Tlatelolco, tierra de Xolos: los guardianes ancestrales que acompañan a nuestros muertos 

Tlatelolco, tierra de Xolos: los guardianes ancestrales que acompañan a nuestros muertos 

25 octubre, 2026 0 Por Staff Redaccion

Entre la memoria del antiguo mercado de Tlatelolco y los caminos del Mictlán, el xoloitzcuintle vuelve a ocupar su lugar en las celebraciones del Día de Muertos

En el antiguo Tlatelolco, donde hace siglos caminaron comerciantes, guerreros y familias mexicas, también existieron perros que formaban parte de la vida cotidiana y del universo espiritual de sus habitantes. 

Hoy, el Festival Entre Xolos y Catrinas 2026 recupera esa memoria ancestral. 

En entrevista con Con Tlatelolco TV, Gabriel Mestre, director de Campo de Xolos, recuerda que estos animales no solamente representan al compañero que ayuda a las almas a cruzar el río hacia el Mictlán: también son seres sintientes que merecen respeto, protección y un lugar digno en nuestra sociedad.

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV

Ciudad de México, domingo 25 de octubre de 2026.- Mucho antes de que los edificios de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco se levantaran sobre la memoria de una antigua ciudad, cuando el agua rodeaba los caminos y las canoas transportaban mercancías hacia uno de los mercados más importantes de Mesoamérica, los perros ya acompañaban la vida de sus habitantes.

No existían las avenidas, los automóviles ni las torres de concreto.

Había canales, templos, comerciantes, familias y una relación profunda entre los seres humanos, los animales y las fuerzas de la naturaleza.

En aquel universo también habitaba el xoloitzcuintle.

Su presencia no se limitaba a la compañía cotidiana. En la cosmovisión mexica, el perro estaba vinculado con la muerte, la fertilidad, la agricultura y el tránsito entre el mundo de los vivos y el de los difuntos.

Siglos después, cuando se aproxima el Día de Muertos y las flores de cempasúchil comienzan a llenar las calles de la Ciudad de México, su figura regresa para recordarnos que algunas historias sobreviven incluso a la destrucción de las ciudades.

Y que Tlatelolco, con sus siglos de historia, también tiene mucho que contar sobre estos animales.

Durante una entrevista con Con Tlatelolco TV, Gabriel Mestre, director del Festival Campo de Xolos, pronunció una frase que devuelve a los habitantes de esta comunidad una parte de su identidad ancestral:

“En Tlatelolco había xoloitzcuintles antes del contacto”.

No fue solamente una referencia histórica.

Fue una invitación a mirar el pasado y reconocer que, entre las piedras de la antigua ciudad y los andadores de la actual Unidad Habitacional, existe una memoria que todavía puede recuperarse.

ITZCUINTLÁN: EL LUGAR DONDE LOS PERROS ESPERABAN A SUS COMPAÑEROS HUMANOS

Hay una imagen profundamente conmovedora dentro de las tradiciones relacionadas con la muerte en el México antiguo.

Un perro espera.

No importa cuánto tiempo transcurra.

Permanece en un territorio simbólico, aguardando el encuentro con la persona a quien acompañó durante su existencia.

Cuando finalmente llega, ambos emprenden un recorrido hacia el mundo de los muertos.

Esa imagen inspira la edición 2026 de Campo de Xolos, cuyo subtítulo es “Bienvenidos a Itzcuintlán”.

Gabriel Mestre explica que este nombre remite al espacio donde, según las interpretaciones tradicionales que recupera el festival, los perros esperaban a sus compañeros humanos.

Pero introduce una precisión que refleja los cambios culturales de nuestra época.

“Ya no decimos “dueños”, ya no decimos “propietarios”, señala.

Para el director del festival, la manera de nombrar a los animales también revela cómo los entendemos.

No se trata únicamente de modificar palabras.

Se trata de reconocer que un perro no es un objeto, una mercancía ni un adorno doméstico.

Es un ser vivo que siente, establece vínculos y necesita protección.

En esa reflexión, el antiguo xoloitzcuintle adquiere un significado contemporáneo.

