Mictlán: nueve pruebas, un destino

Mictlán: nueve pruebas, un destino

2 noviembre, 2026 0 Por Staff Redaccion

Tlatelolco: un viaje por la cosmovisión mexica donde los perros acompañan a las almas, las montañas se convierten en obstáculos, el agua marca las fronteras y el ajolote nos devuelve la memoria de un mundo ancestral.

Una megaofrenda en la Plaza de las Tres Culturas transforma el Día de Muertos en una experiencia de historia, arte y tradición. 

Por segundo año consecutivo, Tlatelolco abre sus puertas al encuentro con nuestras raíces y a una de las narraciones más fascinantes de los pueblos originarios: el viaje de los difuntos hacia el Mictlán.

Ignacio Arellano / Con Tlatelolco TV 

Gráficas: Alejandro Conejo / Miguel Mares

Ciudad de México, martes 3 de noviembre de 2026.- Hay caminos que no se recorren con los pies, sino con la memoria. Caminos que atraviesan el tiempo, que nos llevan hasta las antiguas creencias de nuestros antepasados y que nos recuerdan que, para los pueblos originarios de México, la muerte nunca fue solamente el final de la vida.

En Tlatelolco, ese camino vuelve a abrirse.

Por segundo año consecutivo, la Plaza de las Tres Culturas se convierte en escenario de una megaofrenda con motivo del Día de Todos los Santos y el Día de Muertos. En el marco del Huey Miccailhuitl Tlatelolco, la instalación El camino al Mictlán propone una travesía por la cosmovisión mexica y por el universo simbólico que rodeaba el tránsito de las almas hacia el lugar del descanso eterno.

La obra fue creada por el Taller 8A, bajo la dirección de Cristóbal Ochoa Saavedra, con la curaduría del doctor Miguel Ángel Marez Tapia.

No se trata solamente de contemplar figuras, escenarios y elementos de una antigua mitología. La propuesta invita a caminar, detenerse, observar y descubrir el significado de cada espacio.

Aquí, los perros no son simples animales: son compañeros de viaje. Las montañas se convierten en enormes obstáculos; los vientos y las piedras ponen a prueba la resistencia; el agua representa fronteras y transiciones. 

Y, entre todos esos símbolos, aparece el ajolote, una criatura extraordinaria que nos devuelve a la memoria de los antiguos paisajes lacustres del Valle de México.

Es un recorrido artístico, pero también una oportunidad para preguntarnos cuánto de aquella visión del mundo permanece todavía entre nosotros.

 Nueve regiones, nueve pruebas: el viaje hacia la eternidad

En la tradición mexica, el Mictlán era el destino de quienes morían de muerte natural. Para llegar a él, las almas debían atravesar nueve regiones, enfrentar dificultades y recorrer un camino que, de acuerdo con las fuentes históricas, podía prolongarse durante cuatro años.

Cada región tenía características propias y representaba una prueba dentro de esta geografía sagrada.

La instalación recupera esos pasajes y los transforma en espacios que permiten acercarse a una concepción de la muerte profundamente vinculada con la naturaleza, los animales y las fuerzas del universo.

 I. Itzcuintlan: el lugar donde habita el perro

EL COMPAÑERO DEL VIAJE

El recorrido comienza con una figura entrañable de nuestra tradición: el perro.

El xoloitzcuintle, compañero ancestral de los pueblos mesoamericanos, ocupa un lugar especial en esta travesía. Su presencia está relacionada con la creencia de que los perros ayudaban a las almas a cruzar las aguas del río Apanohuayan.

No es una imagen casual. Representa la compañía, la fidelidad y ese vínculo entre los seres humanos y los animales que ha acompañado nuestra historia desde tiempos remotos.

En esta primera región, el visitante encuentra uno de los símbolos más reconocibles del imaginario mexica: el perro como guía hacia el otro mundo.

 II. Tepeme Monamictlan: el lugar donde las montañas chocan

LA FUERZA DE LA NATURALEZA

Dos enormes montañas se aproximan y se separan, como si el propio paisaje tuviera voluntad.

El viajero debe encontrar el momento preciso para atravesarlas sin quedar atrapado entre sus enormes cuerpos de piedra.

La naturaleza deja de ser solamente el escenario del viaje y se convierte en una fuerza que determina quién puede continuar.

