Donde la fe tiene rostro de mujer
27 octubre, 2026Entre oraciones, danzas ancestrales y abrazos comunitarios, San Simón Tolnahuac celebra a su Santo Patrono y mantiene viva la memoria de un barrio que se resiste a perder sus raíces.
En el corazón de la Alcaldía Cuauhtémoc, donde la historia de los antiguos barrios se entrelaza con el crecimiento de la Ciudad de México, la parroquia de San Simón Apóstol se prepara para celebrar, este miércoles 28 de octubre, su fiesta patronal.
Mujeres que han dedicado décadas al servicio religioso, vecinos que encontraron refugio espiritual después del terremoto de 2017 y danzantes que preservan tradiciones ancestrales dan testimonio de una comunidad donde la fe trasciende los muros del templo.
Entre misas, oraciones, música, alimentos compartidos y recuerdos, San Simón Tolnahuac reafirma sus vínculos históricos, culturales y humanos con Tlatelolco y los barrios vecinos.
Ignacio Arellano / Con Tlatelolco TV
Ciudad de México, martes 27 de octubre de 2026.- Hay barrios que sobreviven en los mapas y otros que permanecen vivos en la memoria de quienes los habitan.
San Simón Tolnahuac pertenece a estos últimos.
En sus calles todavía se reconocen las huellas de una ciudad antigua, de una comunidad que ha aprendido a convivir con el tránsito, los comercios, las transformaciones urbanas y el paso inevitable de las generaciones.
Pero existe algo que no ha desaparecido: la necesidad de encontrarse.
En la parroquia de San Simón Apóstol, esa necesidad adquiere una dimensión profundamente humana.
Aquí, la fe no solamente se expresa frente al altar. También se manifiesta cuando alguien visita a un enfermo, escucha a un vecino, comparte los alimentos o acompaña a quien atraviesa momentos difíciles.
Es domingo 25 de octubre.
La comunidad se encuentra reunida para celebrar anticipadamente a su santo patrono, cuya festividad religiosa tiene lugar el miércoles 28.
En el ambiente se percibe esa combinación tan particular de las fiestas tradicionales mexicanas: solemnidad religiosa, conversación entre vecinos, recuerdos familiares y alegría popular.
Entre las asistentes se encuentran mujeres que conocen la historia cotidiana de la parroquia.
Son mujeres que han acompañado a distintos sacerdotes, organizado actividades, participado en celebraciones y construido relaciones de solidaridad durante años.
Antes de comenzar la entrevista, una de ellas rompe la formalidad con una ocurrencia.
No le gustan las fotografías ni los videos.
Sus compañeras lo saben.
Sin embargo, cuando aparece la cámara, convierte su resistencia en una broma:
—¡Yo cobro, mi imagen vale!
Las risas aparecen inmediatamente.
Alguien agrega que cobra en dólares.
Y ella responde que también acepta euros.
La escena, aparentemente sencilla, revela algo esencial: detrás de la solemnidad de las celebraciones religiosas existe una comunidad que conserva el humor, la confianza y la cercanía.
Después de las risas llega una conversación más profunda.
Una conversación sobre el significado de pertenecer.
DOLORES: CUARENTA AÑOS DE HISTORIAS, SERVICIO Y COMPROMISO
Dolores Ñorín Dañamendi lleva casi cuatro décadas viviendo en San Simón Tolnahuac.
Durante ese tiempo ha observado transformarse la colonia, cambiar a sus habitantes y sucederse distintas etapas de la vida parroquial.
Actualmente, participa en las actividades comunitarias junto al sacerdote Eduardo Lozano.
Para ella, la iglesia representa mucho más que un espacio de culto.
Es un lugar desde el cual se puede trabajar por el bienestar de los demás.
Durante la entrevista recuerda una reflexión expresada por el sacerdote en su homilía dominical: la fe debe demostrarse también fuera del templo.
Y entonces pronuncia una frase que resume buena parte del espíritu de esta celebración:
“Para nosotras es muy importante la convivencia con los vecinos, porque somos una comunidad y estar en comunidad verdaderamente es comprometerse por el bien de los seres que la formamos”.
Sus palabras tienen el peso de la experiencia.
Hablar de comunidad parece sencillo cuando se pronuncia desde un discurso.
Construirla exige tiempo, paciencia, trabajo y disposición para escuchar.
Dolores entiende que una parroquia no puede permanecer indiferente a lo que sucede en las calles que la rodean.
Porque las necesidades humanas no terminan cuando concluye la misa.
Continúan en las viviendas donde hay personas enfermas, en los hogares donde alguien vive solo y entre quienes necesitan una palabra de acompañamiento.
En ese sentido, la celebración de San Simón Apóstol adquiere una dimensión social.
No se trata únicamente de recordar a un santo.
Se trata también de preguntarse qué significa ser vecino.
