La convocatoria: entre la indignación y la esperanza
25 abril, 2026
*** La tensión entre la urgencia vecinal y la insuficiencia institucional
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, sábado 25 de abril de 2026.- “Los esperamos…”, repetían los mensajes como una consigna que intentaba romper la inercia del desencanto. La cita era en el Ágora, ese espacio que históricamente ha servido tanto para el encuentro cultural como para el desahogo social. No era una reunión más: era el intento de transformar la conversación digital —fragmentada, visceral, a veces estéril— en acción colectiva.
“Para presionar”, decía uno de los mensajes. La palabra no es menor. Presionar implica reconocer que las instituciones no responden por sí mismas, que hay que empujarlas, exhibirlas, obligarlas a mirar de frente una realidad que lleva años creciendo en los márgenes de Tlatelolco.
Pero también había dudas. Y las dudas, en contextos como este, son una forma de lucidez.
La pregunta incómoda: ¿qué se está pidiendo realmente?
Antes de que iniciara la reunión, una voz —anónima, pero profundamente representativa— puso sobre la mesa lo que muchos piensan y pocos articulan:
¿Qué se va a pedir? ¿Retirar a las personas en situación de calle y aumentar la presencia policial? ¿Y luego qué?
La pregunta no es técnica, es ética. Porque en el fondo cuestiona la lógica de soluciones temporales que suelen ofrecer las autoridades: operativos que limpian la superficie sin tocar la raíz.
El señalamiento fue más allá: no se puede exigir simplemente que “se los lleven” sin asumir la complejidad de a dónde, en qué condiciones y bajo qué garantías. La memoria reciente —como los casos de violencia contra personas en situación de calle en otras ciudades— funciona como advertencia: invisibilizar no es resolver, y desplazarse tampoco es dignificar.
Aquí emerge una tensión central: la legítima demanda de seguridad de los vecinos frente a la igualmente legítima condición de vulnerabilidad de quienes habitan la calle. Dos derechos que el Estado no ha sabido conciliar.
Propuestas en construcción: del reclamo a la acción directa
Dentro del intercambio de ideas y cuestionamientos, comenzó a perfilarse una propuesta que, más allá del discurso, apunta a la observación directa del problema: la realización de un recorrido nocturno por la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco.
La intención es clara: que autoridades de la Alcaldía, representantes del sector de seguridad y vecinos interesados caminen juntos los distintos espacios donde se concentra la problemática de personas en situación de calle. No desde el escritorio, no desde el informe, sino desde el territorio mismo, en las horas donde la realidad se muestra sin filtros.
El recorrido, planteado como ejercicio de diagnóstico compartido, busca algo más que evidencias: pretende generar corresponsabilidad. Ver lo que ocurre en la noche —los puntos ciegos, las dinámicas, los riesgos— podría convertirse en un insumo clave para diseñar acciones más precisas y menos simuladas.
El vacío: cuando la asistencia no alcanza
La convocatoria no logró llenar el espacio. La asistencia fue menor a la esperada, y con ello se desactivó una de las acciones previstas: el cierre de calles aledañas.
La escena, sin embargo, dice más de lo que aparenta. La baja participación no necesariamente refleja apatía, sino desgaste. Años de promesas incumplidas han erosionado la confianza en estos ejercicios. El vecino ya no solo exige soluciones: exige pruebas de que vale la pena salir de casa para pedirlas.
El encuentro: acuerdos mínimos en un problema mayor
En ese contexto, la presencia del coordinador territorial de Tlatelolco, Irving López, permitió al menos establecer un canal formal: se acordó la instalación de mesas de trabajo y la próxima reunión con el sector de seguridad.

Es un avance administrativo, sí. Pero también es un reflejo de los límites estructurales: cuando el problema es profundo, las respuestas comienzan con mesas.
El diagnóstico oficial no difiere del vecinal:
*Personas en situación de calle.
*Acumulación de basura.
*Inseguridad.
Tres síntomas de una misma enfermedad: el abandono urbano progresivo.
Tlatelolco: la herida visible de la ciudad
Lo que ocurre en Tlatelolco no es un caso aislado, sino un microcosmos de la Ciudad de México. La Unidad Habitacional, concebida como un proyecto moderno de vida colectiva, hoy enfrenta una presión social que desborda su diseño original.
Las personas en situación de calle no “llegan” por casualidad: son expulsadas de otros espacios, arrastradas por la precariedad estructural, por la falta de acceso a salud, vivienda y empleo. Y terminan asentándose en lugares donde todavía hay infraestructura, sombras, rincones.
El problema no es su presencia: es el sistema que la produce.
Entre la demanda y la conciencia
La conversación que se abrió —aunque breve, aunque incompleta— deja una enseñanza clave: la comunidad empieza a cuestionar no solo qué exige, sino cómo lo exige.
Pedir seguridad sin deshumanizar.
Exigir orden sin avalar la violencia.
Buscar soluciones sin caer en simplificaciones.
Ese es el punto de quiebre.
Lo que sigue: la prueba de las mesas
Las mesas de trabajo serán, en adelante, el termómetro real. Ahí se verá si el diálogo se convierte en política pública o se queda en protocolo. Si las autoridades asumen responsabilidad o repiten fórmulas.
Y también será la prueba para los vecinos: sostener la participación más allá del enojo inmediato, construir propuestas y no solo reclamos.
La ciudad que se discute a sí misma
La reunión no resolvió el problema. Ni podía hacerlo.
Pero dejó algo más valioso: una pregunta abierta, incómoda, necesaria.
¿Qué tipo de comunidad quiere ser Tlatelolco frente a la crisis que habita sus pasillos?
Entre la presión y la empatía, entre el miedo y la conciencia, la respuesta aún se está escribiendo. Y no vendrá solo de las autoridades. Vendrá, si acaso, de la capacidad colectiva de no dejar de mirar —ni hacia afuera, ni hacia adentro.

