La noche en que quisieron borrar al Puma

17 mayo, 2026 0 Por Staff Redaccion


*** Motonetas, pintura y miedo en la oscuridad de Tlatelolco
*** El ataque contra un símbolo vecinal y universitario



Por Redacción de Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, domingo 17 de mayo de 2026.- La noche cayó sobre Tlatelolco como tantas otras. Los edificios guardaban el cansancio del sábado, mientras las luces amarillas de la Segunda Sección apenas alcanzaban a iluminar la explanada “Puma”, ese espacio que durante años se convirtió en un punto de reunión, identidad y orgullo para generaciones enteras de vecinos ligados, de una u otra forma, a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Pero a las 23:58 horas, la tranquilidad se fracturó.

En los chats vecinales comenzó a correr el mensaje urgente, nervioso, escrito con la velocidad de quien mira algo que no debería estar ocurriendo:

—“Dense una vuelta en la cancha ‘Puma’, por favor. Estaban pintando sobre el Puma y aventaron algo”.

Las palabras encendieron la alarma entre residentes de las torres 5 de Febrero y Revolución de 1917.

Un minuto después llegó la respuesta institucional:

—“Se apoya”, escribió Nallely, Subdirectora de Tlatelolco.

Pero la noche ya estaba herida.


Vidrios rotos y sombras encapuchadas



A las 24:00 horas, otro mensaje apareció en el chat:

—“Están aventando vidrios. Con cuidado. Había varios tipos pintando sobre el ‘Puma’”.

El miedo comenzó a mezclarse con impotencia. No era una travesura juvenil ni una pinta improvisada. Los vecinos describían un acto deliberado, rápido, ejecutado con la precisión de quienes saben que la oscuridad y la ausencia de vigilancia juegan a su favor.

Nuevamente llegó la respuesta:

—“Ya va el apoyo”.

Pero para entonces, los responsables ya escapaban.

A las 00:02 horas, Jorge García informó:

—“Ya se fueron en motos. Estaban en Eje 2 Norte y Eje Central. Eran unos americanistas”.

La escena parecía arrancada de una ciudad abandonada a su suerte: motonetas perdiéndose en la madrugada, pintura fresca escurriendo sobre un símbolo comunitario y vecinos mirando desde las ventanas, incapaces de detener la destrucción.


Horas antes: la fiesta universitaria



La herida dolió más porque apenas unas horas antes la explanada había vivido una escena completamente distinta.

El sábado por la tarde, jóvenes aficionados de los Pumas acudieron al sitio para realizar actividades y trabajos colectivos previos a su asistencia al estadio. Había ambiente festivo, entusiasmo universitario y convivencia.

Una vecina relató con tristeza:

—“Ayer estaban tan felices los pumas haciendo un trabajo en equipo muy llamativo, supongo preparándose para acudir hoy al estadio”.

Y añadió algo que marcó la diferencia entre comunidad y vandalismo:

—“Yo aunque no soy aficionada al fútbol, me dio gusto que la explanada estaba llena de jóvenes que al final limpiaron y ni una basura dejaron”.

Ese detalle quedó grabado en la memoria de quienes observaban.

Porque mientras unos convivían y cuidaban el espacio, otros llegaron en la madrugada, cubiertos por la oscuridad y el anonimato, únicamente para destruir.


El Puma como identidad de Tlatelolco



El escudo del Puma ya no era solamente una pintura sobre concreto.

Con el paso de los años se convirtió en un distintivo de la zona, un punto de referencia afectiva para vecinos, estudiantes, egresados y familias enteras vinculadas con la UNAM.

La vecina continuó:

—“En la noche, en la obscuridad, encapuchados vinieron en motonetas a vandalizar el escudo que ya es distintivo de la zona”.

Y luego pronunció algo que sintetiza el sentimiento colectivo de Tlatelolco:

—“Hay tantos profesionistas egresados de la UNAM: vecinos y familiares, que es además un orgullo”.

Porque en Tlatelolco, la UNAM no es solamente una institución académica. Es movilidad social, memoria familiar, identidad popular y resistencia cultural.

Cada generación del conjunto habitacional guarda historias universitarias: hijos que llegaron a Ciudad Universitaria con sacrificios enormes, madres que trabajaron décadas para sostener carreras profesionales, abuelos orgullosos de ver a sus nietos convertirse en médicos, abogados, ingenieros o periodistas.

Por eso el ataque no se percibió únicamente como una pinta.

Fue leído como una agresión simbólica.


La tristeza de un barrio cansado



La imagen de la explanada vandalizada amaneció como un golpe emocional.

“Yo como vecina me siento muy triste”, escribió otra residente.

La tristeza venía acompañada de rabia.

—“Además de lo que representa la UNAM para todos, símbolo de respeto, me molesta que esa gente llegó, pintó y se fue”.

La frase parece sencilla, pero encierra una denuncia profunda: la facilidad con la que grupos violentos pueden entrar, destruir y desaparecer sin consecuencias.

Y después vino la sentencia más dolorosa:

—“De los pocos lugares que teníamos sin pintas horribles”.

La explanada apenas había sido rehabilitada hace unos meses. Los vecinos recuerdan que recientemente le habían dado “su manita de gato”, intentando recuperar un espacio comunitario golpeado durante años por el abandono institucional y el deterioro urbano.


Tlatelolco bajo asedio


La indignación no terminó en el Puma.

Los vecinos hicieron memoria inmediata de otros espacios dañados:

—“Ya acabaron con el frontón, con los juegos infantiles y gimnasio del Jardín ‘La Pera’ y así están acabando con nosotros”.

La frase es devastadora porque ya no habla solamente de mobiliario urbano.

Habla del desgaste emocional de una comunidad.

Tlatelolco vive desde hace años una sensación persistente de vulnerabilidad: áreas comunes destruidas, luminarias insuficientes, vandalismo constante, invasión de motonetas, robo de infraestructura y espacios públicos deteriorados lentamente ante la impotencia vecinal.

La madrugada del domingo dejó además otro daño:

—“A media noche vandalizaron la explanada del ‘Puma’ y no conformes, también dañaron el mural del Molino del Rey”.

La destrucción avanzó como una firma de impunidad.


La ciudad donde destruir parece fácil


Lo ocurrido en la explanada Puma no es un hecho aislado.

Es el retrato de una ciudad donde cuidar el espacio público parece tarea exclusiva de los vecinos, mientras destruirlo toma apenas unos minutos.

Los residentes limpian, organizan cooperaciones, rehabilitan jardines, pintan muros y rescatan áreas comunes. Después llegan grupos violentos que, protegidos por la noche y la ausencia de autoridad efectiva, borran en minutos el trabajo de meses.

La pregunta que quedó flotando entre edificios y pasillos fue amarga:

¿Quién protege realmente a Tlatelolco?

Porque detrás de la pintura vandalizada no solamente quedó un escudo dañado.
Quedó otra cicatriz en la memoria colectiva de un conjunto habitacional que sigue resistiendo, defendiendo sus espacios y tratando de no acostumbrarse a la destrucción cotidiana.