La banqueta donde nacen los sueños
23 octubre, 2026Peluquero de oficio y cartonero de corazón, crea un alebrije monumental
Entre el sonido de los organilleros, las voces del tianguis y los saludos de sus vecinos, Óscar Puga transforma una banqueta de Santo Domingo, Coyoacán, en un taller de arte popular. Acompañado de su esposa y su hijo, construye un ave Fénix monumental, dedicada a quienes enfrentan el cáncer de mama. Su creación es una historia de amor familiar, tradición, resistencia y esperanza.
Redacción / Con Tlatelolco TV
Video Reportaje: Roberto Ramírez / Información Humana
Ciudad de México, viernes 23 de octubre de 2026.- En una calle de Santo Domingo, Coyoacán, donde la vida transcurre entre los pregones del comercio, el sonido nostálgico de un organillo y las conversaciones de los vecinos, un hombre ha decidido convertir la banqueta de su casa en un pequeño universo de imaginación.
No necesita un estudio elegante, grandes instalaciones ni las comodidades de un taller profesional.
Le bastan sus manos, algunas herramientas, varillas, carrizo, papel, engrudo, pintura y una extraordinaria capacidad para imaginar criaturas que todavía no existen.
Se llama Óscar Puga, conocido también como Óscar Daer, y tiene una manera entrañable de presentarse:
“Peluquero de oficio y cartonero de corazón”.
Durante buena parte del año, sus manos trabajan entre tijeras, peines y cabellos. Pero cuando llega octubre, algo cambia en su vida.
Las herramientas de peluquero ceden su lugar a los materiales de la cartonería.
La rutina del oficio se transforma en una aventura artística.
Y la banqueta, ese espacio cotidiano por donde pasan los vecinos, se convierte en el escenario donde comienza a levantarse una criatura fantástica.
Este año no construye solamente un alebrije monumental.
Está dando forma a un ave Fénix dedicada a la lucha contra el cáncer de mama.
Una figura que, más allá de sus dimensiones, lleva consigo un mensaje profundamente humano: la esperanza de volver a levantarse frente a la adversidad.
Octubre: cuando el peluquero se convierte en cartonero
Hay personas que encuentran su vocación en una escuela, otras en un taller y algunas en los caminos inesperados de la vida.
Óscar pertenece a quienes han descubierto que el arte también puede nacer en la calle.
Su peluquería representa el oficio cotidiano. La cartonería, en cambio, es una pasión que lo invita a explorar otros mundos.
Y octubre es el mes en que ambas identidades parecen encontrarse.
“En octubre no soy barbero, soy cartonero”, expresa al hablar de esta temporada dedicada a la elaboración de alebrijes.
La frase resume una forma de vivir el arte.
Porque ser cartonero no consiste únicamente en dominar una técnica. También, significa aprender a mirar de otra manera los objetos, los materiales y las posibilidades de la imaginación.
Donde otros encuentran papel, él descubre plumas.
Donde algunos observan varillas, él imagina alas.
Y donde solamente existe una estructura inacabada, sus ojos comienzan a reconocer una criatura que todavía espera cobrar vida.
Su taller está abierto a la mirada de quienes pasan.
No hay puertas que separen al creador de su comunidad.
Los vecinos pueden observar cómo avanza la figura, detenerse unos momentos y descubrir que detrás de cada alebrije existe una historia de paciencia, creatividad y trabajo.
El barrio también participa en la creación
Santo Domingo no es solamente el lugar donde vive y trabaja Óscar.
Es parte de su inspiración.
En este rincón de Coyoacán, la vida urbana conserva expresiones profundamente populares: los tianguis, los vendedores, los sonidos del comercio, las conversaciones espontáneas y la música de los organilleros.
Para el artesano, esos sonidos no representan una distracción.
Son parte de su universo creativo.
Mientras sus manos trabajan, la calle continúa su propio movimiento.
Pasan los vecinos, se escuchan voces a la distancia y el organillo recupera melodías que parecen viajar desde otra época de la Ciudad de México.
La cartonería convive así con la vida del barrio.
Y en esa relación existe una enseñanza: el arte popular no necesariamente necesita alejarse de la gente para alcanzar su grandeza.
En ocasiones, su mayor riqueza consiste precisamente en permanecer cerca de quienes le dan identidad.
La banqueta deja de ser únicamente un lugar de tránsito.
Se transforma en un espacio de encuentro, observación y convivencia.
En una ciudad donde las prisas suelen impedirnos mirar lo que sucede a nuestro alrededor, el trabajo de Óscar invita a detenerse.
