La memoria de un sistema que sí funcionó
29 abril, 2026
*** Falta de motos y costales para el servicio de limpieza, en Tlatelolco

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Con Tlatelolco, Ciudad de México, jueves 30 de abril de 2026. Hubo un tiempo en que los “hongos” —esas bocas de concreto que respiran la vida doméstica de miles— cumplían su tarea con precisión casi invisible.
Eran parte de un engranaje urbano aceitado: la basura bajaba, desaparecía y el espacio volvía a ser habitable. Nadie hablaba de ellos porque no había necesidad. Funcionaban.
El sistema operó durante años como una solución eficaz para una comunidad que hoy concentra más de 35 mil habitantes y soporta el tránsito de más de dos millones de personas flotantes. Era un modelo funcional de contención y transferencia.
Hasta que dejó de serlo.
Vecinos sitúan el punto de quiebre en el abandono institucional que se agudizó durante la administración de Ricardo Monreal, en la Alcaldía Cuauhtémoc, cuando —recuerdan— la recolección se suspendió por meses. Desde entonces, el deterioro no ha hecho más que avanzar.
La precariedad operativa: trabajar con las manos
Hoy, el sistema está fracturado desde su base.
Trabajadores de limpia operan sin motos suficientes, sin costales en condiciones, sin equipo de protección. De ocho motos asignadas, para la Unidad, apenas dos funcionan. El resto permanece detenido por falta de refacciones.
La consecuencia es visible: residuos retirados a mano, acumulación en bolsas improvisadas, traslado en triciclos adaptados. La logística se volvió rudimentaria.
Y sin costales funcionales dentro de los “hongos”, el sistema pierde su capacidad de contención. La basura se dispersa, invade el entorno, se convierte en un problema abierto.
“¿De qué sirve separar la basura si los costales están hechos pedazos y todo termina regado?”
La pregunta no admite evasivas.

Pepenadores, indigentes y trabajadores de limpieza: la frontera difusa
Luis Vega, residente de la Primera Sección y vecino vigilante, coloca el foco en una realidad incómoda que se superpone con la crisis operativa.
Desde las 5 de la mañana hasta el mediodía, personas en situación de calle y pepenadores recorren los depósitos —los “hongos” y ductos de edificios tipo “B” y “C”— abren bolsas, extraen reciclables y dejan los residuos esparcidos.
No es un fenómeno aislado. Es constante.
Vega describe un circuito económico precario: el reciclaje informal. A falta de un sistema formal robusto, la pepena se vuelve sustento. Algunos incluso colaboran con trabajadores de limpia; no reciben salario, pero se les permite quedarse con materiales reciclables para su venta.
Durante años, esta práctica fue tolerada e incluso facilitada. Se habla de permisos informales, de acceso a llaves, de una relación funcional entre encargados y pepenadores.
Pero esa frontera se desdibujó.
Lo que fue apoyo logístico derivó en apropiación del espacio. Algunos de estos grupos comenzaron a pernoctar en la Unidad, a instalarse, a convertir los puntos de recolección en extensión de su vida cotidiana.
El residente lo expone sin matices: hay quienes mantienen cierta disciplina, pero otros incurren en conductas que generan miedo y conflicto —consumo de sustancias, agresiones, acoso a vecinos, especialmente adultos mayores.
La cifra es reveladora: hasta un 90% de aumento en la actividad de pepena, en la Primera Sección.
Y con ello, una tensión creciente.
El control vecinal: entre la defensa y el desgaste
Ante la ausencia de control institucional efectivo, los vecinos han tomado decisiones.
En la Primera Sección, se han organizado para impedir que estas personas se queden a dormir. Se conocen, se identifican, se vigilan. Se colocan candados, se establecen acuerdos, se actúa de forma directa.
Es una defensa del territorio.
Pero también es un síntoma: cuando la comunidad asume funciones de contención social sin respaldo institucional, el desgaste es inevitable.
“Lo que tratamos es de cuidar la Unidad”, dice Vega. La frase encierra una carga mayor: preservar no solo el espacio físico, sino la seguridad y la convivencia.
Los “hongos” abiertos: territorio en disputa
Sin costales, sin rutas regulares, sin vigilancia constante, los “hongos” dejaron de ser infraestructura para convertirse en puntos de disputa.
Lo que ahí ocurre no es solo un problema de basura: es un cruce de dinámicas sociales, económicas y de supervivencia.
Cada bolsa rota, cada candado forzado, cada residuo esparcido, habla de un sistema que dejó vacíos.
Y esos vacíos siempre se ocupan.
Ratas, olores y enfermedad: la consecuencia sanitaria
La degradación tiene efectos inmediatos.
Ratas visibles a plena luz del día. Residuos orgánicos expuestos. Olores que penetran viviendas, especialmente en plantas bajas.
Sin costales adecuados, los residuos generan acumulaciones internas —asentamientos de basura— donde proliferan bacterias, líquidos tóxicos y plagas.
El problema sanitario ya no es potencial: es presente.
La fractura entre autoridad y realidad
Mientras la Alcaldía Cuauhtémoc, bajo la instrucción de la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, emite llamados a la cultura cívica, en territorio persiste la carencia estructural.
No hay suficientes costales.
No hay motos operativas.
No hay personal suficiente.
Y en esa contradicción, el discurso pierde eficacia.
No se puede exigir orden donde no hay condiciones materiales para sostenerlo.

