Tlatelolco: una ofrenda monumental a nuestras raíces ancestrales
5 noviembre, 2026La Mega Ofrenda Huey Miccaihuitl transforma por segundo año consecutivo la Plaza de las Tres Culturas en un escenario de memoria, identidad y encuentro comunitario.
Dieciséis esculturas monumentales, más de siete mil plantas de cempasúchil y un teocalli dedicado al señor del Mictlán, dan forma a una experiencia que enlaza la cosmovisión mexica con las historias de quienes han vivido y construido Tlatelolco.
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, jueves 5 de noviembre de 2026.- Hay lugares donde la historia no termina de contarse. Tlatelolco es uno de ellos.
En la Plaza de las Tres Culturas, donde las piedras de la antigua ciudad mexica conviven con la arquitectura moderna y con las memorias del movimiento estudiantil de 1968 y del terremoto de 1985, la muerte vuelve a encontrar un lenguaje para hablar de la vida.
Esta vez lo hace a través de flores, esculturas monumentales, figuras mitológicas y un teocalli dedicado a Mictlantecuhtli, la deidad vinculada con el inframundo en la cosmogonía mexica.
La Mega Ofrenda Huey Miccaihuitl regresó por segundo año consecutivo a este espacio emblemático de la Ciudad de México. No se trata solamente de una instalación para contemplar o fotografiar: es una propuesta artística y comunitaria que busca recuperar la memoria ancestral, reunir a los habitantes y devolverle a la celebración del Día de Muertos su dimensión cultural, histórica y colectiva.
La noche del viernes 30 de octubre, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México inauguró esta instalación, realizada con la participación de habitantes de Tlatelolco y colonias cercanas, artistas, promotores culturales y personal de las instituciones capitalinas.
Un encuentro entre los antiguos dioses y la memoria de Tlatelolco
Dieciséis esculturas monumentales, de aproximadamente cuatro metros de altura, conforman el corazón de esta propuesta artística. Entre ellas destaca el teocalli dedicado a Mictlantecuhtli, figura central de una representación que invita a acercarse a las antiguas concepciones sobre la muerte, el universo y el destino de las almas.
La instalación fue concebida bajo la dirección artística de Cristóbal Ochoa, fundador del Taller 8A, con la curaduría de Miguel Mares, responsable de contribuir a la investigación histórica y a la construcción narrativa del recorrido.
La propuesta se desarrolla mediante cuatro relatos que conducen al visitante por el origen del universo, los cuatro Tezcatlipocas, el mito de los cinco soles y el camino hacia el Mictlán.
En este universo simbólico aparecen también Xólotl, los xoloitzcuintles y las Cihuateteo, mujeres que fallecieron durante el parto y que, dentro de la tradición mexica, eran reconocidas como guerreras.
Cada figura, cada representación y cada elemento de la composición forman parte de una narración que recupera la riqueza de una cultura que concebía la muerte no como una desaparición absoluta, sino como parte de un orden sagrado y de una continuidad entre los distintos planos de la existencia.
El teocalli dedicado a Mictlantecuhtli adquiere así un significado especial: representa una invitación a mirar hacia las raíces de una memoria que permanece viva en el territorio.
Doscientas personas detrás de una ofrenda monumental
La dimensión de esta obra no se mide únicamente por la altura de sus esculturas o por la extensión de sus instalaciones. También, se encuentra en las manos que la hicieron posible.
Alrededor de 200 personas participaron durante varios meses en su elaboración y montaje. Integrantes del Taller 8A, artistas, vecinas, vecinos y trabajadores de la Secretaría de Cultura capitalina sumaron conocimientos, tiempo y esfuerzo para construir una celebración que pertenece, sobre todo, a la comunidad.
Durante la inauguración, Ana Francis López Bayghen Patiño, secretaria de Cultura de la Ciudad de México, reconoció el papel de los habitantes como protagonistas de este proyecto.
