La intolerancia como respuesta
25 junio, 2026*** Cuando el interés particular desafía la voluntad colectiva: la batalla por un estacionamiento que pertenece a todos

Nacho Arellano / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, jueves 25 de junio de 2026. – En las comunidades pequeñas, donde los rostros son conocidos y las historias se cruzan todos los días entre andadores, jardines y edificios, las palabras suelen pesar más que en cualquier otro lugar. Una opinión publicada en una red social puede convertirse en un espejo donde algunos se reconocen y otros creen verse reflejados, aunque nadie los haya nombrado.
Así ocurrió después de la publicación de la Columna política “De la Ficción a la Realidad: Una Caseta Hoy, un Precedente Mañana”, difundida en la página de Facebook Ciudadanos Tlatelolcas. El texto analizaba una problemática comunitaria relacionada con el uso de espacios comunes y los riesgos que implica permitir que intereses particulares se impongan sobre el interés colectivo.
La columna no mencionaba nombres. No señalaba personas específicas. No formulaba acusaciones individuales. Sin embargo, bastó la reflexión pública sobre el tema para provocar una respuesta cargada de insultos.
Cuando el argumento se sustituye por la descalificación
Entre los comentarios apareció el de la señora Rocío García, quien dirigió una serie de expresiones ofensivas contra el autor de la publicación.
Lejos de presentar datos, argumentos o elementos que enriquecieran el debate, la respuesta se construyó sobre descalificaciones personales, burlas e insultos.
El episodio dejó al descubierto una realidad cada vez más frecuente en las redes sociales: la incapacidad de algunas personas para debatir ideas sin recurrir a la agresión.
Porque cuando una opinión genera enojo, existen múltiples caminos para responder. Se puede argumentar. Se puede disentir. Se puede demostrar que una postura es equivocada. Pero cuando la única herramienta utilizada es el insulto, el mensaje termina revelando más sobre quien agrede que sobre quien es agredido.

La voz de los vecinos
Lo que ocurrió después llamó aún más la atención.
Varios residentes de Tlatelolco intervinieron para señalar que la publicación original no contenía nombres ni referencias directas hacia persona alguna.
Una vecina escribió:
“¿De quién hablas amigo? No veo nombres. Y te están insultando. Ya guardé la captura de pantalla”.
La residente agregó que anteriormente había recibido comentarios ofensivos de la misma persona desde otro perfil de Facebook y que conservaba evidencia de ello.
El comentario no sólo respaldaba la observación de que la columna no personalizaba el tema, sino que además evidenciaba un patrón de conducta que otros vecinos afirmaron haber presenciado.
Más adelante, otro residente expresó:
“Gracias por señalar las mezquindades de una persona abusiva y con poca educación, como se puede leer…”.
La conversación dejó de girar en torno a la columna y comenzó a centrarse en la manera en que se estaba respondiendo a ella.
Paradójicamente, el fondo del debate quedó desplazado por la forma.
El verdadero tema sigue pendiente
Mientras los insultos ocupaban espacio en la discusión digital, la pregunta central continuaba sin respuesta:
¿Qué debe hacerse con los espacios comunes de Tlatelolco?
Esa era la cuestión planteada originalmente.
Porque detrás de una caseta, una reja o cualquier apropiación de áreas colectivas existe un asunto mucho más profundo: el derecho de todos los residentes a disfrutar espacios que pertenecen a la comunidad.
La polémica demostró que el tema sigue siendo sensible y que existen intereses encontrados. Sin embargo, también confirmó la necesidad de que las diferencias se procesen mediante el diálogo y no mediante la agresión.
Una comunidad se construye con respeto
Las redes sociales han abierto espacios extraordinarios para la participación ciudadana. Nunca antes había sido tan sencillo expresar opiniones, denunciar irregularidades o defender causas comunitarias.
Pero esa libertad implica una responsabilidad.
El insulto no fortalece una causa.
La descalificación no convierte una opinión en verdad.
La agresión no sustituye a los argumentos.
En una comunidad histórica como Tlatelolco, donde durante décadas sus habitantes han enfrentado desafíos colectivos y han defendido espacios de convivencia, el respeto debe seguir siendo el punto de partida de cualquier discusión.
Porque cuando las ideas se enfrentan con ideas, la comunidad avanza.
Cuando las diferencias se enfrentan con insultos, todos pierden.
Y en esta historia, más allá de una publicación, una respuesta o una captura de pantalla, lo que quedó expuesto fue una lección sencilla pero vigente: la educación de una persona suele reflejarse con mayor claridad en la forma en que trata a quienes piensan diferente.


