Meraki, toca con el alma
27 septiembre, 2026Música, inclusión y amor que se vuelve melodía en Tlatelolco
Una tarde de música mexicana, sensibilidad y encuentro comunitario. “Meraki, Ensamble y Coro”, integrado por personas con distintas discapacidades y sus madres, conmovió al público del “Ágora de Tlatelolco” con un repertorio que convirtió cada instrumento, cada voz y cada mirada en una expresión de creatividad, esfuerzo y amor por la música.

Sección: Cultura y Artes Escénicas de Tlatelolco
Cobertura: Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 27 de septiembre de 2026.- Una tarde en la que la música se sintió diferente
Hay conciertos que se escuchan.
Y hay otros que se quedan en la memoria.
El viernes 25 de septiembre, a las 18:00 horas, el Centro Cultural y Artístico “Ágora de Tlatelolco”, en la Segunda Sección, abrió sus puertas a una experiencia musical profundamente humana: la presentación de “Meraki, Ensamble y Coro”.
El encuentro fue realizado por el Área de Cultura de la Alcaldía Cuauhtémoc y reunió a jóvenes y adultos con distintas discapacidades, madres de familia, maestros y público.
Sobre el escenario no solamente hubo instrumentos y voces.
Hubo historias.
Hubo esfuerzo.
Hubo familias.
Y, sobre todo, hubo música.
“Tocar con el alma, creatividad y amor”
“Tocar con el alma, creatividad y amor. Dejando una parte de ti en la melodía”, es el lema que identifica a Meraki.
Y esa frase pareció cobrar vida durante la presentación.
Las manos sobre los instrumentos, las voces del coro, las miradas concentradas y el movimiento de cada integrante construyeron una interpretación que fue mucho más allá de ejecutar una pieza musical.
El repertorio tuvo un profundo sentido mexicano.
Sonaron “Huapango”, de José Pablo Moncayo; “La Marcha de Zacatecas” y “Cielito Lindo”, dentro de un proyecto que, de acuerdo con sus maestras, trabaja repertorios relacionados con diferentes celebraciones y fechas especiales.
Una orquesta donde cada integrante encuentra su lugar
La agrupación está integrada por aproximadamente 15 a 20 alumnos, además de alrededor de 15 madres que participan en el coro, de acuerdo con la información proporcionada durante la entrevista.
Sus edades también muestran la diversidad del proyecto: desde jóvenes de 18 años hasta integrantes de 43.
Pero quizá lo más importante no son los números.
Es la manera en que cada integrante encuentra su espacio dentro de la música.
Metalófonos, xilófonos, campanas y otros instrumentos de percusión forman parte de un proceso en el que los alumnos también proponen.
La maestra explicó que muchas veces son ellos mismos quienes expresan qué instrumento desean tocar o intentan una nueva posibilidad.
La filosofía parece sencilla:
si algo no sale a la primera, se intenta nuevamente.
Y cuando finalmente aparece el sonido esperado, la conquista es de todos.
Las madres dejaron de esperar y comenzaron a cantar
Una de las historias más emotivas de Meraki nació de algo aparentemente cotidiano.
Mientras sus hijos tomaban sus clases, las madres permanecían cerca.
Ellas ayudaban.
Escuchaban.
Acompañaban.
Aprendían.
Y poco a poco surgió la posibilidad de que también fueran parte del proyecto musical.
Carlos Jacinto, responsable del trabajo con el coro de madres, explicó que el proyecto originalmente estaba dirigido a los jóvenes con discapacidad.
Sin embargo, las madres comenzaron a involucrarse cada vez más en el proceso.
Ellas también aprendieron solfeo, ritmo y técnica vocal.
Así nació el coro.
Ahora, jóvenes y madres ensayan por separado y posteriormente unen sus trabajos para las presentaciones.
Dos caminos musicales que terminan encontrándose en el escenario.
“Todo sale entre todos”

Durante la conversación surgió una expresión que resume buena parte del espíritu del proyecto:
“Todo sale entre todos”.
No hay una única manera de hacer música.
Cada integrante participa desde sus posibilidades.
Cada instrumento puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje.
Cada pieza puede ser adaptada.
Y cada persona puede encontrar una forma propia de expresarse.
La maestra Lucero, directora de la agrupación, habló con evidente orgullo de sus alumnos.
Su trabajo no consiste solamente en enseñar música.
También implica escuchar.
Observar.
Probar.
Acompañar.
Y descubrir junto con ellos nuevas formas de hacer sonar una canción.
La emoción de Gricelda: “Fue una delicia a mis oídos y a mis ojos”
Para Gricelda Domínguez, reportera de Con Tlatelolco TV, la presentación tuvo una carga emocional que trascendió la cobertura periodística.
