La historia contada desde Tlatelolco
22 septiembre, 2026Regresa a México el Códice Azcatitlan
Después de 186 años en Francia, un manuscrito fundamental de la historia mexica vuelve temporalmente a México. Su relación con Tlatelolco abre una puerta para mirar el pasado desde una ciudad que no fue un simple escenario de la historia, sino uno de sus protagonistas.
Ignacio Arellano y Gricelda Domínguez / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 22 de septiembre de 2026.- Hay regresos que no necesitan palabras.
Basta una vitrina, unas páginas abiertas y la sensación de estar frente a algo que durante generaciones permaneció lejos.
Después de 186 años fuera de México, el Códice Azcatitlan volvió a territorio mexicano. Llegó desde Francia para ser mostrado, por primera vez en nuestro país desde su salida en 1840, en el Museo Nacional de Antropología.
Y para Tlatelolco el regreso tiene un significado particular.
Porque este manuscrito no solamente habla de la migración mexica, de los gobernantes, de la fundación de las ciudades y de la Conquista. La investigación especializada ha establecido una relación particularmente estrecha entre el Códice y Tlatelolco, hasta el punto de considerar que el documento procede o está fuertemente vinculado con la tradición histórica tlatelolca.
Por eso, cuando el visitante observa sus imágenes, no está mirando únicamente una historia antigua.
Está mirando una parte de la historia de Tlatelolco.
UN LIBRO DE HISTORIA PINTADO
El Azcatitlan es un manuscrito elaborado en el Valle de México entre finales del siglo XVI y principios del XVII. Combina elementos de la tradición pictográfica mesoamericana con recursos de escritura europea.
Sus imágenes cuentan una larga secuencia histórica: la salida de Aztlán, la peregrinación mexica, los asentamientos, la formación de la tradición dinástica, los gobernantes de Tenochtitlan y Tlatelolco, la llegada de los españoles, la Conquista y los primeros tiempos del periodo colonial.
No es solamente un documento que registra acontecimientos.
Es una manera de recordar.
Una manera de ordenar el pasado.
Una manera de decir: esto ocurrió y nosotros lo contamos así.
Ahí reside buena parte de su importancia.
La historia no siempre se escribe desde un único lugar. Las sociedades también construyen sus propias memorias, seleccionan aquello que consideran importante y transmiten sus versiones de generación en generación.
El Azcatitlan forma parte de esa tradición.
TLATELOLCO NO ESTÁ AL MARGEN DE ESTA HISTORIA
Para quienes vivimos, conocemos o caminamos Tlatelolco, la palabra puede provocar una asociación inmediata con 1968, con la Plaza de las Tres Culturas, con el 2 de octubre y con las profundas heridas de la historia contemporánea.
Pero Tlatelolco es mucho más antiguo.
Mucho antes de los edificios, de las plazas, de los andadores y de la Unidad Habitacional, existió aquí una ciudad indígena con identidad propia, con gobierno, comercio, relaciones políticas, conflictos y una historia estrechamente relacionada —y a veces enfrentada—, con México-Tenochtitlan.
Las investigaciones sobre el Códice Azcatitlan han encontrado precisamente esa relación con Tlatelolco. La documentación especializada señala que el manuscrito incluye a gobernantes de Tlatelolco junto a los de Tenochtitlan y que diversos estudios han identificado una procedencia o tradición tlatelolca en el documento.
Por eso resulta insuficiente mirar el Códice únicamente como otra narración sobre los mexicas.
Hay que preguntarse desde dónde se cuenta.
Y ahí aparece Tlatelolco.
DOS CIUDADES, DOS MEMORIAS
Tenochtitlan y Tlatelolco fueron ciudades gemelas, pero no idénticas.
Compartieron raíces, territorio, vínculos políticos y culturales, pero también tuvieron trayectorias propias.
La Conquista tampoco puede entenderse únicamente como el final de una ciudad.
Fue el derrumbe de un mundo político y social complejo.
El Azcatitlan permite acercarse a ese proceso mediante imágenes que atraviesan siglos de historia.
