No marcharon rápido
19 agosto, 2026*La movilización ocurrió mientras el Gobierno capitalino anunció el cierre del albergue Coruña, que atiende diariamente a cerca de 700 personas en situación de calle.
*Mateo Rivera señaló que la desigualdad, la pérdida de redes sociales y la gentrificación forman parte de las causas que llevan a distintas personas a vivir en el espacio público.
*En Tlatelolco, la marcha volvió visible una realidad cotidiana: personas que buscan refugio en jardines y espacios públicos ante la falta de alternativas dignas.
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, jueves 20 de agosto de 2026.- Caminaron como camina quien conoce el cansancio de dormir sobre el suelo, quien ha aprendido a guardar sus pocas pertenencias cerca del cuerpo y a mirar de reojo cuando cae la noche.
Desde el Metro Doctores hasta Tlatelolco, alrededor de 60 personas avanzaron por Eje Central para recordar algo que no debería necesitar una marcha para ser dicho:
Las personas sin techo también tienen derechos.
No llevaban grandes escenarios ni discursos de mármol.
Llevaban cartones.
“Esto no es una cama”.
“Queremos vivir, no sobrevivir”.
“No soy invisible”.
Y quizá en esas frases cabía toda la marcha.
Porque sobrevivir no es lo mismo que vivir.
Caminar para ser vistos
La Segunda Marcha por los Derechos de las Personas en Situación de Calle, organizada por la Asociación Civil “Mi Valedor’, llegó al Jardín Santiago, en Tlatelolco, después de recorrer una ciudad que muchas veces mira hacia otro lado.
La ciudad está llena de gente.
Y, paradójicamente, llena también de personas que nadie parece ver.
Están en las esquinas, debajo de los puentes, junto a las estaciones del Metro, en los jardines y en las plazas.
Están cuando llueve.
Están cuando hace frío.
Están cuando la ciudad despierta y cuando la ciudad se va a dormir.
Pero estar no significa ser reconocidos.
Por eso caminaron.
Para hacerse visibles.
Para decir que detrás de cada persona que duerme en la calle hay una historia que no comenzó en una banqueta.
“También tenemos derechos”
Las consignas fueron sencillas, pero contundentes:
“Las personas sin techo también tienen derechos”.
“Que no se calle la situación de calle”.
“Ni casa sin gente ni gente sin casa”.
No eran frases abstractas.
Eran reclamos concretos.
Derecho a la salud.
Derecho a la identidad.
Derecho a una vivienda.
Derecho al trabajo.
Derecho a no ser discriminados.
Derecho a conservar sus pertenencias.
Derecho, incluso, a que una ambulancia llegue cuando una vida está en riesgo.
Durante la movilización se entregó un pliego petitorio con 16 demandas. Entre ellas, programas laborales que permitan a las personas en situación de calle incorporarse a tareas comunitarias, servicios urbanos y oficios.
No estaban pidiendo que la ciudad les regalara una vida.
Estaban reclamando una oportunidad para reconstruirla.

La historia que contó “Mona”
Osvaldo, conocido como “Mona”, habló desde un lugar que ninguna estadística puede explicar completamente.
Contó que le tocó ver morir a cuatro personas cercanas.
Habló de las ambulancias que tardan.
Del momento en que una emergencia médica se convierte también en una batalla contra el prejuicio.
Y entonces dijo algo que quedó suspendido en el aire:
“Creo que todos tenemos el mismo derecho”.
No hizo falta agregar mucho más.
Porque hay frases que no necesitan explicación.
Una persona enferma necesita atención.
Una persona herida necesita ayuda.
Una persona en peligro necesita que alguien llegue.
La calle no debería convertirse en una frontera entre quienes merecen ser atendidos y quienes son considerados prescindibles.
Una ciudad que cuenta, pero no necesariamente ve
La marcha terminó en Tlatelolco, pero la conversación apenas comenzaba.
Ahí, en el Jardín Santiago, Mateo Rivera, integrante de la Asociación Civil “Mi Valedor”, habló con “Con Tlatelolco TV” sobre una pregunta incómoda:
¿Cuántas personas viven realmente en situación de calle en la Ciudad de México y cómo las está atendiendo el Estado?
La respuesta, explicó, no puede reducirse a una cifra.
“Tenemos la creencia de que son muchas más personas”.
—Con Tlatelolco TV: ¿Cuánta gente hay en situación de calle?
—Mateo Rivera: El censo oficial habla de unas 1,200 personas, pero creemos que son muchas más por limitaciones metodológicas y porque no se contabiliza a quienes están en albergues, cárceles o instituciones.
La cifra, entonces, se vuelve una frontera.
De un lado están quienes aparecen en los registros.
Del otro, quienes permanecen fuera de ellos.
Y cuando una persona no aparece en una estadística, también puede quedar fuera de las políticas públicas.
No son etiquetas: son personas
Rivera cuestiona también la manera en que históricamente se ha nombrado a esta población.
—Con Tlatelolco TV: ¿Cómo los clasifican?
—Mateo Rivera: No clasificamos. Evitamos términos como “indigentes” o “drogadictos”. Hablamos de personas con distintas vulnerabilidades que deben ser atendidas.
Las palabras importan.
Porque una etiqueta puede reducir una vida entera a una condición.
En cambio, hablar de personas en situación de calle permite mirar la complejidad de las historias.