Después de escuchar y observar a los integrantes de Meraki, expresó espontáneamente su admiración por la manera en que manejaban los instrumentos y por la energía que transmitían desde el escenario.
“Fue una delicia a mis oídos y a mis ojos”, expresó la reportera.
Y añadió una reflexión nacida de la propia experiencia frente al concierto:
“La capacidad que tienen y la vibra que nos transmiten a la audiencia sí nos llega; nos llega al alma, al corazón”.
Para Gricelda, la música no fue solamente algo que se escuchó aquella tarde.
También, fue algo que pudo observarse en los gestos, en las manos, en las miradas y en la concentración de quienes estaban sobre el escenario.
La reportera resumió aquella emoción en una frase sencilla:
“La música es vida, se disfruta”.
Una experiencia para todos los sentidos
Hay una particularidad en observar a un músico mientras interpreta.
No solamente se escucha el resultado.
También, se observa el proceso.
El movimiento de las manos.
La respiración.
La mirada.
El ritmo corporal.
La concentración antes de cada nota.
En Meraki, esa dimensión visual adquirió una fuerza especial.
El escenario se convirtió en un espacio donde el sonido y el movimiento caminaron juntos.
Para Gricelda, esa experiencia permitió descubrir que una interpretación musical puede involucrar distintos sentidos y despertar recuerdos asociados con momentos, lugares, aromas y sabores.
Porque una canción puede ser también memoria.
Puede recordar una fiesta familiar.
Una celebración.
Una persona.
Una época.
Un instante de la vida.
Música mexicana que también cuenta historias
La elección del repertorio tampoco fue casual.
Meraki trabaja principalmente con música mexicana y adapta sus presentaciones a distintas festividades.
El proyecto comenzó, de acuerdo con sus integrantes, alrededor de la celebración del 10 de Mayo, más adelante, incorporó repertorios para el Día del Padre, Día del Niño, Día de los Abuelos y otras ocasiones.
En el Ágora de Tlatelolco, esa vocación por la música mexicana encontró un escenario comunitario.
“Huapango”, “La Marcha de Zacatecas” y “Cielito Lindo” no fueron únicamente canciones dentro de un programa.
Fueron parte de una memoria cultural compartida.
Un espacio para aprender música
Meraki desarrolla sus actividades en Campestre Churubusco, Alcaldía Coyoacán, donde sus integrantes se reúnen los jueves de 17:00 a 19:00 horas.
Durante la entrevista, sus representantes señalaron que las clases están abiertas a personas con discapacidad interesadas en incorporarse.
También, explicaron que no existe una cuota obligatoria: manejan una cooperación voluntaria y señalaron que quienes no puedan aportar pueden participar igualmente.
La agrupación informó que puede encontrarse en Facebook e Instagram como “Meraki Ensamble y Coro”.
Cuando una madre canta junto a su hijo
Quizá uno de los momentos más significativos de este proyecto está precisamente fuera de las partituras.
Está en la relación entre madres e hijos.
En el tiempo compartido.
En las horas de ensayo.
En la paciencia.
En el acompañamiento.
En ese momento en que una madre que alguna vez dijo “yo nunca he cantado”, descubre que también tiene una voz que puede formar parte de un coro.
Y entonces sucede algo hermoso:
la familia deja de ser solamente espectadora y se convierte también en protagonista de la experiencia artística.
Tlatelolco, escenario de encuentro
El concierto de Meraki dejó una estampa especial en el Ágora.
Tlatelolco fue, una vez más, escenario de una expresión cultural comunitaria.
Pero esta vez las protagonistas fueron las voces, los instrumentos, las madres, los maestros y los jóvenes que encontraron en la música una manera de compartir con los demás.
La cultura también se construye así:
desde los pequeños escenarios;
desde las familias;
desde quienes ensayan una y otra vez;
desde quienes vencen el miedo de subir a escena;
desde quienes descubren que también pueden cantar.
Una melodía que permanece
Cuando las últimas notas terminaron, quedó algo más que el recuerdo de un concierto.
Quedó la emoción.
Quedó la imagen de las madres cantando.
Quedó el sonido de los instrumentos.
Quedó la concentración de los jóvenes.
Quedó la alegría de los maestros.
Y quedó también la mirada de una reportera que, por un momento, dejó de observar solamente como periodista para permitirse sentir como espectadora.
Porque algunas historias no solamente se escriben.
También se escuchan.
También se miran.
También se sienten.
Y la tarde del viernes 25 de septiembre, en el Ágora de Tlatelolco, Meraki dejó una parte de sí en cada melodía.
Como dice su propio lema:
tocar con el alma, creatividad y amor.
Y quizá eso sea precisamente lo que ocurrió en Tlatelolco:
la música encontró una manera de llegar al corazón.


