Bellas Artes guarda una memoria que no cabe en un mural

Bellas Artes guarda una memoria que no cabe en un mural

19 agosto, 2026 0 Por Staff Redaccion

– A un siglo de su nacimiento, Bellas Artes abrió sus puertas para recordar a Arturo García Bustos, muralista, grabador, dibujante y artista comprometido con la historia y las causas sociales de México.

– Familiares, artistas, investigadores y amigos recuperaron recuerdos de un hombre que entendió el arte como una responsabilidad frente al pueblo, la memoria y la justicia.

– El homenaje también planteó una tarea pendiente: investigar, preservar y llevar a una gran retrospectiva la obra de un creador cuya dimensión artística y política todavía tiene mucho que decir.

 Ignacio Arellano | Con Tlatelolco TV

Ciudad de México, miércoles 19 de agosto de 2026.- Hay homenajes que parecen pertenecer al calendario y otros que tienen la fuerza de una conversación pendiente.

El encuentro dedicado a Arturo García Bustos, con motivo del centenario de su nacimiento, fue de estos últimos.

El Palacio de Bellas Artes abrió el Salón Manuel M. Ponce para recibir a familiares, artistas, investigadores, amigos y admiradores de quien hizo del dibujo, el grabado y el mural una manera de mirar a México y, al mismo tiempo, de tomar posición frente a su historia.

No fue solamente una ceremonia para recordar a un artista.

Fue una conversación sobre la memoria.

Sobre la transmisión de una tradición.

Sobre el compromiso social del arte.

Y, sobre todo, sobre la responsabilidad de no dejar que una obra desaparezca detrás del silencio.

Entre quienes asistieron estuvo Cecilia Hernández Meza, escritora y presidenta del Frente Nacional Para La Paz; Eleonora, aliada del Frente Nacional en Italia; Agustín Pérez García y Enrique Felipe Pérez García, sobrinos del maestro e hijos de Margot García Bustos; así como el arqueólogo Carlos Navarrete, entre otros invitados, Edgar Cruz, respectivamente con su familia.

En el encuentro también estuvo presente la memoria de Rina Lazo, compañera de vida y de creación de Arturo García Bustos.

Y estuvo la familia.

Porque hablar de Arturo, para quienes compartieron su intimidad, no significa únicamente hablar de un muralista.

Significa hablar de un padre, de un maestro, de un amigo, de un hombre que hizo del trabajo cotidiano una forma de dignidad.

La voz de una hija

La hija de Arturo García Bustos tomó la palabra y llevó el homenaje a un territorio distinto: el de la memoria familiar.

Frente al público del Palacio de Bellas Artes recordó que crecer junto a Arturo García Bustos y Rina Lazo significó conocer desde la infancia una concepción del arte que iba mucho más allá de una profesión.

En aquella casa, dijo, el arte era una forma de vivir.

Una manera de conducirse con honestidad, disciplina, sensibilidad y compromiso.

La emoción adquirió un significado particular porque en Bellas Artes se encuentra “Vuelven los Mayas”, obra de su madre, Rina Lazo.

Hablar del padre en el mismo espacio que conserva una de las obras fundamentales de la madre convirtió el homenaje en una especie de encuentro familiar más allá del tiempo.

Dos trayectorias que vuelven a encontrarse.

Dos artistas unidos por la vida, por México, por Guatemala, por la historia y por una misma convicción: que el arte puede dialogar con el pueblo.

La hija recordó también al hombre sencillo y generoso que compartía sus conocimientos y encontraba inspiración en las personas, los paisajes, las tradiciones y la enorme diversidad cultural del país.

Por eso defendió que un conversatorio era quizá la mejor manera de homenajearlo.

Una vida como la de Arturo García Bustos —dijo en esencia— no puede quedar encerrada en una fecha, un catálogo o una exposición.

Tiene que seguir hablándose.

Tiene que seguir investigándose.

Tiene que seguir transmitiéndose.

Un artista que no separó la belleza de la conciencia

La intervención de Dina Comisarenco llevó la conversación hacia la dimensión histórica y estética de García Bustos.

Su aproximación no se limitó a enumerar premios, exposiciones o reconocimientos.

Planteó preguntas.

¿Dónde está la fuerza plástica de su obra?

¿Por qué su pintura puede transitar entre la denuncia y la esperanza?

¿Cómo consigue transformar la realidad mediante imágenes cargadas de poesía?

En esas preguntas aparece una de las claves para comprender su legado.

Arturo García Bustos no entendió el compromiso político como una limitación de la creación artística.

