritarias, la Coordinación Territorial, directores de diversas áreas, Servicios Urbanos, Protección Civil, elementos de Seguridad, así como instancias como IAPP, SEBIEN, Derechos Humanos y Gobernación.
El despliegue no fue menor.
Se trató de una intervención interinstitucional que buscó, al menos en el discurso, equilibrar asistencia social y recuperación del espacio público.
El dato es contundente:
14 toneladas de basura fueron retiradas entre Tlatelolco y tres puntos de la colonia Doctores.
La cifra habla por sí sola.
No sólo de acumulación de residuos, sino de abandono prolongado, de zonas que durante meses —o años— quedaron fuera del radar efectivo de la autoridad.

Entre el hartazgo y la duda moral
“Es lamentable lo que está sucediendo”, escribe alguien más, en un tono que busca equilibrio.
Pero el equilibrio no llega.
“Invitar a que se retiren… no es fácil”, reconoce otra voz.
Porque nadie ignora la complejidad: retirar, ¿a dónde?, ¿con qué alternativas?, ¿bajo qué marco legal?
Entonces aparece la frase más dura:
“Estas personas nunca cambiarán… encontraron una manera cómoda de vivir sin trabajar”.
Y sin embargo, casi de inmediato, la misma voz se corrige, como si la conciencia pesara:
“Tal vez deberíamos cambiar nosotros y ser más humanitarios… quiero pensar que no todos son malos”.
Ahí, en esa contradicción, está el corazón de Tlatelolco hoy:
un territorio donde el miedo convive con la culpa, donde la denuncia se mezcla con la duda ética.
Una comunidad atrapada entre dos polos
“Es un tema muy delicado… tiene dos polos”, resumió una vecina.
Y en efecto, los tiene:
*El polo del hartazgo, alimentado por robos, inseguridad y la sensación de abandono institucional.
*El polo de la compasión, que recuerda que detrás de cada cuerpo en la calle hay una historia de ruptura, exclusión o enfermedad.
Pero entre ambos polos no hay puente. Sólo un vacío donde crecen la desconfianza y la polarización.
La intemperie compartida
Al final, lo que ocurre en Tlatelolco no es sólo la presencia de personas en situación de calle.
Es la evidencia de una comunidad que también se siente, de alguna manera, a la intemperie.
Sin respuestas claras de la autoridad.
Sin políticas públicas visibles.
Sin mecanismos efectivos de mediación.
Y entonces, el chat —ese espacio cotidiano— se convierte en tribunal, confesionario y campo de disputa.
“Una situación que difícilmente encontrará solución”, concluye uno de los mensajes.
Quizá no sea que no tenga solución.
Quizá lo que falta es algo más difícil: reconstruir la confianza, nombrar con precisión el problema y distinguir, sin simplificaciones, entre delito y pobreza.
Porque en Tlatelolco, hoy, no sólo hay personas viviendo en la calle.
También hay historias que duelen, cuerpos que resisten y una comunidad que, entre el miedo y la compasión, busca no perderse a sí misma.

Blablabla, está sensibilización no sirve, quien se va a querer ir de Tlatelolco si viven de él, roban, asaltan, agreden, defecan, riegan basura, etc y quieren que nosotros vayamos a hablar con ellos, bola de delincuentes que se agarran de la palabra “vulnerable 🤬🤬🤬🤬🤬
Todo eso es una verdadera realidad ahora el tema es darle una solución definitiva.
Ya está el que, ahora a el como…