LA IGLESIA QUE SALE A BUSCAR A SUS VECINOS
Entre las participantes de la entrevista se encuentran también Rocío Vázquez y Julieta Franco Vargas, integrantes de la comunidad parroquial.
Las voces de las mujeres se complementan al hablar del servicio religioso.
Una de ellas explica que su labor consiste en acercarse a quienes permanecen aislados, acompañar a los enfermos y escuchar a las personas que consideran vulnerados sus derechos.
Su testimonio expresa una preocupación que trasciende la práctica religiosa.
Habla de quienes no son escuchados.
De quienes viven situaciones de abandono.
De quienes necesitan sentirse reconocidos.
La enseñanza que, desde su fe, encuentran en la Virgen de Guadalupe y en Jesucristo se convierte en una invitación a actuar.
No basta con reunirse dentro del templo.
Hay que salir.
Buscar.
Escuchar.
Acompañar.
Durante la conversación, una de las entrevistadas describe a la parroquia como una comunidad pequeña, pero llena de bondad, participación, responsabilidad y amor al prójimo.
Reconoce que son pocas las personas que colaboran de manera constante.
Sin embargo, esa circunstancia no disminuye su entusiasmo.
Al contrario.
Hace más urgente la invitación a participar.
La preocupación es comprensible: muchas comunidades religiosas y organizaciones vecinales dependen del trabajo voluntario de personas que dedican parte de su tiempo a mantener vivas sus actividades.
En San Simón, buena parte de esa responsabilidad descansa sobre mujeres que han convertido el servicio en una práctica cotidiana.
Son ellas quienes sostienen una parte importante de la memoria afectiva del barrio.
SAN SIMÓN TOLNAHUAC: UN BARRIO CON RAÍCES MÁS ANTIGUAS QUE LA CIUDAD MODERNA
Para comprender el significado de esta fiesta es necesario mirar hacia el pasado.
San Simón Tolnahuac forma parte del entramado histórico de antiguos asentamientos y barrios del norte de la Ciudad de México, vinculados territorial y culturalmente con la región de Tlatelolco.
Su identidad se construyó a través de distintas etapas históricas: las raíces indígenas, la evangelización durante el periodo colonial y las transformaciones urbanas de los siglos posteriores.
El propio nombre del barrio conserva esa convivencia de tradiciones.
San Simón remite a la advocación cristiana del apóstol, mientras que Tolnahuac mantiene la presencia de la lengua náhuatl en la memoria territorial.
Como ocurrió en numerosos pueblos y barrios originarios de la capital, las celebraciones patronales se convirtieron en espacios de encuentro, donde la religión, las relaciones familiares y las expresiones culturales adquirieron un significado colectivo.
La fiesta del santo patrono representa, por ello, mucho más que una fecha del calendario litúrgico.
Es una forma de continuidad histórica.
Una oportunidad para que antiguos habitantes regresen a encontrarse con sus vecinos.
Para que las nuevas generaciones conozcan las tradiciones de sus familias.
Y para que el barrio recuerde que su identidad no depende solamente de sus calles y edificios.
Depende también de sus habitantes.
Hoy, San Simón Tolnahuac forma parte de una zona intensamente urbanizada.
El Metro, el Metrobús, los establecimientos comerciales y las vialidades conectan al barrio con distintos puntos de la capital.
Durante la entrevista, una de las mujeres destaca precisamente esa transformación.
Reconoce que la colonia cuenta con mejores posibilidades de comunicación y una importante actividad comercial.
Pero insiste en otra característica:
Su gente trabajadora.
Su disposición a colaborar.
Su capacidad para reconocerse entre vecinos.
En una ciudad donde la movilidad y el crecimiento urbano pueden debilitar los vínculos comunitarios, esas relaciones adquieren un valor especial.
TLATELOLCO Y SAN SIMÓN: DOS TERRITORIOS UNIDOS POR LA HISTORIA Y LA FE
La relación entre San Simón Tolnahuac y Tlatelolco no se limita a su cercanía geográfica.
Ambos territorios comparten una historia de transformaciones, tradiciones religiosas, vida popular y organización comunitaria.
Durante la entrevista surge el nombre de otras parroquias cercanas.
Santiago Apóstol, San Miguel, Los Ángeles, la Santísima Trinidad y otros templos forman parte de una red de comunidades católicas que mantienen vínculos pastorales.
Una de las entrevistadas explica la importancia del decanato, estructura territorial mediante la cual distintas parroquias coordinan actividades dentro de la organización de la Iglesia católica.
Para ella, la unidad debe extenderse más allá de cada templo.
La comunidad de San Simón recibe también a personas procedentes de Tlatelolco y de otras colonias.
Son habitantes que encuentran en esta parroquia un espacio de oración, acompañamiento y convivencia.
Esa relación recuerda que los barrios no existen de manera aislada.
Sus habitantes comparten mercados, calles, transportes, escuelas, templos y experiencias.
También comparten preocupaciones.
La seguridad.
La salud.
