La Ciudad de México convierte la memoria en fiesta 

La Ciudad de México convierte la memoria en fiesta 

1 noviembre, 2026 0 Por Staff Redaccion

Un millón 600 mil personas celebran el décimo Gran Desfile

Entre flores de cempasúchil, música, comparsas, carros alegóricos y personajes de la tradición mexicana, las calles de la capital se transformaron en un escenario de identidad y memoria. 

Desde la Diana Cazadora hasta el Zócalo, miles de familias acompañaron una celebración que une generaciones y mantiene vivo el recuerdo de quienes ya no están.

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 1 de noviembre de 2026.- Hay días en que la Ciudad de México parece caminar al ritmo de sus recuerdos.

Días en que las calles se llenan de flores, los rostros se transforman en calaveras sonrientes y la música consigue reunir a quienes comparten una misma historia: la de un pueblo que aprendió a mirar a la muerte sin renunciar a la alegría de celebrar la vida.

Este sábado 31 de octubre, la capital volvió a vestirse de tradición con la décima edición del Gran Desfile de Día de Muertos. 

Desde la Fuente de la Diana Cazadora, sobre Paseo de la Reforma y rumbo al corazón del Centro Histórico, miles de personas se congregaron para presenciar una de las celebraciones culturales más representativas de la ciudad.

La jornada reunió a más de cuatro mil participantes y, de acuerdo con cifras de las secretarías de Gobierno y de Seguridad Ciudadana, difundidas por las autoridades capitalinas, congregó a un millón 600 mil personas a lo largo de la avenida Paseo de la Reforma.

Diez ediciones después de su nacimiento, este desfile ha dejado de ser solamente un recorrido de comparsas y figuras monumentales. Es también una expresión colectiva de identidad, una fiesta en la que conviven las raíces ancestrales, las tradiciones populares y las nuevas maneras de recordar a nuestros muertos.

De la Diana Cazadora al Zócalo: un río de colores y memoria

Poco después de las 14:00 horas comenzó el recorrido desde la Fuente de la Diana Cazadora, con una ruta que, en esta edición, tuvo un cambio importante: por primera vez en esta celebración, el punto de partida fue distinto al de años anteriores, al dejar atrás la Puerta de los Leones de Chapultepec.

El desfile avanzó por Paseo de la Reforma, pasó por el Ángel de la Independencia, continuó por avenida Juárez, Eje Central y 5 de Mayo, hasta llegar a la Plaza de la Constitución.

Doce carros alegóricos, dos globos monumentales, 14 comparsas ciudadanas, 11 organismos nacionales e internacionales y más de cuatro mil participantes dieron forma a una celebración que convocó a artistas, artesanos, colectivos, músicos, bailarines y familias.

En las banquetas, niñas y niños buscaban el mejor lugar para mirar; los adultos levantaban sus teléfonos para conservar una imagen; los visitantes se detenían ante cada figura monumental.

Había rostros pintados, vestidos tradicionales, flores, música y esa alegría compartida que convierte una celebración pública en un recuerdo familiar.

México recuerda a sus artistas y a sus voces inolvidables

Esta décima edición rindió homenaje a figuras fundamentales de la cultura mexicana, entre ellas Nellie Campobello, Juan Rulfo, Juan Gabriel y Emilio, “El Indio”, Fernández.

La presencia de Juan Gabriel tuvo un significado especial para quienes han hecho de sus canciones parte de la memoria familiar y colectiva.

Su música pertenece a esas historias que atraviesan generaciones: canciones que se escuchan en casa, en las reuniones, en las fiestas y en los momentos en que el recuerdo adquiere una voz.

También, hubo espacio para las leyendas populares, como la de La Muerte Cantadora, vinculada con Juventino Rosas, Guanajuato.

El desfile hizo un recorrido por las expresiones que forman parte de la vida cotidiana de México: la lucha libre, el pan dulce, los mercados, los dulces tradicionales, la música sonidera y aquellos juegos infantiles que permanecen en la memoria, como el columpio, el caballito de madera y el sube y baja.

Porque la cultura también está en las cosas sencillas: en los sabores de la infancia, en las canciones que aprendimos de nuestros padres y en las costumbres que pasan de una generación a otra.

Las raíces ancestrales: el regreso a nuestros orígenes

Entre los momentos de mayor contenido simbólico estuvieron las representaciones dedicadas a las raíces prehispánicas y a las antiguas concepciones sobre la muerte.

Carros alegóricos como Mayahuel, con el concepto “De la muerte nace el elixir”; Pomuch-Memoria Viva, dedicado a la tradición del Janal Pixán; la Ofrenda Monumental Nelhuayotl Yaotecatl, conocida como La Raíz del Guerrero, elaborada al interior de centros penitenciarios, y Retorno Ancestral, inspirado en el Mictlán, evocaron la relación histórica de los pueblos originarios con la memoria y el tránsito de la vida a la muerte.