El animal que en la tradición acompañaba a los muertos también puede enseñarnos, mientras estamos vivos, a ejercer la responsabilidad y el respeto.

EL RÍO DEL MICTLÁN Y LA LEALTAD QUE TRASCIENDE LA MUERTE

Entre los relatos más conocidos de la cosmovisión mexica se encuentra el viaje de los difuntos hacia el Mictlán.

No era un recorrido sencillo.

El alma debía atravesar distintas pruebas antes de alcanzar su destino final.

Una de ellas consistía en cruzar un río, identificado en diversas interpretaciones como el Apanohuacalhuia.

Allí aparecía el perro.

Gabriel Mestre explica que, dentro de las narraciones tradicionales, la intervención más reconocida del xoloitzcuintle ocurre precisamente en ese momento.

“En realidad, el xoloitzcuintle solamente aparece en el momento de cruzar el río”, puntualiza.

Su función era ayudar al difunto a superar aquel obstáculo.

Sin embargo, había una condición profundamente humana.

El perro reconocía a quien había tratado bien a los animales durante su vida.

La enseñanza permanece vigente.

Quien fue capaz de respetar a un ser indefenso podía encontrar en él un compañero para el último viaje.

Quien lo maltrató, según esas narraciones, podía quedarse sin su ayuda.

En esa antigua creencia existe una lección ética que atraviesa los siglos: la manera en que tratamos a los animales también habla de nuestra propia humanidad.

Y quizá por eso, cuando hoy colocamos la figura de un xoloitzcuintle junto a una ofrenda, no estamos solamente evocando una leyenda.

Estamos recordando la importancia de la gratitud y del cuidado hacia quienes nos acompañan.

EL PERRO BERMEJO: LOS COLORES DE UNA ANTIGUA LEYENDA

Durante la conversación surgió una pregunta relacionada con los colores de los perros que aparecen en las tradiciones funerarias.

Gabriel Mestre hizo referencia a los relatos recogidos por Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino.

Explicó que el perro bermejo, de tonalidad rojiza o amarillenta, tenía una importancia particular.

Era el animal que, dentro de esas narraciones, podía reconocer al difunto y ayudarlo a cruzar el río.

El entrevistado lo describió mediante una comparación cercana a la vida cotidiana.

Era semejante a ese perro de color paja o caramelo que todavía encontramos en los barrios y mercados de México.

Según el relato, se le colocaba un hilo de algodón trenzado alrededor del cuello.

Los otros colores también tenían explicaciones simbólicas.

El perro blanco decía que ya se había lavado y no podía realizar nuevamente la travesía.

El negro había atravesado tantas veces el río que se encontraba manchado.

El bermejo, en cambio, era considerado especialmente apto para acompañar al difunto.

Más allá de las distintas versiones de estos relatos, su significado permite comprender la relación espiritual que los antiguos pueblos establecieron con los perros.

No eran únicamente animales presentes en las casas.

También, ocupaban un lugar dentro de las narraciones que explicaban la vida, la muerte y el destino humano.

XOLOTL, EL CREPÚSCULO Y LOS MISTERIOS DEL UNIVERSO MEXICA

La conversación con Gabriel Mestre permitió explorar otra dimensión del xoloitzcuintle.

Su relación con Xólotl, deidad mexica vinculada con la transformación, la oscuridad, el movimiento y determinados aspectos del tránsito hacia el inframundo.

Mestre explicó que Xólotl también se relaciona simbólicamente con Venus y con el lucero de la tarde.

“Xólotl tiene un dominio y es el crepuscular”, señaló.

El crepúsculo representa un momento de transición.

No es completamente de día.

Tampoco es todavía de noche.

Es el instante en que la luz comienza a retirarse y las sombras avanzan sobre la tierra.

Dentro de esa interpretación, Xólotl pertenece a un universo de transformaciones, semejante al tránsito entre la vida y la muerte.

El entrevistado también recordó la importancia de los ciclos agrícolas y las asociaciones rituales entre los perros, la fertilidad y el cultivo del maíz.

En el México prehispánico, explicó, existieron prácticas ceremoniales que vinculaban a estos animales con los procesos de siembra, gestación y renovación de la vida.