Las causas no caben en una sola explicación
¿Por qué una persona termina viviendo en la calle?
Rivera responde que no existe una sola causa.
Menciona desigualdad, gentrificación y pérdida de redes sociales.
El consumo de sustancias, explica, suele aparecer después.
La precisión importa.
Porque cuando una sociedad convierte una consecuencia en la causa, deja de mirar todo aquello que ocurrió antes.
Una ruptura familiar.
La pérdida del empleo.
La ausencia de redes.
La expulsión de una vivienda.
La pobreza.
La enfermedad.
La discriminación.
Historias distintas que pueden terminar en el mismo lugar: el espacio público.
Una población diversa
No existe un único rostro de la vida en calle.
Hay adultos mayores.
Hay jóvenes.
Hay personas con discapacidad.
Personas indígenas.
Personas de la diversidad sexual.
Rivera señala que predominan los adultos mayores, aunque observa también una presencia creciente de jóvenes.
La población callejera, por tanto, no puede entenderse como un grupo homogéneo.
Cada persona llega con una historia diferente.
Y necesita respuestas diferentes.
Cuando la ayuda no alcanza
—Con Tlatelolco TV: ¿Reciben apoyo del gobierno?
Rivera sostiene que muchas veces las organizaciones civiles terminan asumiendo tareas de atención sin recursos suficientes y con poca coordinación institucional.
En “Mi Valedor”, explica, acompañan procesos relacionados con documentos, salud, salud mental, talleres e inclusión laboral.
No se trata únicamente de entregar algo.
Se trata de acompañar.
De ayudar a recuperar una identidad.
De abrir una posibilidad.
De caminar junto a alguien mientras intenta reconstruir su vida.

El albergue no siempre significa refugio
La palabra albergue parece contener una promesa: protección.
Pero para muchas personas esa promesa no siempre se cumple.
Rivera señala que no existe espacio suficiente y que algunas personas terminan durmiendo en la calle incluso cerca de los propios albergues.
También, existe desconfianza derivada de experiencias anteriores.
Por eso la discusión no puede reducirse a construir más espacios.
La pregunta es:
¿Qué clase de espacios se están ofreciendo?
¿Son dignos?
¿Son seguros?
¿Respetan las pertenencias?
¿Permiten recuperar autonomía?
¿Ofrecen atención médica y psicológica?
¿Abren caminos hacia el trabajo y la vivienda?
Coruña: 700 personas y una decisión
Mientras esta conversación ocurría en Tlatelolco, el Gobierno de la Ciudad de México anunciaba el cierre del Centro de Asistencia e Integración Social Coruña.
El espacio atiende diariamente a cerca de 700 personas.
La Jefa de Gobierno, Clara Brugada Molina, explicó que el albergue será cerrado debido a la saturación y a los problemas generados con habitantes de la zona.
El gobierno capitalino ha señalado que trabaja en nuevos espacios y en un modelo de atención basado en la restitución de derechos.
La decisión abre una pregunta inevitable:
¿Dónde estarán esas 700 personas?
No basta con cerrar una puerta.
Hay que abrir otras.
Y esas nuevas puertas deberán conducir hacia espacios dignos, seguros y sostenibles.
Una ciudad que vigila, pero no siempre cuida
Una de las críticas expresadas por Rivera apunta a la lógica institucional.
Desde su perspectiva, muchas veces se privilegia el control y la vigilancia sobre la salud, la vivienda y la dignidad.
No se trata, aclara, de defender el desorden.
Se trata de garantizar algo elemental:
baños, regaderas, atención médica y servicios dignos para todas las personas.
La ciudad necesita seguridad.
Pero también necesita cuidado.
Una cosa no debería cancelar la otra.