La representación nos recuerda que, en la cosmovisión de los antiguos mexicanos, el mundo estaba habitado por fuerzas vivas, capaces de proteger, transformar y poner a prueba a quienes transitaban por él.

 III. Itztepetl: la montaña de obsidiana

EL CAMINO DE PIEDRA

La siguiente región conduce a una montaña cubierta de filos y fragmentos de obsidiana.

Esta piedra volcánica, fundamental en la vida material y simbólica de los pueblos mesoamericanos, aparece ahora como un territorio difícil de atravesar.

Cada paso representa una dificultad. El camino exige resistencia y paciencia.

La obsidiana, que en otros tiempos sirvió para elaborar herramientas, instrumentos ceremoniales y objetos de gran valor, se convierte aquí en parte de una geografía que separa al viajero de su destino.

 IV. Cehueloyan: el lugar donde hay mucha nieve

EL REINO DEL FRÍO

El paisaje cambia. El frío, la nieve y el viento dominan esta región.

El difunto debe atravesar un territorio donde las condiciones naturales representan otra prueba de resistencia.

La imagen nos acerca a una de las dimensiones más interesantes de esta antigua narración: el viaje hacia el Mictlán no era una transición inmediata, sino un proceso lleno de obstáculos.

V. Pancuetlacaloyan: el lugar donde la gente vuela como banderas

EL VIENTO QUE DESORIENTA

El viento se convierte en protagonista.

En esta región, las corrientes son tan intensas que levantan y arrastran a quienes intentan avanzar.

La representación evoca la fragilidad del viajero frente a las fuerzas de la naturaleza. No basta con caminar: también hay que encontrar la manera de resistir aquello que no se puede controlar.

VI. Temiminaloyan: el lugar donde la gente es flechada

UN TERRITORIO DE FLECHAS

El peligro llega desde distintas direcciones.

Las flechas atraviesan el espacio y amenazan a quienes intentan continuar. El viajero debe superar un territorio donde cada movimiento representa un nuevo desafío.

La región introduce otra forma de adversidad: las fuerzas que acechan el camino y ponen a prueba la voluntad de quien busca alcanzar el descanso definitivo.

VII. Teyollocualoyan: el lugar donde se comen el corazón

EL MISTERIO DEL JAGUAR

La figura del jaguar aparece como una de las presencias más poderosas de esta travesía.

Asociado con Tepeyóllotl, el corazón de la montaña, este animal representa las fuerzas misteriosas que habitan en las profundidades y en el interior del mundo natural.

El corazón, símbolo de la existencia y centro de la vida, ocupa un lugar fundamental en la representación.

En esta región, el visitante se aproxima a una dimensión más profunda del pensamiento mexica, donde los animales, las montañas y las divinidades forman parte de un mismo universo.

VIII. Apanohuayan: el lugar donde se cruza el agua

EL AGUA COMO FRONTERA

Después de atravesar montañas, frío, vientos y peligros, aparece nuevamente el agua.

El río representa una frontera entre territorios. Cruzarlo significa avanzar hacia la última parte del recorrido.

Aquí cobra especial importancia la presencia del perro, particularmente el xoloitzcuintle, cuya figura está ligada a la tradición de acompañar a las almas en el cruce de las aguas.

El agua vuelve a recordarnos la profunda relación que existía entre los pueblos originarios y los paisajes lacustres de la antigua cuenca de México.

 IX. Chiconahualoyan: el lugar donde hay nueve aguas

EL DESCANSO FINAL

La última región representa el término de la travesía.

Después de superar las pruebas, el difunto alcanza finalmente el Mictlán, donde encuentra el descanso definitivo.

Nueve regiones, nueve experiencias y un largo recorrido que, en la antigua tradición, conducía al encuentro con Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señores del inframundo.

La muerte, desde esta perspectiva, no era únicamente una despedida: también era un tránsito dentro del orden del universo.

Y es precisamente esa visión la que vuelve tan significativo este recorrido en la Plaza de las Tres Culturas.

 Xólotl: el dios que no quería morir

EL AJOLOTE Y LA MEMORIA DEL AGUA

Hay una figura que merece detener nuestra mirada: el ajolote.

Su presencia nos conduce hacia Xólotl, una de las divinidades más singulares de la mitología mexica.

De acuerdo con el relato recogido en las tradiciones sobre el nacimiento del Quinto Sol, Xólotl se resistió a ser sacrificado y adoptó distintas formas para escapar de su destino. Entre sus transformaciones se encuentra la del axólotl, nombre náhuatl relacionado con el ajolote.