Algunas de aquellas ceremonias incluían sacrificios animales, prácticas que deben comprenderse dentro de su contexto histórico y que no corresponden a los principios actuales de bienestar animal.

La referencia permite entender que el xoloitzcuintle ocupó distintos espacios dentro de la cosmovisión mesoamericana.

No solamente estaba relacionado con la muerte.

También con la vida que germinaba en la milpa.

Con la mazorca que nacía de la tierra.

Con los ciclos naturales que marcaban la existencia de las antiguas comunidades.

DEL ANTIGUO MERCADO DE TLATELOLCO A LA CASA DE LAS FIERAS DE MOCTEZUMA

Uno de los momentos más significativos de la entrevista llegó cuando Gabriel Mestre habló directamente de Tlatelolco.

Recordó la importancia de la antigua ciudad y su relación con Tenochtitlan.

En particular, hizo referencia a los canales que comunicaban ambos asentamientos y a la circulación de personas, mercancías y animales.

También, explicó que las actividades del festival se desarrollarán en una zona del Centro Histórico vinculada con la antigua Casa de las Fieras de Moctezuma II.

Según su explicación, aquel espacio se encontraba en terrenos donde posteriormente se estableció el convento de San Francisco.

La Casa de las Fieras fue uno de los recintos más singulares de la antigua capital mexica.

De acuerdo con las crónicas históricas, allí se mantenían diferentes especies animales, en un espacio asociado con el poder, el conocimiento y las prácticas de la sociedad gobernante.

Mestre considera que existía una relación constante entre ese territorio y Tlatelolco.

“Tlatelolco se comunicaba por el mismo canal con ese islote de Tenochtitlan y estoy seguro de que había mucha comunicación”, expresó.

También, planteó la posibilidad de que los perros formaran parte de los intercambios realizados en el gran mercado tlatelolca.

No presentó esa posibilidad como un hecho documentalmente demostrado para cada caso, sino como una interpretación histórica.

“Habría seguramente quien sí llevara uno o dos para comerciarlos los días de mercado”,  comentó.

Su reflexión abre una ventana hacia la vida cotidiana del antiguo Tlatelolco.

Permite imaginar la presencia de los perros entre comerciantes, familias y espacios domésticos, sin olvidar que la reconstrucción precisa de aquellas prácticas requiere investigación arqueológica e histórica.

El xoloitzcuintle pertenece a una historia más amplia que la de los grandes templos y los gobernantes.

También, forma parte de la historia de los seres vivos que compartieron aquellos espacios.

Y esa memoria merece ser conocida por las nuevas generaciones de tlatelolcas.

“EN TLATELOLCO ES CASI UNA OBLIGACIÓN CUIDARLOS”

Cuando Con Tlatelolco TV preguntó qué invitación haría a los habitantes de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, Gabriel Mestre respondió con una reflexión directa.

“Es casi casi una obligación para los habitantes, en realidad, cuidarlos, quererlos, integrarlos y conocer todo sobre su historia y su actualidad”.

La frase adquiere especial significado en una comunidad construida sobre uno de los territorios más importantes de la historia prehispánica.

Porque preservar la memoria de Tlatelolco no significa únicamente proteger sus monumentos arqueológicos.

Además, implica reconocer sus tradiciones, sus símbolos y la relación que sus antiguos habitantes mantuvieron con la naturaleza.

El xoloitzcuintle puede convertirse en un puente entre ese pasado y las generaciones actuales.

Un motivo para que niñas, niños, jóvenes y adultos conozcan la historia de su territorio.

Pero también para comprender que el respeto a los animales no debe limitarse a una raza ni a su valor cultural.

Debe extenderse a todos.

Al perro que vive en una casa.

Al que acompaña a una persona mayor.

Al que espera en un refugio.

Y al que deambula por las calles porque alguien decidió abandonarlo.

UNA CIUDAD QUE CELEBRA A LOS XOLOS, PERO TODAVÍA DEBE APRENDER A RESPETARLOS

Durante la entrevista surgió una preocupación que trasciende las celebraciones del Día de Muertos.

El abandono y el maltrato animal.