El ajolote y las flores de cempasúchil, símbolos de la riqueza natural y cultural del país, también tuvieron un lugar en esta celebración, que recordó la importancia del suelo de conservación y de quienes mantienen viva la producción de flores tradicionales.

Batucadas, bandas y comparsas de UTOPÍAS y PILARES, Orgullo de México Catrinas Regionales, Linaje Azteca y Ollin Marching Band, entre otras agrupaciones, aportaron ritmo y movimiento al recorrido.

Como invitado especial participó el Instituto Mexicano del Sonido.

Tlatelolco también celebra la memoria

Mientras la ciudad caminaba por Reforma, en Tlatelolco el Día de Muertos adquiría su propia dimensión comunitaria.

En la Plaza de las Tres Culturas, vecinos y participantes dieron forma a la Mega Ofrenda Náhuatl, un proyecto que reunió a más de cien personas y que buscó recuperar el significado de las antiguas raíces culturales de México.

Bajo la dirección del artista Cristóbal Ochoa, la instalación incorporó referencias a Tezcatlipocas y cihuateteos, figuras vinculadas con la cosmovisión mexica.

La ofrenda representa mucho más que una instalación temporal. Es el resultado de la participación vecinal, del trabajo colectivo y de la voluntad de mantener presente una memoria que forma parte de la historia de Tlatelolco.

En esta plaza, donde distintas épocas de México conviven en un mismo espacio, recordar a nuestros muertos adquiere un significado particular. Las piedras, los vestigios y la memoria de quienes habitaron estas tierras dialogan con las familias que hoy hacen de la tradición una celebración viva.

Continúa la sexta temporada de Terror en Tlatelolco, con funciones especiales durante este 31 de octubre, una propuesta que incorpora el relato y la imaginación a las actividades culturales de la comunidad.

Una ciudad que se encuentra en sus tradiciones

El Día de Muertos se extendió por distintos espacios de la capital con una programación cultural que incluyó la Ofrenda Monumental del Zócalo, presidida por una monumental figura de la Catrina, de 32 metros.

El Festival La Puerta entre Dos Mundos, en Chapultepec, con su sendero de cempasúchil y espectáculos de drones; y la exhibición de 208 alebrijes monumentales entre la Diana Cazadora y el Auditorio Nacional.

A estas actividades se sumaron la Megaofrenda, de la UNAM, en Universum, y el Festival Ruido Joven, en PARCUR Chapultepec.

La celebración también estuvo acompañada de un amplio dispositivo de seguridad y movilidad.

Las autoridades anunciaron cierres viales en Paseo de la Reforma y el Centro Histórico, así como modificaciones al servicio de algunas estaciones del Metrobús.

Por la noche, el operativo de la Secretaría de Seguridad Ciudadana contempló 400 policías, 80 vehículos, 240 motopatrullas y cuatro grúas para atender la Rodada del Terror, en las 16 alcaldías.

La tradición también mueve la economía

Más allá de su dimensión cultural, el Día de Muertos representa una importante actividad económica para la capital.

Las estimaciones difundidas para esta temporada apuntaron a una derrama de hasta 12 mil millones de pesos y alrededor de cinco mil actividades relacionadas con las celebraciones.

A este movimiento se sumó el fin de semana del Gran Premio de Fórmula 1, que también representa una importante actividad turística y comercial para la Ciudad de México.

La cultura, las tradiciones y el turismo se encuentran así en una misma celebración que atrae a visitantes, fortalece el trabajo de artesanos y comerciantes y abre espacios para la participación de colectivos y comunidades.

Cuando la memoria se convierte en alegría

Al caer la tarde, el desfile fue acercándose al Zócalo. Detrás de cada carro alegórico quedaban miles de fotografías, encuentros, aplausos y momentos compartidos.

Pero quizá lo más importante no estaba únicamente en las figuras monumentales, en los vestuarios o en la música.

Estaba en las familias que salieron juntas, en los abuelos que explicaban a sus nietos el significado de una ofrenda, en los niños que descubrían por primera vez el rostro colorido de una Catrina y en quienes encontraron en una canción o en una imagen el recuerdo de alguien querido.

Porque el Día de Muertos no es solamente una fecha en el calendario. Es una manera de entender nuestra historia, de reconocer nuestras raíces y de mantener presentes los afectos que forman parte de nuestra vida.

En México, la muerte tiene flores, música, colores y memoria. Se le recibe con respeto, pero también con alegría, porque recordar es una forma de mantener vivo aquello que el tiempo no consigue borrar.

Diez ediciones del Gran Desfile después, la Ciudad de México volvió a demostrar que sus tradiciones siguen caminando por las calles, de generación en generación.

Y en Tlatelolco, entre las antiguas piedras de la Plaza de las Tres Culturas y las ofrendas levantadas por sus vecinos, esa misma memoria continúa encontrando un lugar para florecer.