Recordó que la primera edición consiguió algo que va más allá de una celebración: propició que vecinos que llevaban años sin hablarse volvieran a encontrarse, organizarse y trabajar juntos.
La funcionaria destacó que la responsabilidad del gobierno consiste en acompañar esos procesos, facilitar recursos y generar las condiciones para que las comunidades decidan cómo expresar y compartir su cultura.
En su mensaje, expresó:
“Me decían que había vecinos que tenían años sin hablarse y que se pudieron poner de acuerdo para poner la ofrenda, para pintar, para hacer los tapetes, para ayudar, eso es lo más importante de todo, a nosotros como gobierno lo que nos toca es ayudarles a poner el pretexto para el encuentro”.
También, invitó a los habitantes a disfrutar y apropiarse de la instalación:
“Vengan aquí, pongan sus fotos, chíllenle tantito, escuchen la música, en fin, gocen”.
Sus palabras encontraron sentido en una plaza donde las celebraciones comunitarias adquieren una dimensión particular: la posibilidad de reconocerse en el otro y de compartir recuerdos que, aunque personales, también forman parte de la historia colectiva.
Siete mil flores que llegan desde Xochimilco
El color naranja del cempasúchil vuelve a envolver la Plaza de las Tres Culturas.
Más de siete mil plantas provenientes del suelo de conservación de Xochimilco forman parte de la instalación. Su adquisición contó con el apoyo de Netflix, en colaboración con las instituciones capitalinas.
Ricardo Santana, representante de la Secretaría de Desarrollo Económico de la Ciudad de México, explicó que esta compra representa también un respaldo a las familias productoras que mantienen viva una actividad agrícola profundamente relacionada con las tradiciones de la capital.
“Gran parte de las flores de cempasúchil que hoy ven aquí, que son más de 7 mil, fueron adquiridas por Netflix y fueron adquiridas desde el suelo de conservación en Xochimilco. Esta es planta de Xochimilco, cultivada por familias que llevan esto haciéndolo muchísimos años”, señaló.
Así, las flores que acompañan el recorrido no solamente cumplen una función ornamental. También, cuentan otra historia: la de quienes cultivan la tierra, conservan los conocimientos agrícolas y hacen posible que una de las imágenes más representativas del Día de Muertos llegue hasta los espacios públicos de la ciudad.
De Xochimilco a Tlatelolco, el cempasúchil establece un vínculo entre dos territorios que, desde sus propias historias, mantienen vivas las tradiciones de la Ciudad de México.
Cristóbal Ochoa: un sueño que regresa a la infancia
Para Cristóbal Ochoa, regresar a Tlatelolco con esta propuesta tiene un significado que trasciende su trabajo artístico.
Su historia personal está ligada a estos rumbos. Creció en la colonia Guerrero y pasó parte de su infancia en los alrededores de la zona arqueológica. Volver ahora como responsable de una instalación de estas dimensiones representa, en sus propias palabras, un sueño hecho realidad.
Durante una entrevista después de la inauguración, compartió la emoción que le produce reencontrarse con este territorio:
“Yo aquí me crié, yo soy de aquí de la Guerrero, aquí pasé mi infancia. Para mí es un sueño hecho realidad estar aquí. Algo mágico, es la Plaza de las Tres Culturas que por dos años consecutivos hemos podido lograr rescatar un poquito de nuestro México antiguo, de nuestras tradiciones y de nuestros ancestros”.
El artista también invitó a las familias a visitar la instalación y acercarse a las historias que dan sentido a cada una de sus representaciones.
“Esta es una ofrenda que realmente deben de venir a visitar, aquí van a encontrar su historia, su México, lo que no debemos de perder y rescatar”, expresó.
Detrás de sus palabras se encuentra una relación afectiva con el territorio: regresar al lugar de la infancia para contribuir a recuperar una parte de la historia que muchas veces permanece cubierta por las prisas de la vida cotidiana.
