El polvo volvió a cubrir el Centro Histórico
23 mayo, 2026
Por Redacción de Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 23 de mayo de 2026.- La tarde cayó distinta sobre el Centro Histórico. No fue el ruido cotidiano de los puestos, ni el claxon desesperado de los microbuses, ni el pregón de los comerciantes de La Lagunilla. Fue un estruendo seco, brutal, de esos que parten el aire y obligan a todos a mirar hacia arriba. En Allende número 74, casi esquina con Juan Álvarez, una fachada se desplomó sobre la calle y sobre la vida de quienes simplemente pasaban por ahí.

El polvo cubrió automóviles, puestos, miradas y gritos. La escena parecía arrancada de una ciudad en guerra: piedras, concreto roto, fierros doblados y personas atrapadas entre el miedo y la incredulidad. Unidades de emergencia comenzaron a llegar mientras vecinos y comerciantes corrían primero que nadie para ayudar.
Los primeros en rescatar
Antes de los discursos oficiales y de los reportes institucionales, fueron los propios compañeros del Mercado de La Lagunilla quienes comenzaron a sacar a las personas afectadas del camión alcanzado por el derrumbe. Entre la desesperación y el caos, hombres y mujeres improvisaron labores de rescate mientras el sonido de las sirenas se acercaba.
“¿Hay heridos?”, preguntaban unos.
“Ya están los apoyos en el lugar”, respondían otros entre llamadas, mensajes y respiraciones agitadas.
La tragedia pudo haber sido mucho peor.
De acuerdo con la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil, cuatro personas resultaron afectadas. Tres requirieron traslado hospitalario: dos trabajadores fueron llevados a un hospital privado y un menor de edad, que viajaba dentro del microbús alcanzado por los escombros, fue trasladado al Hospital Primero de Octubre del ISSSTE a petición de su madre. Otra persona decidió acudir por sus propios medios a revisión médica.

Una ciudad acostumbrada al riesgo
El Centro Histórico volvió a mostrar una herida vieja: las obras y demoliciones que avanzan entre peatones, transporte público y comerciantes sin las medidas suficientes de seguridad.
Vecinos y trabajadores no tardaron en expresar su indignación. Algunos recordaron que ya existían antecedentes y clausuras relacionadas con la obra. Otros cuestionaron directamente la actuación de las autoridades y del INVEA, señalando que el sitio debía estar bajo vigilancia estricta.
“Debieron cerrar la calle”, repetían varios testigos mientras observaban el desastre.
Y la pregunta quedó suspendida entre el polvo:
¿Quién autoriza demoliciones de este tipo con gente caminando debajo?
Porque en esta ciudad parece haberse normalizado convivir con el peligro. Bardas que caen, estructuras improvisadas, construcciones aceleradas y permisos que aparecen mientras la prevención desaparece.
Muchos recordaron también el antecedente del Teatro Manolo Fábregas, donde otra barda colapsó durante trabajos de demolición. Las coincidencias comienzan a dejar de parecer accidentes aislados.
El estruendo que también derrumba confianza
En el lugar se mezclaron el enojo, la impotencia y el cansancio social. La gente ya no sólo teme a los asaltos o a la violencia cotidiana: ahora también teme caminar junto a una obra.
Porque cuando una fachada se desploma sobre un microbús lleno de personas, no sólo cae concreto. También cae la confianza en las supervisiones, en los permisos y en las autoridades encargadas de proteger a la ciudadanía.
La circulación quedó afectada durante horas mientras Protección Civil, bomberos y cuerpos de rescate realizaban labores de revisión estructural y mitigación de riesgos. Sin embargo, para muchos vecinos, la verdadera emergencia es otra: la falta de regulación efectiva y la aparente permisividad con proyectos que ponen en riesgo vidas humanas.

Que no se vuelva costumbre
Esta vez no hubo pérdidas humanas que lamentar. Y eso, en medio del desastre, ya parece milagro.
Pero no debería depender de la suerte.
La Ciudad de México no puede acostumbrarse a ver caer edificios frente a peatones y transporte público como si fueran escenas inevitables. Cada obra mal supervisada es una amenaza latente. Cada permiso entregado sin rigor puede convertirse en tragedia.
Hoy cuatro personas resultaron afectadas. Mañana podrían ser decenas.
Entre el polvo del Centro Histórico quedó otra vez la misma exigencia ciudadana: que revisen bien esos proyectos, que regulen las demoliciones y que la vida de quienes caminan por la ciudad valga más que cualquier negocio inmobiliario.
Porque nadie debería encontrarse “en el lugar equivocado” por culpa de la negligencia.
