La fe que empuja los carritos
29 abril, 2026*** Oración antes de la jornada

Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, miércoles 29 de abril de 2026.- En el amanecer gris de Tlatelolco, cuando el concreto aún guarda el frío de la noche y los pasos resuenan como ecos de otra época, los trabajadores de limpieza se detienen un instante. No es ocio ni pausa sindical: es fe. Frente a una estampa de la Virgen de Guadalupe, ajada por el tiempo y el polvo, se persignan. En ese gesto mínimo —íntimo— depositan la jornada entera.
Porque barrer aquí no es sólo un oficio: es sostener la dignidad de un Conjunto Habitacional que alguna vez fue modelo, orgullo urbano, ejemplo de un sistema que sí funcionó.
La maquinaria vencida
Pero la realidad cruje. Y cruje fuerte.
Los carritos de recolección, que deberían ser herramientas, son ahora testimonio del abandono. De los ocho que alguna vez circularon —según aquella “donación” presumida en tiempos de la ex Delegación Cuauhtémoc— hoy apenas sobreviven dos, y ni siquiera en condiciones dignas: sin llantas, sin pernos, desfondados.
Otros cuatro o cinco, dicen los trabajadores, “todavía ruedan”, pero lo hacen como pueden, remendados con alambre, empujados más por voluntad que por mecánica.
La escena no engaña: no es austeridad, es deterioro. No es eficiencia, es resistencia.

Dos tráileres diarios: la dimensión invisible
Y, sin embargo, la ciudad no se detiene. Tlatelolco tampoco.
Diariamente, la recolección de desechos sólidos alcanza para llenar dos tráileres completos. Dos moles de metal que cargan con lo que nadie quiere ver: los residuos de miles de vidas que habitan, transitan y sobreviven en este espacio.
Ahí está la paradoja: una operación de escala mayor sostenida con herramientas menores. Un sistema que sigue funcionando, sí, pero a costa del cuerpo de quienes lo operan.
La memoria y la deuda
“La memoria de un sistema que sí funcionó” no es sólo nostalgia: es comparación incómoda.
Hubo un tiempo —lo recuerdan los más antiguos— en que el mantenimiento no era heroico sino cotidiano, en que las herramientas no eran reliquias sino instrumentos, en que el trabajador no tenía que encomendarse para resistir, sino organizarse para cumplir.
Hoy, la memoria pesa porque contrasta. Porque evidencia.
Y porque señala una deuda: la de las autoridades que han dejado que el engranaje se oxide mientras el discurso se pule.
La ciudad que se sostiene en silencio
Hay algo profundamente injusto en esta escena cotidiana: quienes limpian Tlatelolco no aparecen en los informes, pero sí en las madrugadas; no figuran en las estadísticas de éxito, pero sí en las cifras de desgaste.
Se encomiendan a la Virgen, sí. Pero no debería ser la fe el principal soporte de un servicio público.
La pregunta es incómoda pero necesaria:
¿cuánto tiempo más puede sostenerse un sistema que depende más de la devoción que de la inversión?
Porque si Tlatelolco sigue limpio, no es por la eficacia del gobierno en turno, sino por la terquedad digna de sus trabajadores.
Y esa, aunque admirable, no debería ser la base de ninguna política pública.