Tlatelolco: un territorio donde la memoria tiene muchos rostros
La Mega Ofrenda Huey Miccaihuitl no limita su recorrido a la mitología y las antiguas narraciones mexicas.
Su propuesta incorpora también las memorias que han marcado la identidad de Tlatelolco: la resistencia de sus antiguos habitantes frente a la conquista, las vidas de quienes participaron en el movimiento estudiantil de 1968 y las de las personas que perdieron la vida durante el terremoto de 1985.
Son capítulos distintos, separados por siglos y circunstancias, pero unidos por un mismo territorio.
La posibilidad de que las familias coloquen fotografías de sus seres queridos dentro de la instalación añade una dimensión íntima a la celebración.
Las imágenes personales encuentran un espacio en medio de las representaciones monumentales, recordando que la memoria no pertenece exclusivamente a los libros de historia ni a los monumentos: también vive en los álbumes familiares, en las conversaciones y en los nombres que siguen pronunciándose en casa.
En esta plaza, donde tantas generaciones han dejado sus huellas, la ofrenda se convierte en un punto de encuentro entre la memoria ancestral y los recuerdos de cada familia.
Una construcción que nació de la organización vecinal
La realización del proyecto fue acompañada por la Dirección de Desarrollo Cultural Comunitario, de la Secretaría de Cultura capitalina.
La iniciativa surgió de una petición presentada en audiencia ciudadana. A partir de ella se impulsaron asambleas vecinales, reuniones de coordinación, trabajos de organización, logística y montaje.
En el proceso participaron habitantes de las tres secciones de Tlatelolco, así como personas de la colonia Guerrero, Tepito y otros barrios cercanos, además de promotoras, promotores y colectivos culturales.
La programación artística también se construyó con participación comunitaria. La jornada inaugural contempló actividades con infancias y juventudes del Centro Histórico, así como una ceremonia tradicional de agradecimiento a los cuatro rumbos.
La intención es que la ofrenda no sea un espacio estático, sino un lugar de convivencia y aprendizaje, donde los visitantes puedan conocer las piezas monumentales, escuchar sus relatos y participar en actividades culturales.
Durante los diez días contemplados para su apertura se programaron recorridos históricos, talleres y presentaciones artísticas con la colaboración de habitantes y personal de la Secretaría de Cultura.
La muerte como memoria, la cultura como encuentro
Hay algo profundamente significativo en que esta celebración tenga como escenario la Plaza de las Tres Culturas.
Aquí la historia antigua no está separada de la ciudad contemporánea. Las piedras prehispánicas, los edificios habitacionales y los espacios que recuerdan los acontecimientos de 1968 y 1985 forman parte de una misma geografía emocional.
Por eso, un teocalli dedicado a Mictlantecuhtli adquiere una dimensión que va más allá de su representación artística. Nos devuelve a una forma de comprender el mundo, pero también nos invita a preguntarnos qué hacemos hoy con nuestra memoria, nuestras tradiciones y los espacios que compartimos.
La segunda edición de Huey Miccaihuitl deja una enseñanza importante: la cultura comunitaria no se construye únicamente con presupuestos, esculturas o grandes montajes. Necesita personas dispuestas a encontrarse, colaborar, recuperar conocimientos y reconocer que la historia también se construye desde los barrios.
En Tlatelolco, la ofrenda vuelve a reunir a quienes habitan este territorio y a quienes llegan desde otros puntos de la ciudad para acercarse a sus raíces.
Entre miles de flores de cempasúchil, figuras ancestrales y fotografías familiares, la muerte deja de ser solamente una ausencia para convertirse en memoria compartida.
Porque mientras haya alguien que recuerde, alguien que cuente una historia y una comunidad dispuesta a preservar sus raíces, Tlatelolco seguirá siendo un territorio donde el pasado no se queda atrás: permanece presente, dialoga con las nuevas generaciones y encuentra nuevas formas de florecer.


