A 38 años de la tragedia: el día que San Rafael ardió en el infierno de Pemex
23 junio, 2026
Crónica de Edgar Ramos Magaña
Por Redacción de Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 23 de junio de 2026.- Hay acontecimientos que el tiempo no logra borrar. Permanecen intactos en la memoria de quienes los vivieron, como una fotografía grabada por el miedo, el dolor y la incertidumbre.
Han transcurrido 38 años desde aquel 23 de junio de 1988, cuando la colonia San Rafael y gran parte del área metropolitana de Monterrey fueron sacudidas por una de las tragedias industriales más graves en la historia de Nuevo León: la explosión e incendio de la planta de almacenamiento y distribución de Petróleos Mexicanos (Pemex).
Para miles de regiomontanos fue un día que transformó para siempre la percepción de seguridad en una ciudad que crecía aceleradamente alrededor de instalaciones consideradas estratégicas. Para quienes estuvieron allí, fue el día en que el infierno pareció descender sobre la tierra.
El estallido que hizo temblar la ciudad
La tarde transcurría con aparente normalidad.
El calor característico del verano regiomontano envolvía las calles de Guadalupe cuando, alrededor de las 14:25 horas, un estruendo monumental rompió la tranquilidad.
La tierra vibró.
Las ventanas se estremecieron.
Los edificios parecieron sacudirse por una fuerza invisible.
Entre quienes presenciaron aquellos momentos se encontraba Edgar Ramos Magaña, cuyo recuerdo permanece tan vivo como entonces.
“El estallido fue algo impresionante, la tierra vibró por completo”, recuerda. “La radiación y el calor que se sentían en ese momento eran sofocantes, parecía que el aire mismo quemaba. La gente corría desesperada por las calles intentando alejarse, mientras los carros estacionados empezaban a dañarse por el calor extremo; las llantas se derretían sobre el pavimento y las pinturas de los cofres se ampollaban. Era una escena sacada de una película de terror; el cielo se puso completamente negro en plena tarde”.
Aquella descripción resume con precisión el horror vivido por miles de personas.
Cuando el fuego escapó al control humano
Las investigaciones realizadas posteriormente señalaron que el siniestro se originó mientras trabajadores efectuaban labores de soldadura para instalar un sistema contra incendios en uno de los tanques de almacenamiento de diésel.
Una chispa accidental habría alcanzado vapores inflamables acumulados en el interior de la instalación.
La reacción fue inmediata.
El fuego se propagó de manera devastadora entre los enormes depósitos de combustible, generando una cadena de explosiones que mantuvo en vilo a toda la ciudad durante horas.
Las detonaciones continuaron a lo largo de la jornada, incluyendo una de las más violentas cerca de las nueve de la noche, cuando cientos de bomberos, rescatistas y elementos del Ejército Mexicano ya combatían las llamas.
Una ciudad huyendo del peligro
La magnitud del desastre obligó a ordenar la evacuación masiva de miles de habitantes.
Familias enteras abandonaron sus hogares llevando únicamente lo indispensable.
Colonias como Jardines de San Rafael, Vicente Guerrero y Nueva Linda Vista comenzaron a vaciarse mientras el temor se extendía por toda la zona metropolitana.
Nadie sabía si la planta completa podría explotar.
Nadie sabía hasta dónde alcanzaría la destrucción.
Las avenidas Constitución y Miguel Alemán fueron cerradas para facilitar las labores de emergencia, mientras el tránsito colapsaba y el humo cubría gran parte del horizonte.
Sobre la ciudad se levantaba una inmensa columna negra visible desde kilómetros de distancia.
Parecía una herida abierta en el cielo.
El aire quemaba
Quienes estuvieron cerca recuerdan una sensación difícil de describir.
No era solamente el miedo.
Era el calor.
Un calor abrasador que parecía atravesar la ropa y la piel.
Los automóviles estacionados sufrían daños por la radiación térmica. Las llantas comenzaban a deformarse sobre el asfalto ardiente. La pintura de los vehículos se levantaba por efecto de las altas temperaturas.
La tarde se volvió oscura.
El humo convirtió el día en una especie de anochecer prematuro.
La ciudad observaba, impotente, cómo el fuego consumía toneladas de combustible.
El saldo de la tragedia
Las labores para controlar el incendio se prolongaron durante casi 48 horas.
Las cifras oficiales reportaron entre ocho y diez personas fallecidas, principalmente trabajadores que se encontraban en las instalaciones al momento de la explosión.
Además, decenas de personas resultaron lesionadas por quemaduras, intoxicaciones y diversos traumatismos.
Sin embargo, durante años persistieron dudas y cuestionamientos de habitantes de la región, quienes consideraron que la magnitud de la tragedia pudo haber dejado un número mayor de víctimas.
Más allá de las estadísticas, quedaron las secuelas emocionales.
Las familias desplazadas.
Los hogares abandonados.
La angustia colectiva.
Y el recuerdo imborrable de un desastre que pudo alcanzar dimensiones aún mayores.
La lección que cambió a Monterrey
La tragedia de San Rafael marcó un antes y un después en la historia urbana de Nuevo León.
El desastre evidenció los riesgos de mantener instalaciones de almacenamiento de combustibles dentro de zonas densamente pobladas.
Como consecuencia, el complejo de Pemex fue desmantelado y las operaciones fueron trasladadas fuera de la mancha urbana, hacia la Refinería de Cadereyta.
El lugar donde alguna vez se levantaron los tanques que alimentaron el incendio ha cambiado de función, pero la memoria permanece.
Porque las ciudades también conservan cicatrices.
Porque hay tragedias que se convierten en lecciones permanentes.
Y porque quienes vivieron aquel 23 de junio de 1988 saben que no fue solamente un accidente industrial.
Fue el día en que San Rafael ardió.
El día en que miles de regiomontanos miraron de frente el rostro del miedo.
Y el día en que comprendieron que la seguridad colectiva nunca debe darse por sentada.
Documento histórico anexo
Como parte de la preservación de la memoria histórica de este acontecimiento, se anexa el testimonio en PDF de Edgar Ramos Magaña sobre los hechos ocurridos el 23 de junio de 1988.
El documento constituye una valiosa narración de primera mano que permite reconstruir la dimensión humana de la tragedia, las escenas de evacuación, el impacto emocional en la población y la magnitud del desastre que marcó para siempre a la comunidad regiomontana.
A 38 años de distancia, este testimonio sigue siendo una voz viva de la memoria colectiva y un recordatorio de la importancia de la prevención, la protección civil y la responsabilidad social en el desarrollo urbano e industrial de nuestras ciudades.