En sus páginas conviven migraciones, gobernantes, símbolos, acontecimientos políticos y escenas relacionadas con la llegada de los españoles.
La fuerza del documento está también en aquello que permite preguntar.
¿Qué vio Tlatelolco?
¿Qué quiso conservar?
¿Qué acontecimientos consideró necesario representar?
¿Qué cambió cuando la memoria indígena comenzó a convivir con las formas de escritura europeas?
No todas esas preguntas tienen una respuesta definitiva.
Y quizá ahí reside parte de la riqueza del Códice: sigue obligándonos a investigar.
186 AÑOS DESPUÉS
El camino que siguió el manuscrito para llegar a París también forma parte de su historia.
El Códice estuvo relacionado con colecciones de documentos indígenas reunidas durante los siglos XVIII y XIX. Joseph Marius Alexis Aubin reunió diversos manuscritos y en 1840 trasladó su colección a Francia. Más adelante, el acervo pasó por manos de Eugène Goupil y terminó incorporado a la Biblioteca Nacional de Francia.
Desde entonces, el Azcatitlan permaneció lejos de México.
Generaciones enteras de mexicanos nacieron, vivieron y murieron sin tener la posibilidad de contemplar directamente aquellas páginas.
Tlatelolco siguió aquí.
El Códice, no.
Hasta ahora.
Su regreso no es una restitución definitiva. Es un préstamo temporal dentro de un intercambio cultural entre México y Francia.
Pero incluso un regreso temporal puede tener una enorme fuerza simbólica.
Porque permite que un documento que salió del territorio mexicano en el siglo XIX sea contemplado nuevamente por el público mexicano en el siglo XXI.
UNA HISTORIA QUE CRUZÓ EL ATLÁNTICO
La exposición “El Códice Azcatitlan. México-Francia, 200 años de amistad” forma parte de las actividades conmemorativas por el bicentenario de las relaciones diplomáticas entre ambos países.
La Secretaría de Cultura informó que el intercambio fue acordado por el Presidente Claudia Sheinbaum y el Presidente Emmanuel Macron en noviembre de 2025.
El acuerdo contempla también el traslado temporal del Códice Boturini a París para su exhibición en la Biblioteca Nacional de Francia.
En términos culturales, se trata de un intercambio significativo: mientras el Azcatitlan cruza nuevamente el Atlántico rumbo a México, otro documento fundamental de la tradición histórica mexica viaja en sentido contrario.
Dos códices.
Dos trayectorias.
Dos instituciones.
Y una historia compartida que continúa siendo objeto de estudio.
LA PETICIÓN QUE NACIÓ DE UNA COMUNIDAD
Hay otro elemento que merece atención.
De acuerdo con la Secretaría de Cultura, la iniciativa para que el Códice Azcatitlan volviera a México surgió de la comunidad hñähñu de Ixmiquilpan, Hidalgo.
La petición puso en el centro una discusión que va más allá de un objeto antiguo: la relación entre los pueblos originarios y su memoria histórica.
Ese antecedente también importa.
Porque detrás de los grandes acuerdos diplomáticos existen comunidades, investigadores, instituciones y ciudadanos que insisten en que el patrimonio no debe permanecer solamente en los libros especializados o en depósitos inaccesibles.
Debe poder ser conocido.
Estudiado.
Contemplado.
Y discutido.
LA POLÍTICA CULTURAL TAMBIÉN ES MEMORIA
El regreso del Azcatitlan ocurre en el marco de una política cultural que utiliza el intercambio internacional como mecanismo de divulgación y cooperación patrimonial.
La exposición fue organizada por la Secretaría de Cultura, mediante el INAH, en colaboración con el Ministerio de Cultura de Francia y la Biblioteca Nacional de Francia.
Pero hay una dimensión política que merece observarse con serenidad.
La relación entre México y Francia encuentra en estos códices un lenguaje distinto al diplomático tradicional.
No son tratados.
No son discursos.
No son fotografías oficiales.