Con Tlatelolco TV planteó la necesidad de que la figura del xoloitzcuintle también sirva para sensibilizar a la población sobre sus responsabilidades hacia todos los animales de compañía.

No solamente hacia aquellos que poseen un significado histórico o cultural.

También, hacia los perros y gatos que viven en condiciones de vulnerabilidad.

Gabriel Mestre coincidió en que el xoloitzcuintle puede convertirse en un ejemplo para promover una cultura de protección.

“Lo que proponemos es eso: que el xoloitzcuintle sea un ejemplo vivo. Un caso piloto, digamos. Que lo podamos enseñar a la ciudadanía a tratarlo, y que de ahí se vuelva expansivo a los otros tipos de perros y de animales”.

La propuesta busca que el reconocimiento cultural tenga consecuencias prácticas.

Que la admiración por el xolo no termine cuando concluya el festival.

Que se traduzca en educación, conocimiento de las disposiciones legales, respeto y responsabilidad.

Mestre explicó que los organizadores han respaldado una iniciativa para obtener una declaratoria de patrimonio cultural relacionada con el xoloitzcuintle, sus saberes, prácticas, expresiones y representaciones en la Ciudad de México.

La intención, señaló, es contar con una plataforma que permita ampliar la difusión de su importancia histórica y de los principios de bienestar animal.

El director también reconoció que persisten prejuicios contra estos perros.

Recordó que algunas personas han descalificado al xoloitzcuintle por su apariencia.

“Tu festival no va a pegar porque el perro es feo”, relató que le han dicho.

Esa percepción refleja una contradicción.

Mientras México reconoce al xoloitzcuintle como uno de sus grandes símbolos culturales, todavía existen quienes lo rechazan por sus características físicas.

Mestre destacó el respaldo que, según su experiencia, ha recibido el festival por parte de la administración capitalina encabezada por Clara Brugada.

Sin embargo, más allá de los apoyos institucionales, permanece un desafío colectivo.

Reconocer que el valor de un animal no depende de su apariencia, de su precio ni de su raza.

CAMPO DE XOLOS 2026: UN ENCUENTRO ENTRE LA MEMORIA Y LA VIDA

El Festival Entre Xolos y Catrinas 2026 abrirá un espacio para recuperar las tradiciones mexicanas relacionadas con estos animales.

El próximo martes 27 de octubre, a las 18:00 horas, se inaugurará Campo de Xolos, con actividades en El Rule y el Museo Soumaya Atrio de San Francisco.

La programación estará dedicada al xoloitzcuintle y su simbolismo dentro de las tradiciones mexicanas.

El sábado 31 de octubre se desarrollará el Tianguis Xolero, de 10:00 a 19:00 horas, en la Plazoleta Gabriel García Márquez.

En El Rule se realizarán conferencias de 11:00 a 14:00 horas y la actividad Xolo Mixtape, de 15:00 a 20:00 horas.

Se contempla la exposición El Xolo Sabe el Camino, a partir de las 10:00 horas, en Plaza Seminario.

La programación proporcionada incluye una Caminata al Mictlán a las 11:00 horas, con un recorrido por Plaza Seminario, el Museo Soumaya y El Rule.

El domingo 1 de noviembre será una de las jornadas centrales.

Continuará el Tianguis Xolero, acompañado de conferencias de 13:00 a 15:00 horas y la actividad Xolo Hertz, programada para las 16:00 horas en El Rule.

LA CAMINATA DE LOS XOLOS: UN RECORRIDO POR EL CORAZÓN DE LA CIUDAD

Una de las actividades más esperadas será la caminata de xoloitzcuintles por el Centro Histórico.

De acuerdo con lo señalado durante la entrevista, el domingo 1 de noviembre, a las 10:00 horas, se prevé una caminata desde Plaza Seminario, junto al Palacio Nacional, por la calle Francisco I. Madero, hasta llegar a El Rule, cerca de la Torre Latinoamericana.

La convocatoria está dirigida a personas que conviven con un xoloitzcuintle y desean participar acompañadas de sus animales.

También podrán acudir quienes simplemente quieran observar y conocer a estos perros.

Gabriel Mestre recordó que el año pasado participaron más de cien ejemplares.