La historia vincula a esta criatura con el misterio de la transformación, la resistencia y la vida que se niega a desaparecer.

Pero el ajolote también tiene una historia que pertenece a nuestro territorio.

Antes de que la expansión urbana modificara profundamente el paisaje de la cuenca de México, los lagos, canales y humedales formaban parte de un vasto sistema natural que alimentaba, comunicaba y daba identidad a las comunidades.

En aquellas aguas habitaba una extraordinaria diversidad de especies. El ajolote era parte de ese mundo acuático que hoy sobrevive en condiciones difíciles, particularmente en los canales de Xochimilco.

Su capacidad biológica de regeneración y sus características particulares lo han convertido también en objeto de interés científico.

Sin embargo, más allá de su singularidad natural, representa un patrimonio que debemos proteger.

Su conservación es una responsabilidad ambiental, pero también cultural. Perderlo significaría alejarnos un poco más de la memoria de los antiguos paisajes que dieron vida a nuestra ciudad.

En su figura se encuentran la ciencia, la historia, la mitología y la memoria.

Tlatelolco: un territorio donde el pasado sigue hablando

La elección de la Plaza de las Tres Culturas para presentar esta experiencia tiene un significado especial.

Tlatelolco es uno de esos lugares donde la historia de México no necesita explicarse únicamente a través de los libros. Está presente en sus piedras, en sus vestigios arqueológicos, en la arquitectura y en la memoria de quienes habitan y transitan diariamente por este espacio.

Aquí conviven distintas épocas: el pasado prehispánico, la memoria del periodo colonial y la ciudad moderna.

Por eso, una instalación como El camino al Mictlán encuentra en este escenario un lugar particularmente significativo.

No es lo mismo hablar de la cosmovisión mexica en cualquier espacio que hacerlo en un territorio donde permanecen las huellas de aquella civilización.

La Plaza de las Tres Culturas vuelve a convertirse en un punto de encuentro entre generaciones. Niñas, niños, jóvenes y adultos pueden acercarse a una historia que forma parte de nuestras raíces, descubrir sus símbolos y reconocer que las tradiciones no son piezas inmóviles del pasado.

Son expresiones vivas que necesitan ser contadas, compartidas y comprendidas.

El trabajo del Taller 8A, la creación de Cristóbal Ochoa Saavedra y la curaduría del doctor Miguel Ángel Marez Tapia contribuyen a transformar ese conocimiento en una experiencia visual y cultural que permite acercar la historia a la comunidad.

Recordar también es una forma de permanecer

El Día de Muertos nos ofrece una oportunidad para mirar hacia atrás, pero también para reflexionar sobre el presente y el futuro.

Recordamos a quienes ya no están, colocamos flores, encendemos veladoras, compartimos alimentos y contamos historias familiares. En cada ofrenda hay una fotografía, un nombre, una anécdota y una ausencia que se transforma en presencia.

Pero recordar también implica cuidar aquello que recibimos de nuestros antepasados.

Significa preservar nuestras zonas arqueológicas, defender nuestro patrimonio cultural, transmitir las lenguas originarias, proteger las especies que forman parte de nuestra historia natural y enseñar a las nuevas generaciones que la identidad no se construye olvidando nuestras raíces.

El ajolote, en ese sentido, representa mucho más que una figura mitológica o una especie extraordinaria. Nos recuerda que los antiguos paisajes de agua siguen formando parte de nuestra historia y que todavía tenemos responsabilidades con ellos.

En Tlatelolco, cada piedra tiene una historia. Cada vestigio guarda una voz. Cada tradición abre una puerta hacia un pasado que todavía tiene mucho que decirnos.

Y mientras existan personas dispuestas a contar esas historias, mientras las nuevas generaciones sigan descubriendo el significado de nuestras raíces y mientras podamos proteger la riqueza natural y cultural de México, la memoria seguirá encontrando caminos para regresar.

Quizá por eso resulta tan conmovedor recorrer El camino al Mictlán: porque, al final, no solamente estamos contemplando una antigua concepción de la muerte. Estamos reconociendo una manera de entender la vida, la naturaleza y nuestra pertenencia a un pueblo con una historia milenaria.

Los pueblos no desaparecen cuando conservan la capacidad de recordar.

Y Tlatelolco, una vez más, nos demuestra que la historia también sabe renacer.