Por el contrario, encontró en él una fuente de fuerza visual.

La denuncia podía convertirse en composición.

La memoria podía convertirse en color.

La injusticia podía transformarse en una imagen capaz de permanecer.

Su obra se construyó desde una convicción profunda: el arte podía defender las causas populares, los derechos humanos, la libertad y la paz sin renunciar a la belleza.

La política y la estética no aparecían como enemigos.

Formaban parte de una misma mirada.

Guatemala: una herida que se volvió memoria

Uno de los capítulos fundamentales de esa trayectoria fue Guatemala.

Durante la década de 1950, García Bustos viajó a ese país, tierra natal de Rina Lazo, para participar en la organización de un taller de grabado.

Era el tiempo del gobierno democrático de Jacobo Árbenz y de un proyecto político que buscaba transformar las condiciones sociales y económicas del país.

El golpe de Estado de 1954 cambió violentamente aquel escenario.

Para Arturo García Bustos, aquella experiencia no fue solamente un episodio político.

Fue una experiencia humana.

Una fractura histórica.

Una lección que llevaría consigo durante el resto de su vida.

A partir de entonces, su obra continuó mirando de frente los conflictos de su tiempo.

La Guerra Fría, las luchas sociales, la defensa de los pueblos, la solidaridad internacional y la búsqueda de justicia formaron parte del universo intelectual y político de un artista que nunca entendió la creación como un acto aislado.

El artista y el pueblo

En México, su trayectoria estuvo vinculada a espacios fundamentales de la tradición gráfica y política del siglo XX.

El Taller de Gráfica Popular, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y el Frente Nacional de Artes Plásticas fueron parte de ese universo.

También, su cercanía con figuras fundamentales de la cultura mexicana, entre ellas Eulalia Guzmán y Miguel León-Portilla, revela el amplio territorio intelectual en el que se desenvolvió.

García Bustos estudió la historia de México, el mundo prehispánico, la Independencia, la Revolución y las luchas contra el fascismo.

Pero no las estudió desde la distancia.

Las convirtió en materia de creación.

Uno de los ejemplos recordados durante el homenaje fue el mural realizado en Atencingo, Puebla, donde el artista trabajó a partir del diálogo con los habitantes.

No se trataba simplemente de llegar a un lugar y pintar una historia desde afuera.

Había que escuchar.

Conocer las voces.

Reconocer las experiencias.

Hacer que el muro perteneciera también a quienes habitaban el territorio.

La obra mural adquiría así una dimensión colectiva.

La memoria de 1968

La historia política también atravesó la vida íntima.

Durante el movimiento de 1968, tanto Rina Lazo como el padre de quien ofreció uno de los testimonios fueron encarcelados.

Quedó entonces el recuerdo de aquellas visitas a la casa de García Bustos, cuando el maestro permanecía solo mientras Rina estaba presa.

Y quedó otro recuerdo poderoso.

Durante su encarcelamiento, Arturo llevaba a Rina placas y piedras litográficas para que pudiera continuar trabajando.

Al salir de prisión, ella realizó una serie de grabados relacionados con las mujeres presas.

El arte sobrevivía incluso detrás de los muros.

La creación encontraba una forma de resistencia.

Una tradición que no debía romperse

Otro de los temas centrales del homenaje fue la relación de Arturo García Bustos y Rina Lazo con la llamada Escuela Mexicana de Pintura.

Durante décadas, determinadas corrientes culturales promovieron la idea de que las nuevas generaciones debían romper radicalmente con sus maestros.

Frente a ello, la trayectoria de ambos artistas representa otra posibilidad: la de continuar una tradición sin convertirla en repetición.

Aprender de los maestros.

Dialogar con ellos.

Transformarlos.

Y encontrar un lenguaje propio.

La relación de García Bustos con Diego Rivera y Frida Kahlo formó parte de esa transmisión de conocimientos y de una tradición artística en la que la pintura mural podía ser, simultáneamente, estética, historia y educación.

Murales que todavía hablan

La trayectoria muralística de Arturo García Bustos dejó huellas en diferentes espacios.

Entre las obras y proyectos mencionados durante el homenaje aparecen los murales de la estación Universidad del Metro, trabajos realizados en Azcapotzalco, obras vinculadas con los Laboratorios Glaxo y, de manera muy especial, “Oaxaca en la historia y en el mito”, realizado en el Palacio de Gobierno de Oaxaca.

Oaxaca ocupó un lugar especial en su imaginario.