“Espero que este año crezca más todavía”, expresó.

La caminata reunirá animales de distintas características y procedencias.

Algunos acompañados por criadores.

Otros por familias que los han integrado a su vida cotidiana.

Todos vinculados por una historia que se remonta a siglos anteriores a la llegada de los españoles.

La imagen promete ser singular.

Xoloitzcuintles caminando por una de las calles más emblemáticas de la Ciudad de México.

Entre edificios históricos, visitantes, familias y personas que quizá descubrirán por primera vez el significado cultural de estos animales.

Una caminata que también será una forma de recorrer la memoria.

Nota de servicio: La información recibida menciona una Caminata al Mictlán el 31 de octubre a las 11:00 horas y otra caminata de xoloitzcuintles el 1 de noviembre a las 10:00 horas. Antes de acudir, se recomienda confirmar con los organizadores si se trata de dos recorridos distintos y verificar sus horarios definitivos.

ENTRE XOLOS Y CATRINAS: UNA CELEBRACIÓN QUE RECUPERA SUS RAÍCES

Durante muchos años, la imagen de la Catrina ha ocupado un lugar destacado en las celebraciones contemporáneas del Día de Muertos.

Su presencia se ha extendido a desfiles, exposiciones, espectáculos y encuentros culturales.

Sin embargo, el xoloitzcuintle también reclama su espacio.

Durante la entrevista, Gabriel Mestre explicó que ambos símbolos forman parte de distintas expresiones de la memoria mexicana.

Desde su interpretación cultural, el Xolo, la Catrina, el difunto y la Llorona constituyen un conjunto de figuras que enriquecen las celebraciones.

Aunque sus orígenes históricos y sus épocas son diferentes, hoy conviven en las representaciones populares de la muerte.

La Catrina nos recuerda la igualdad de los seres humanos frente al destino final.

El xoloitzcuintle representa, dentro de la tradición mesoamericana, al compañero que ayuda a cruzar uno de los caminos del inframundo.

Y las ofrendas familiares mantienen viva la memoria de quienes ya no están.

En esa convivencia de símbolos, el Día de Muertos conserva su capacidad de reunir generaciones, relatos y creencias.

No se trata solamente de mirar hacia la muerte.

Se trata de celebrar los vínculos que permanecen después de la ausencia.

TLATELOLCO Y SUS MUERTOS: LA MEMORIA QUE NO DESAPARECE

Hablar del Día de Muertos en Tlatelolco tiene un significado particular.

Es un territorio donde distintas épocas de la historia mexicana se encuentran.

La ciudad prehispánica.

El conjunto colonial de Santiago.

La arquitectura moderna de la unidad habitacional.

Y la memoria de los acontecimientos que han marcado profundamente a sus habitantes.

En la Plaza de las Tres Culturas, el pasado no está encerrado en los libros.

Permanece entre las piedras, los edificios, los jardines y las historias familiares.

Cada generación ha construido sus propias formas de recordar.

Algunas personas conservan fotografías.

Otras preparan los alimentos que disfrutaban sus familiares.

Hay quienes colocan veladoras, flores, agua y objetos que pertenecieron a sus seres queridos.

Y también existen familias que reservan un espacio en sus ofrendas para recordar a los animales que las acompañaron durante años.

Porque el afecto hacia un perro también deja recuerdos.

Su presencia junto a la puerta.

Sus pasos por los pasillos.

La costumbre de esperar a una persona a determinada hora.

La alegría con la que recibía a quienes regresaban a casa.

Pequeños momentos que terminan formando parte de la memoria familiar.

En una comunidad como Tlatelolco, donde miles de historias conviven diariamente, el significado del xoloitzcuintle puede acercar la tradición ancestral a esas experiencias íntimas.

El perro que, según el relato antiguo, esperaba a su compañero humano para ayudarlo a cruzar el río también nos invita a recordar a los animales que alguna vez compartieron nuestro hogar.

NO BASTA CON ADMIRAR AL XOLO: HAY QUE APRENDER A CUIDAR A TODOS LOS ANIMALES

El Festival Entre Xolos y Catrinas 2026 representa una oportunidad para recuperar una parte importante de la historia cultural de México.