A contemplar.
A preguntar.
A recordar, que todavía existen manos capaces de convertir materiales sencillos en obras extraordinarias.
Pedro Linares y el nacimiento de un mundo fantástico
Para comprender la pasión de Óscar es necesario regresar a una de las historias más fascinantes del arte popular mexicano.
Los alebrijes de cartonería tienen sus raíces en la Ciudad de México y están estrechamente relacionados con Pedro Linares López, artesano nacido en 1906, cuya imaginación dio origen a estas criaturas fantásticas durante la primera mitad del siglo XX.
La historia tradicional cuenta que, mientras atravesaba una enfermedad, Linares tuvo un sueño extraordinario.
En aquella experiencia imaginó un paisaje habitado por seres imposibles: animales que combinaban características de distintas especies, criaturas sorprendentes y figuras que parecían escapar de las leyes de la naturaleza.
Según el relato transmitido sobre su vida, aquellos seres repetían una palabra desconocida:
“¡Alebrijes! ¡Alebrijes!”.
Después de recuperarse, el artesano comenzó a reproducir mediante la cartonería algunas de las criaturas que había imaginado.
Así nació una expresión artística que, con el paso de las décadas, se convertiría en uno de los símbolos más reconocibles de la creatividad popular mexicana.
Aunque actualmente existen alebrijes elaborados con distintas técnicas y materiales, la tradición de cartón y papel conserva una relación especial con los talleres familiares de la capital.
No se trata solamente de figuras coloridas.
Son manifestaciones de una imaginación colectiva donde conviven lo fantástico, lo cotidiano y las tradiciones artesanales.
Y esa herencia encuentra continuidad en personas como Óscar Puga.
Hombres y mujeres que, desde talleres familiares, viviendas y espacios comunitarios, mantienen viva una tradición que forma parte de la memoria cultural de México.
Un ave Fénix para quienes luchan contra el cáncer de mama
Este año, la inspiración de Óscar tiene un significado particular.
En octubre, mes dedicado internacionalmente a la sensibilización sobre el cáncer de mama, el artesano y su familia decidieron construir una figura relacionada con la esperanza y la capacidad de sobreponerse a las dificultades.
La criatura elegida fue el ave Fénix.
No es una elección cualquiera.
En distintas tradiciones de la Antigüedad, el Fénix aparece como un ave extraordinaria vinculada con los ciclos de la vida, la renovación y el renacimiento.
Su leyenda, asociada especialmente con las tradiciones grecorromanas y con antiguos simbolismos de renovación, describe a una criatura capaz de surgir nuevamente después de consumirse en el fuego.
Con el paso del tiempo, esa imagen adquirió una dimensión espiritual y cultural más amplia.
El ave Fénix comenzó a representar la posibilidad de recomenzar después de una experiencia dolorosa.
En el arte y la literatura, sus alas simbolizan la renovación, la perseverancia y la esperanza.
Para algunas interpretaciones religiosas, particularmente dentro de la tradición cristiana antigua, también ha sido una imagen alegórica relacionada con la resurrección y la vida renovada.
En la obra de Óscar, ese simbolismo adquiere un sentido contemporáneo.
Su ave fénix es un homenaje a las mujeres que enfrentan el cáncer de mama, a quienes atraviesan tratamientos, a quienes viven procesos de recuperación y a las familias que las acompañan.
No pretende representar una promesa de curación.
Su mensaje es distinto: recordar que, aun en los momentos difíciles, el acompañamiento, la atención médica, la solidaridad y la esperanza tienen un valor profundo.
Porque detrás de cada diagnóstico existe una persona.
Una historia.
Una familia.
Un conjunto de sueños que merece ser escuchado.
Y mientras las manos del artesano trabajan sobre el papel, el carrizo y la pintura, esa realidad humana encuentra una expresión simbólica en las alas de su creación.
Tres corazones detrás de una criatura monumental
Aunque Óscar es quien encabeza el proyecto, no trabaja solo.
Su esposa y su hijo participan en la construcción del alebrije.
La obra se convierte así en un esfuerzo familiar.
En un espacio donde el tiempo compartido adquiere tanta importancia como el resultado final.
La cartonería exige paciencia.
Cada etapa requiere atención y cuidado.
La estructura debe sostener el peso de la figura, los materiales necesitan adaptarse a las formas imaginadas y los detalles deben encontrar armonía dentro del conjunto.
Pero existe algo que no puede medirse con herramientas.