La fe que empuja los carritos
Apuntes para la crónica: “La memoria de un sistema que sí funcionó”
I. Oración antes de la jornada.
En el amanecer gris de Tlatelolco, cuando el concreto aún guarda el frío de la noche y los pasos resuenan como ecos de otra época, los trabajadores de limpieza se detienen un instante. No es ocio ni pausa sindical: es fe.
Frente a una estampa de la Virgen de Guadalupe, ajada por el tiempo y el polvo, se persignan. En ese gesto mínimo —íntimo— depositan la jornada entera.
Porque barrer aquí no es sólo un oficio: es sostener la dignidad de un conjunto habitacional que alguna vez fue modelo, orgullo urbano, ejemplo de un sistema que sí funcionó.
II. La maquinaria vencida.
Pero la realidad cruje. Y cruje fuerte.
Los carritos de recolección, que deberían ser herramientas, son ahora testimonio del abandono. De los ocho que alguna vez circularon —según aquella “donación” presumida en tiempos de la ex Delegación Cuauhtémoc— hoy apenas sobreviven dos, y ni siquiera en condiciones dignas: sin llantas, sin pernos, desfondados.
Otros cuatro o cinco, dicen los trabajadores, “todavía ruedan”, pero lo hacen como pueden, remendados con alambre, empujados más por voluntad que por mecánica.
No es austeridad. Es deterioro.
No es eficiencia. Es resistencia.
III. Dos tráileres diarios: la dimensión invisible.
Y, sin embargo, la ciudad no se detiene. Tlatelolco tampoco.
Diariamente, la recolección de desechos sólidos alcanza para llenar dos tráileres completos. Dos moles de metal que cargan con lo que nadie quiere ver: los residuos de miles de vidas que habitan, transitan y sobreviven en este espacio.
Ahí está la paradoja: una operación de gran escala sostenida con herramientas mínimas.
Un sistema que sigue funcionando, sí, pero a costa del cuerpo de quienes lo operan.
IV. La memoria y la deuda.
“La memoria de un sistema que sí funcionó” no es nostalgia: es contraste.
Hubo un tiempo en que el mantenimiento no era heroico sino cotidiano; en que las herramientas no eran reliquias sino instrumentos; en que el trabajador no tenía que encomendarse para resistir, sino organizarse para cumplir.
Hoy, la memoria pesa porque evidencia.
Y porque señala una deuda: la de las autoridades que han dejado que el engranaje se oxide mientras el discurso se pule.
V. La ciudad que se sostiene en silencio.
Hay algo profundamente injusto en esta escena cotidiana: quienes limpian Tlatelolco no aparecen en los informes, pero sí en las madrugadas; no figuran en las estadísticas de éxito, pero sí en las cifras de desgaste.
Se encomiendan a la Virgen, sí. Pero no debería ser la fe el principal soporte de un servicio público.
La pregunta es inevitable:
¿cuánto tiempo más puede sostenerse un sistema que depende más de la devoción que de la inversión?
Porque si Tlatelolco sigue limpio, no es por la eficacia del gobierno en turno, sino por la terquedad digna de sus trabajadores.
Y esa —aunque admirable— no debería ser la base de ninguna política pública.
Entre la dignidad y el abandono
La advertencia de los vecinos es clara: no quieren que esta realidad se normalice.
“Que no se tome en saco roto”.
Porque lo que está en juego no es solo la eficiencia de un servicio público. Es la dignidad de un espacio que alguna vez fue referente urbano.
Tlatelolco resiste, pero no debería hacerlo solo.
Sin motos, sin costales, sin estrategia integral, los “hongos” seguirán siendo el reflejo de una ciudad que ha dejado en manos de la fe, del esfuerzo vecinal y del desgaste humano, lo que corresponde —sin excusas— a la responsabilidad pública.