Pero también plantea una pregunta que merece atención.

¿De qué sirve celebrar al perro que acompaña a los muertos si no somos capaces de proteger a los animales que todavía están vivos?

La contradicción resulta evidente.

Admiramos al xoloitzcuintle cuando aparece en una exposición.

Lo fotografiamos durante un desfile.

Reconocemos su importancia dentro de las tradiciones prehispánicas.

Pero en nuestras calles todavía encontramos perros abandonados, animales maltratados y personas que desconocen las responsabilidades que implica incorporar un ser vivo a su familia.

La protección animal no puede quedarse en una celebración anual.

Tampoco debe convertirse en una moda.

Necesita educación, políticas públicas, participación ciudadana y conocimiento de las obligaciones legales.

Y Tlatelolco puede contribuir a ese cambio.

En una comunidad donde los espacios públicos son compartidos por miles de personas, la convivencia responsable con los animales requiere respeto hacia los vecinos, limpieza de las áreas comunes, atención veterinaria y medidas que garanticen tanto el bienestar animal como la seguridad de quienes transitan por sus andadores.

Asimismo, requiere sensibilidad hacia los animales que han sido abandonados.

La historia del xoloitzcuintle nos ofrece una enseñanza que merece recuperarse.

En los relatos del Mictlán, el perro ayudaba a cruzar el río a quien había sabido tratarlo con respeto.

Hoy deberíamos preguntarnos si estamos correspondiendo a esa lealtad.

Porque ningún animal necesita pertenecer a una raza ancestral para merecer protección.

Ninguno necesita aparecer en una leyenda para tener derecho a recibir un trato digno.

Y ninguno debería ser considerado desechable cuando envejece, enferma o deja de resultar conveniente para quien decidió llevarlo a casa.

El verdadero homenaje al xoloitzcuintle comienza cuando comprendemos que todos los animales son seres capaces de sentir.

La grandeza de una sociedad también se refleja en la manera en que protege a los seres más vulnerables.

EL ÚLTIMO CAMINO: UNA HISTORIA QUE REGRESA A TLATELOLCO

La tarde comienza a caer sobre Tlatelolco.

Entre los edificios, las sombras se alargan sobre los jardines y los andadores.

Las familias regresan a sus hogares.

Algunas personas pasean a sus perros.

Otras caminan rumbo al mercado, al Metro o a la Plaza de las Tres Culturas.

Es una escena cotidiana.

Pero basta recordar las palabras de Gabriel Mestre para imaginar que, hace muchos siglos, otros perros caminaron por este mismo territorio, cuando todavía existían canales y el gran mercado era uno de los centros comerciales más importantes del mundo mesoamericano.

Aquellos animales desaparecieron.

También desaparecieron muchas de las construcciones de la antigua ciudad.

Pero sobrevivieron los relatos.

Y con ellos, la imagen de un perro que espera al otro lado del tiempo.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas del Día de Muertos.

Comprender que la memoria no solamente conserva los nombres de las personas.

Guarda los afectos, las compañías y las pequeñas historias que hicieron significativa nuestra existencia.

El xoloitzcuintle, ese antiguo compañero de los pueblos mesoamericanos, vuelve ahora a ocupar su lugar entre las flores, las ofrendas y las celebraciones.

Y desde Tlatelolco, donde su presencia forma parte de una historia que merece seguir investigándose y difundiendo, surge una invitación que trasciende cualquier festival:

Conocerlo.

Respetarlo.

Cuidarlo.

Y extender esa misma responsabilidad a todos los animales.

Porque en la antigua leyenda, cuando llega el momento de cruzar el río, no importa cuánto poder acumuló una persona ni cuántas riquezas poseyó.

Lo que importa es si fue capaz de tratar con bondad a quien caminó a su lado.

Quizá por eso el xoloitzcuintle sigue siendo uno de los símbolos más conmovedores de nuestra memoria: porque nos recuerda que la lealtad, el respeto y el amor por la vida también pueden trascender la muerte.

Y que, en algún lugar de las historias que nuestros antepasados nos dejaron, todavía existe un perro esperando para acompañarnos en el último camino.