Son documentos que sobrevivieron siglos.
Y su circulación contemporánea plantea preguntas sobre patrimonio, custodia, acceso público, investigación y responsabilidad institucional.
El hecho de que el Azcatitlan pueda regresar temporalmente no resuelve por sí mismo el debate histórico sobre la permanencia de documentos mexicanos en colecciones extranjeras.
Pero sí abre un espacio para conversar sobre ello con documentos concretos frente a los ojos del público.
EL CÓDICE FRENTE A LOS TLATELOLCAS
Quizá por eso este regreso debería ser especialmente significativo para Tlatelolco.
Porque nuestra ciudad contemporánea está construida sobre capas de memoria.
Debajo de las calles y de los edificios modernos está el territorio de la antigua ciudad indígena.
En las piedras permanece la memoria arqueológica.
En la Plaza de las Tres Culturas se encuentran distintas épocas de México.
Y en los archivos, museos y códices sobreviven las voces fragmentarias de quienes estuvieron aquí antes que nosotros.
El Azcatitlan agrega otra pieza.
No pretende ser toda la historia.
Ningún códice puede serlo.
Pero permite escuchar una voz más.
Una voz indígena.
Una voz histórica.
Una voz vinculada con la tradición de Tlatelolco.
EL VALOR DE MIRAR NUEVAMENTE
Hay documentos que se estudian.
Y hay documentos que además se sienten.
El Azcatitlan pertenece, de alguna manera, a las dos categorías.
El investigador puede detenerse en un glifo, una secuencia pictográfica, una genealogía o una escena de la Conquista.
El visitante puede simplemente permanecer unos minutos frente a la vitrina y comprender que aquellas páginas sobrevivieron guerras, cambios políticos, transformaciones culturales, traslados de colecciones y casi dos siglos de distancia.
Eso también es historia.
La historia no como una fecha memorizada.
La historia como algo que vuelve.
UNA CITA PARA TLATELOLCO
Para los tlatelolcas, visitar esta exposición significa algo más que conocer una pieza extraordinaria del patrimonio mexicano.
Significa acercarse a una parte del pasado del territorio que habitamos.
Significa recordar que Tlatelolco no comenzó en el siglo XX.
Que antes de la Unidad Habitacional existió una ciudad.
Que antes de la Plaza de las Tres Culturas existieron otras plazas.
Antes de los edificios hubo templos, mercados, gobernantes, comerciantes, familias y comunidades.
Y que parte de esa historia quedó registrada en documentos como el Códice Azcatitlan.
Tal vez por eso su regreso produce una sensación difícil de explicar.
No es simplemente que un Códice haya vuelto.
Es que una parte de una memoria que durante 186 años estuvo lejos ahora puede ser contemplada aquí.
En México.
En la ciudad donde fue elaborado.
Y, sobre todo, cerca del territorio cuya historia ayuda a contar.
DATOS DE LA EXPOSICIÓN
“El Códice Azcatitlan. México-Francia, 200 años de amistad”
Museo Nacional de Antropología
Sala de Exposiciones Temporales, Ciudad de México.
Del 17 de septiembre al 6 de diciembre de 2026.
Entrada gratuita a la exposición, de acuerdo con la información oficial de la Secretaría de Cultura.
La muestra se acompaña de piezas arqueológicas, objetos etnográficos y facsimilares de otros códices que permiten comprender la tradición y manufactura de estos documentos.
PARA TLATELOLCO, EL REGRESO ES TAMBIÉN UNA PREGUNTA
El Códice Azcatitlan permanecerá unos meses en México.
Después volverá a Francia.
Pero la pregunta que deja puede quedarse mucho más tiempo:
¿Cuántas historias de Tlatelolco todavía están esperando ser leídas desde Tlatelolco?
Porque recuperar la memoria no significa solamente traer un documento de regreso.
Significa volver a mirar nuestro propio territorio.
Reconocer sus capas.
Escuchar sus silencios.
Y comprender que la historia de Tlatelolco todavía tiene muchas páginas por abrir.