El valor de crear en compañía.
En una época en la que buena parte de las actividades cotidianas transcurren frente a pantallas, resulta significativo encontrar a una familia reunida alrededor de una obra artesanal.
El trabajo compartido permite transmitir conocimientos, resolver dificultades y fortalecer los vínculos entre generaciones.
La experiencia de Óscar recuerda que muchos oficios tradicionales mexicanos han sobrevivido precisamente gracias a esa enseñanza familiar.
De padres a hijos.
De maestros a aprendices.
De una generación a otra.
Así se conservan las técnicas, pero también los recuerdos y las historias que acompañan a cada pieza.
En esa banqueta de Santo Domingo no solamente se construye un alebrije: también se fortalece una historia familiar.
La imaginación: el desafío más grande
Cuando se observa un alebrije monumental terminado, resulta fácil quedar impresionado por sus dimensiones, sus colores y la complejidad de sus formas.
Sin embargo, detrás de ese resultado existe un proceso que pocas veces conoce el público.
Óscar explica que uno de los mayores desafíos es la imaginación.
Antes de colocar el primer papel, es necesario visualizar la criatura.
Comprender sus proporciones.
Imaginar sus movimientos.
Resolver cómo una idea puede transformarse en una estructura capaz de sostenerse.
Después comienza el trabajo material.
Las varillas y el carrizo permiten dar forma al armazón.
Sobre esa base se desarrolla el empapelado, una de las técnicas fundamentales de la cartonería tradicional.
Las capas de papel van cubriendo la estructura hasta construir el volumen deseado.
Más adelante, llega la pintura.
Es entonces cuando la figura adquiere personalidad.
Los colores, las texturas y los detalles convierten una estructura artesanal en un personaje fantástico.
En el caso del ave Fénix, cada elemento debe contribuir a transmitir la idea de una criatura que renace.
Pero existe otra dificultad.
El tiempo.
Óscar y su familia enfrentan el reto de completar la obra en aproximadamente quince días.
Quince jornadas de imaginación, esfuerzo y trabajo a contrarreloj.
Un periodo breve para una creación monumental que exige dedicación constante.
Los alebrijes toman las calles de la Ciudad de México
La obra de Óscar está destinada al 18.º Desfile y Concurso de Alebrijes Monumentales, una celebración que ha contribuido a llevar la cartonería tradicional a los espacios públicos de la capital.
Impulsado por el Museo de Arte Popular, este encuentro reúne a artesanos, colectivos, familias y creadores que transforman materiales cotidianos en criaturas extraordinarias.
Los alebrijes monumentales han convertido las calles de la Ciudad de México en un escenario donde dialogan la tradición y la imaginación.
Durante el desfile, las figuras dejan los talleres para encontrarse con miles de espectadores.
Aparecen animales imposibles, seres mitológicos, criaturas híbridas y personajes nacidos de los sueños de sus autores.
Cada obra representa una interpretación diferente del arte popular.
Y detrás de cada figura existe una historia que muchas veces permanece invisible para quienes solamente contemplan el espectáculo.
Hay jornadas de trabajo.
Desvelos.
Gastos familiares.
Problemas técnicos.
Y una profunda convicción de mantener viva la tradición.
La participación de Óscar y su familia forma parte de ese esfuerzo colectivo.
Su ave Fénix no busca únicamente llamar la atención por su tamaño.
Pretende transmitir un mensaje que trascienda el desfile.
Que el arte también puede convertirse en una expresión pública de solidaridad.
La cartonería y la espiritualidad de lo cotidiano
En México, la cartonería ocupa un lugar especial dentro de las celebraciones populares.
Está presente en máscaras, calaveras, figuras festivas, personajes fantásticos y representaciones que acompañan diversas tradiciones comunitarias.
Sus materiales pueden ser modestos, pero sus significados suelen ser profundos.
La cercanía de las celebraciones del Día de Muertos permite reconocer esa relación entre el arte popular, la memoria y las creencias.
En nuestra cultura, la muerte y la vida no siempre aparecen como realidades completamente separadas.
Con frecuencia dialogan a través de los símbolos.
Las flores, las veladoras, las ofrendas y las figuras artesanales permiten expresar sentimientos que las palabras no siempre alcanzan a comunicar.
Aunque el ave Fénix no pertenece originalmente a la tradición religiosa mexicana ni constituye un símbolo exclusivo del Día de Muertos, su presencia en una obra de cartonería establece un diálogo cultural con las ideas universales de renovación y continuidad de la vida.