La historia de sus pueblos, sus culturas indígenas y su memoria fueron materia de investigación y creación.

Pero el homenaje también dejó una advertencia.

Hay obras que no sabemos dónde están.

Se recordó particularmente el caso de un mural realizado para una empresa farmacéutica en Xochimilco, desmontado durante la pandemia y cuyo paradero actual se desconoce.

Una obra desaparecida no es solamente una pérdida material.

Es una parte de la memoria colectiva que queda incompleta.

Lo que todavía falta por recuperar

Quizá uno de los llamados más importantes de la jornada fue precisamente éste: todavía falta mucho por investigar.

Después del fallecimiento de García Bustos apareció en la casa de los maestros una obra de gran formato, “La Conquista”, además de bocetos, documentos y materiales relacionados con su trayectoria.

Parte de estos archivos permanece bajo resguardo de la familia.

Ahí existe un territorio enorme para historiadores, investigadores, museos e instituciones.

No solamente para catalogar.

Para reconstruir.

Para comprender.

Para devolverle a las nuevas generaciones la dimensión de un artista cuya producción abarcó pintura, muralismo, dibujo, grabado y reflexión política.

La propuesta que quedó sobre la mesa fue clara: realizar una gran exposición retrospectiva que permita reunir, estudiar y mostrar esa trayectoria.

“El arte es la exaltación del mundo”

Dina Comisarenco recordó la capacidad de García Bustos para transformar la denuncia en esperanza.

En su obra, la realidad dolorosa no significaba renunciar al futuro.

Al contrario.

La denuncia podía contener una utopía.

La injusticia podía convertirse en una razón para imaginar otra realidad.

Por eso la obra de García Bustos no pertenece únicamente al pasado.

Habla también del presente.

Habla de las desigualdades.

De la defensa de los pueblos.

De la memoria.

De la paz.

De la dignidad humana.

Y de la necesidad de que el arte conserve la capacidad de incomodar, preguntar y abrir posibilidades.

Un legado que se transmite de maestro a discípulo

Durante el homenaje se recordó también a Ernesto Ríos, pintor y muralista que fue alumno y ayudante de Arturo García Bustos en la realización de “Oaxaca en la historia y en el mito”.

La presencia de un discípulo en un homenaje al maestro tuvo un significado especial.

Porque el legado no vive solamente en los cuadros.

Vive en las manos de quienes aprendieron.

En las conversaciones.

En los talleres.

En los consejos.

En las técnicas transmitidas de una generación a otra.

La obra de un artista continúa cuando alguien toma aquello que aprendió y lo convierte en una nueva posibilidad.

Un homenaje que también fue una defensa de la memoria

En el Salón Manuel M. Ponce estuvieron familiares, especialistas, artistas y ciudadanos.

Entre ellos, Cecilia Hernández Meza, Eleonora, Agustín Pérez García, Enrique Felipe Pérez García, el arqueólogo Carlos Navarrete y Edgar Cruz.

También, estuvo presente el recuerdo de Rina Lazo Wasem, compañera inseparable en aquella historia de arte, compromiso y vida.

El fundador Daniel Alonso Rodríguez Pérez, candidato a los Premios Nobel de la Paz 2017, y la maestra Rina Lazo Wasem, Embajadora del Arte y la Paz México, forman parte también de la memoria visual de este encuentro.

La última palabra no la tiene el homenaje

Un homenaje termina cuando se apagan las luces.

Pero la memoria comienza después.

Ese parece ser el desafío que deja el centenario de Arturo García Bustos.

No basta con recordar que fue muralista.

No basta con mencionar sus exposiciones.

No basta con colocar su nombre en una ceremonia.

Hay que volver a mirar sus obras.

Investigar sus archivos.

Localizar los murales cuyo destino se desconoce.

Estudiar sus grabados.

Revisar sus relaciones con la historia política y cultural de México.

Acercar su obra a los jóvenes.

Y devolverla al espacio público, donde muchas veces encontró su razón de ser.

Porque Arturo García Bustos no pintó solamente para ser admirado.

Pintó para conversar con la historia.

Para dejar testimonio.

Para defender una idea de México.

Para recordar que la belleza también puede ser una forma de conciencia.

Y quizá por eso, un siglo después de su nacimiento, su obra sigue preguntándonos qué hacemos con la memoria que recibimos.

En Bellas Artes, aquella tarde, la respuesta no quedó cerrada.

Quedó abierta.

Como una puerta.

Como un muro todavía por pintar.

Como una conversación que apenas comienza.