Concierto de baladas de rock: volver a empezar
17 mayo, 2026*** Como escenario el monóptero, en el Jardín Santiago Tlatelolco

Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 17 de mayo de 2026.- La tarde cayó lenta sobre el Jardín Santiago, en la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco. El aire de mayo todavía guardaba algo del calor del día, pero también traía esa nostalgia suave que sólo aparece cuando la música comienza a llenar los espacios públicos y transforma las plazas en refugios de memoria.
Ahí, en el corazón del jardín, frente al monóptero que observa silencioso el paso de generaciones enteras, se levantó el escenario para el concierto “Volver a Empezar”, presentado por la banda “El Cometa”. Una hora bastó para convertir el sitio en una pequeña ceremonia urbana donde las baladas de rock hicieron lo suyo: tocar heridas, despertar recuerdos y reconciliar a la comunidad con sus espacios.
El sábado 16 de mayo, a las 17:30 horas, el Jardín Santiago dejó de ser solamente un punto de tránsito. Se volvió escenario, sala de conciertos y punto de encuentro.
El monóptero: corazón arquitectónico y acústico de Tlatelolco
El espacio que se encuentra en el centro del Jardín Santiago Tlatelolco es un templo monóptero de estilo dórico, conocido simplemente como el Monóptero. Su presencia no sólo domina visualmente el jardín; también guarda una profunda carga histórica, arquitectónica y simbólica para quienes recorren este rincón de Tlatelolco.
La construcción, de planta circular y realizada en piedra, está sostenida por diez columnas dóricas colocadas en perfecta simetría. La bóveda y su estructura evocan los antiguos templos romanos y fueron concebidas por el arquitecto Mario Pani como parte integral del proyecto urbano del Conjunto Habitacional Nonoalco Tlatelolco.
Su diseño recuerda al emblemático Jardín de San Marcos, en Aguascalientes, pero en Tlatelolco adquirió una identidad propia: un espacio de contemplación en medio de la modernidad habitacional.
Quienes han entrado al monóptero conocen también su singular efecto acústico. Las voces, los acordes y hasta los murmullos adquieren una resonancia especial bajo la cúpula. Durante el concierto, las guitarras parecían expandirse entre las columnas, rebotando en la piedra como si el lugar hubiese sido construido para abrazar la música.
En la parte interna del templo permanece inscrita la llamada Ordenanza de Cuauhtémoc:
“Aquí ponemos y asentamos en la forma que hallamos la laguna grande, como atijereada: sus olas como plata y brillantes como el oro, tan fragante y olorosa, donde fundamos nuestro pueblo de Tlatelolco”.
La inscripción conecta el espacio moderno con la memoria ancestral mexica y convierte al monóptero en algo más que un ornamento urbano: es una pieza de identidad histórica.
Un jardín pensado para la armonía
Ubicado entre Paseo de la Reforma y Ricardo Flores Magón, cerca de la Plaza de las Tres Culturas, el Jardín Santiago fue inaugurado en 1965 como parte de la visión urbanística de Mario Pani.
El proyecto buscaba integrar vivienda, áreas verdes y convivencia comunitaria bajo los principios del funcionalismo arquitectónico. El jardín fue concebido como un espacio de descanso y armonía para los habitantes del complejo urbano.
Entre sus senderos sobreviven jardines botánicos con más de 60 especies vegetales, algunas endémicas, que todavía ofrecen sombra y frescura en medio de la densidad urbana de la Ciudad de México.
Por eso, cuando la música ocupa el jardín, el proyecto original parece recuperar sentido.
El rock como memoria colectiva
Las primeras notas comenzaron mientras vecinos se acercaban poco a poco. Algunos se sentaron en las bancas. Otros permanecieron de pie, mirando con curiosidad. Había adultos mayores tarareando canciones conocidas, jóvenes grabando fragmentos con sus teléfonos y parejas abrazadas bajo los árboles.
El rock en español, especialmente sus baladas, tiene esa capacidad extraña de abrir cajones emocionales. Cada acorde parece conectado con una historia personal: un amor perdido, una amistad lejana, una noche interminable o una ciudad que ya no existe.
La banda “El Cometa” interpretó canciones cargadas de melancolía y resistencia emocional. El título del concierto, “Volver a Empezar”, parecía dialogar con el propio espíritu de Tlatelolco: un territorio golpeado muchas veces por la historia, pero empeñado siempre en reconstruirse desde la cultura y la convivencia.
Recuperar los espacios públicos
Desde el micrófono, entre canciones y aplausos, llegaron también las palabras de agradecimiento:
—“Muchas gracias a Cometa, a Jonathan, a Oscar y obviamente al equipo de la JUD de Relaciones Institucionales, que siempre está ahí al pie del cañón…”
El reconocimiento se extendió al equipo de logística y a las autoridades de la Alcaldía Cuauhtémoc, destacando la intención de mantener actividades culturales gratuitas en espacios comunitarios.
Las palabras resonaron con claridad:
—“Nos instruyen a venir a traer cultura a estos espacios… que todas las semanas en Cuauhtémoc haya eventos gratuitos para que la comunidad recupere nuestros espacios, que los ocupemos, que los cuidemos, que los habitemos…”
Y quizá ahí estaba el verdadero sentido de la tarde.
Porque en una ciudad donde la violencia, el abandono urbano y el aislamiento cotidiano han ganado terreno durante años, realizar un concierto gratuito en un jardín público adquiere una dimensión profundamente política y humana. No se trata solamente de entretenimiento. Se trata de devolverle el espacio a la gente.
Una hora contra el olvido
De 17:30 a 18:30 horas, el Jardín Santiago respiró distinto.
Algunos vecinos observaban desde lejos, desde los andadores. Otros simplemente se quedaron escuchando, quizá recordando épocas donde los espacios públicos tenían más vida comunitaria y menos abandono.
El concierto terminó, pero dejó algo suspendido en el aire: la sensación de que la cultura sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de reconstruir el tejido social sin necesidad de discursos grandilocuentes.
En Tlatelolco, donde tantas veces la historia ha sido dura, una guitarra todavía puede abrir un respiro.
Y esa tarde de mayo, bajo el cielo de la Ciudad de México, el monóptero del Jardín Santiago volvió a convertirse en el corazón sonoro de la memoria colectiva.