El mensaje resulta especialmente significativo cuando se relaciona con una enfermedad que transforma profundamente la vida de muchas familias.
El cáncer de mama no es una metáfora.
Es una realidad de salud que requiere información, diagnóstico oportuno, atención médica y acompañamiento.
Pero el arte puede ofrecer otra forma de acercarse a esa experiencia.
Una manera de expresar solidaridad sin convertir el sufrimiento en espectáculo.
Y eso es precisamente lo que hace valiosa la propuesta del artesano.
Cuando el arte popular sale a la banqueta
La historia de Óscar Puga también invita a reflexionar sobre la manera en que las ciudades reconocen —o ignoran— a sus creadores populares.
Con frecuencia, las grandes exposiciones y los espacios culturales institucionales reciben la mayor atención pública.
Sin embargo, una parte fundamental de la riqueza artística de México continúa desarrollándose en talleres modestos, patios familiares, viviendas y calles de nuestros barrios.
Allí trabajan personas que combinan sus oficios cotidianos con una vocación artística.
No siempre cuentan con patrocinios.
No necesariamente disponen de instalaciones especializadas.
Y muchas veces deben distribuir su tiempo entre las obligaciones familiares, el trabajo remunerado y la creación.
A pesar de ello, siguen produciendo obras que enriquecen la identidad cultural de la ciudad.
El caso de Óscar demuestra que la cultura no nace exclusivamente en los museos.
También, surge en las colonias populares.
En los espacios donde la convivencia vecinal todavía conserva su importancia.
En las manos de quienes han aprendido a transformar la materia con imaginación.
Reconocer a estos artesanos significa reconocer el derecho de los barrios a producir, compartir y preservar su propia cultura.
También,vobliga a pensar en la necesidad de fortalecer los espacios comunitarios de creación, la difusión del trabajo artesanal y las oportunidades para que nuevas generaciones aprendan estos oficios.
Porque cuando desaparece un taller tradicional, la ciudad no pierde solamente un lugar de trabajo.
Puede perder también una parte de su memoria.
Y cuando una familia decide mantener viva una expresión artesanal, contribuye a conservar una herencia colectiva.
El organillero sigue tocando
La historia vuelve al lugar donde comenzó.
Una banqueta de Santo Domingo.
El movimiento de los vecinos.
Los sonidos del tianguis.
Y, a lo lejos, la música de un organillero que parece acompañar el trabajo del artesano.
Óscar continúa dando forma a su ave Fénix.
Todavía quedan detalles por resolver.
Capas de papel por colocar.
Colores por aplicar.
Y horas de trabajo antes de que la criatura pueda extender simbólicamente sus alas frente al público.
Su esposa y su hijo forman parte de esa tarea.
La calle sigue su curso.
La ciudad continúa con sus prisas.
Pero en ese pequeño espacio de Coyoacán ocurre algo que merece ser contado.
Un hombre que vive de cortar el cabello ha decidido dedicar parte de su vida a construir sueños de cartón.
Un padre comparte su pasión con su familia.
Un artesano encuentra inspiración en los sonidos de su comunidad.
Y una criatura nacida de la imaginación se transforma en un mensaje de esperanza para quienes enfrentan el cáncer de mama.
Quizá esa sea una de las mayores virtudes del arte popular.
Su capacidad para convertir experiencias humanas en símbolos que todos podemos comprender.
Porque las alas de este Fénix no están hechas solamente de papel, carrizo y pintura.
También representan el esfuerzo de una familia, la memoria de un oficio y la solidaridad con quienes atraviesan momentos difíciles.
Cuando finalmente abandone la banqueta para incorporarse al desfile de alebrijes monumentales, llevará consigo algo más que sus colores.
Llevará los sonidos de Santo Domingo.
Los saludos de los vecinos.
Las horas compartidas en familia.
Y el deseo de que ninguna persona que enfrente el cáncer tenga que recorrer ese camino sin acompañamiento.
Mientras tanto, en aquella calle de Coyoacán, el organillero seguirá tocando.
Y Óscar Puga, peluquero de oficio y cartonero de corazón, continuará recordándonos que hay sueños que comienzan en una banqueta y terminan levantando el vuelo sobre toda una ciudad.
Con Tlatelolco TV | Periodismo comunitario, voces de la Unidad
Video reportaje: Roberto Ramírez / Información Humana.
Una historia de arte popular, identidad urbana, tradición familiar y esperanza, contada de viva voz desde Santo Domingo, Coyoacán.
Video:
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