La violencia cotidiana
La vulnerabilidad también se expresa en la violencia.
Rivera señala agresiones provenientes de policías, vecinos y también de otras personas en situación de calle, en contextos marcados por una vulnerabilidad extrema.
Sobre la posible utilización de personas en situación de calle para actividades delictivas, advierte que puede ocurrir, pero que son señalamientos que requieren investigación y no deben presentarse como hechos generales sin comprobar.
La precisión vuelve a ser indispensable.
Porque estigmatizar a toda una población por hechos que involucran casos particulares también es una forma de violencia.
Una participación que no puede ser solamente para la fotografía
Existen mesas de diálogo.
Existen reuniones.
Existen organizaciones que trabajan todos los días.
Pero, según Rivera, muchas veces la participación de las organizaciones civiles es simbólica.
Se les escucha.
Se les fotografía.
Y después, pocas veces sus propuestas se convierten en acciones reales.
La deuda no es solamente institucional.
También es social.
Una ciudad no cambia cuando únicamente cambian sus discursos.
Cambia cuando cambian sus prácticas.
Tlatelolco: una realidad que también exige respuestas
En la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco existe presencia de personas en situación de calle en distintos puntos.
La realidad está ahí.
En los jardines.
En los alrededores de espacios públicos.
En lugares donde las personas buscan refugio temporal.
El reto no es solamente su permanencia en el espacio público.
El verdadero reto es la ausencia de alternativas dignas, seguras y sostenibles.
Tlatelolco no puede resolver por sí solo un problema de toda la ciudad.
Pero tampoco puede fingir que no existe.
La comunidad tiene derecho a espacios públicos seguros.
.Y las personas en situación de calle tienen derecho a no ser expulsadas simplemente por no tener una vivienda.
Ambas realidades pueden y deben coexistir dentro de una política pública de cuidado, inclusión y derechos humanos.

El COVID y una ciudad que cambió
La pandemia también dejó huella.
Rivera considera probable que la población en situación de calle haya aumentado durante y después del COVID, aunque reconoce que los datos oficiales no permiten observarlo claramente.
Desde los años ochenta, explica, la ciudad ha cambiado.
Se han cerrado espacios.
Han cambiado las dinámicas urbanas.
Se han transformado las formas de habitar.
Pero muchas personas continúan enfrentando condiciones similares de abandono.
La ciudad se moderniza.
No necesariamente todos sus habitantes avanzan con ella.
La esperanza de vida que nadie debería aceptar
No existe un dato exacto sobre cuánto viven las personas en situación de calle.
Pero Rivera cita estimaciones de organizaciones como “El Caracol” que han situado la expectativa de vida alrededor de los 40 años.
Si esa estimación refleja una realidad significativa, la pregunta deja de ser estadística.
Se convierte en una cuestión ética.
¿Por qué una persona tendría que vivir menos simplemente porque perdió un techo?
Una ciudad para vivir, no para expulsar
La marcha de este martes dejó una imagen difícil de olvidar.
Personas caminando lentamente.
Cargando bolsas.
Cargando cartones.
Cargando sus pocas pertenencias.
Cargando, quizá, también una parte de una ciudad que no siempre quiere mirar.
Llegaron al Jardín Santiago.
No llegaron para desaparecer.
Llegaron para ser escuchadas.
Y ahí quedó abierta una pregunta que ninguna conferencia de prensa puede responder por sí sola:
¿Qué lugar digno ofrece la ciudad a quien no tiene dónde dormir?
La respuesta no puede ser únicamente un albergue.
Tampoco una brigada.
Ni una estadística.
Ni una mesa de diálogo.
La respuesta tendrá que ser una política integral que reconozca que la vivienda, la salud, la identidad, el trabajo y la dignidad están conectados.

“No tenemos calle, tenemos intemperie”
Quizá esa sea la frase que mejor resume esta historia.
No tienen calle.
Tienen intemperie.
Y la intemperie no es una identidad.
Es una condición.
Una condición que puede cambiar si existen oportunidades, acompañamiento, vivienda, salud, trabajo y voluntad política.
Mateo Rivera cerró la conversación con una idea sencilla:
Quienes no somos privilegiados debemos ser solidarios.
Todos compartimos la ciudad.
Y compartirla significa aceptar que el espacio público no pertenece exclusivamente a quienes tienen una casa.
Pertenece a todos.
También, a quienes esa noche no saben dónde dormir.
El derecho a volver a empezar
Clara Brugada anunció un programa para restituir los derechos de las poblaciones callejeras y fortalecer las Brigadas de atención.
También, habló de salud, adicciones, salud mental, identidad y coordinación con organizaciones civiles.
Son palabras importantes.
Ahora tendrán que convertirse en acciones.
Porque la verdadera medida de una política pública no está solamente en cuántas personas caben dentro de un albergue.
Está en cuántas personas consiguen recuperar su nombre.
Su salud.
Sus documentos.
Un trabajo.
Una vivienda.
Y la posibilidad de volver a decidir sobre su propia vida.
La marcha terminó.
Los cartones se guardaron.
Los pasos dejaron de escucharse sobre Eje Central.
Pero la pregunta permanece.
¿Qué hace una ciudad cuando una persona no tiene dónde vivir?
La respuesta no debería ser esconderla.
Tampoco expulsarla.
Mucho menos acostumbrarse a verla dormir en la calle.
Una ciudad verdaderamente habitable tendría que comenzar por algo elemental:
entender que nadie pierde sus derechos por haber perdido su casa.
Y por eso, aquella marcha que llegó a Tlatelolco no fue solamente una caminata.
Fue una manera de decir:
Aquí estamos.
También, somos ciudad.
También, tenemos derechos.
Queremos vivir, no sobrevivir.