La soledad.
La conservación de sus espacios públicos.
Y la necesidad de mantener vivas las relaciones humanas.
Desde esta perspectiva, San Simón y Tlatelolco forman parte de una misma geografía de memorias.
MARICRUZ: EL TERREMOTO DE 2017 Y EL CAMINO HACIA LA FE
Entre las historias recogidas durante la entrevista destaca la de Maricruz Tobar Carcaño.
Es enfermera de profesión y lleva casi veinte años viviendo en la colonia.
Su acercamiento más profundo a la parroquia ocurrió después del terremoto del 19 de septiembre de 2017.
Aquel acontecimiento marcó a miles de familias de la Ciudad de México.
También, dejó huellas emocionales entre quienes presenciaron el dolor, las pérdidas humanas y la incertidumbre.
Maricruz recuerda que esa experiencia transformó su relación con la iglesia.
La tragedia la llevó a buscar un sentido más profundo en la fe y en el servicio a los demás.
Su profesión ya estaba vinculada con el cuidado de las personas.
Pero después del sismo encontró en la comunidad parroquial otra manera de acompañar.
Durante la conversación recuerda una expresión popular que resume su convicción:
“El que no vive para servir, no sirve para vivir”.
Para ella, ayudar a los demás representa una responsabilidad humana y espiritual.
Manifiesta preocupación por las nuevas generaciones.
Considera importante que los jóvenes encuentren espacios de orientación, valores y participación comunitaria.
Menciona a san Carlo Acutis como una figura religiosa cercana a la juventud y expresa su deseo de que las familias acompañen a sus hijos en su formación espiritual.
Su testimonio permite comprender que la fe también puede surgir de experiencias difíciles.
Que una tragedia colectiva puede modificar las prioridades personales.
Y que, para algunas personas, el dolor se convierte en una motivación para ayudar.
ROSA: DE VERACRUZ A SAN SIMÓN, EL HOGAR QUE ENCONTRÓ JUNTO A UNA IGLESIA
La historia de Rosa Labra Neri Hernández comienza lejos de San Simón.
Ella procede del puerto de Veracruz.
Cuando llegó a vivir a la Ciudad de México tenía un deseo particular: encontrarse cerca de una iglesia.
Hoy vive a menos de cinco minutos de la parroquia.
Lo cuenta con gratitud.
Para Rosa, esa cercanía representa una bendición.
Pero su testimonio revela algo todavía más importante.
En una ciudad distinta de aquella donde nació, encontró amistades, compañía y un espacio al cual pertenecer.
Habla de sus compañeras con cariño.
Agradece la oportunidad de vivir en México y expresa la tranquilidad que encuentra en su fe.
Recuerda que las enfermedades y los momentos difíciles forman parte de la existencia.
En esas circunstancias, asegura, su confianza en Dios le proporciona fortaleza.
Su historia representa la experiencia de muchas personas que llegan a la capital procedentes de otras entidades del país.
Personas que dejan atrás paisajes familiares, costumbres y relaciones.
Y que necesitan reconstruir sus vínculos afectivos.
Para Rosa, San Simón se convirtió en ese lugar de encuentro.
Un barrio donde pudo comenzar otra etapa de su vida.
Una comunidad que la recibió.
Un templo que terminó formando parte de su hogar.
CUANDO LA DANZA ANCESTRAL ENTRA EN LA CELEBRACIÓN CRISTIANA
La fiesta de San Simón Apóstol también tiene una dimensión cultural que conecta distintas etapas de la historia mexicana.
Durante las celebraciones dominicales participaron danzantes vinculados con la tradición de las danzas aztecas y concheras.
Entre los grupos invitados se encuentra Insignia Azteca, bajo la dirección de León, relacionado con expresiones de danza azteca, conchera, chichimeca y de conquista.
Estas manifestaciones forman parte de una tradición cultural compleja, en la cual se entrelazan elementos indígenas, religiosos y comunitarios desarrollados a lo largo de generaciones.
Su presencia en las festividades patronales recuerda los procesos históricos de encuentro y transformación entre las antiguas tradiciones mesoamericanas y el cristianismo.
En San Simón, la danza no aparece únicamente como espectáculo.
Es una expresión de identidad y devoción para quienes la practican.
Durante la entrevista, una mujer mayor, vestida con indumentaria tradicional blanca, explica que pertenece al grupo de danzantes Insignias Aztecas.
Han acudido para conmemorar al santo patrono.
Su intervención es breve, pero profundamente representativa del espíritu festivo.
Agradece el atole y los tamales compartidos durante la celebración.
En esa frase sencilla aparece una de las tradiciones más entrañables de los barrios mexicanos.
La hospitalidad.
El alimento ofrecido después de una ceremonia.
La conversación que continúa en la plaza.
La alegría de recibir a quienes llegan desde otros lugares.
La fiesta religiosa se convierte así en una celebración colectiva.
Porque la identidad cultural también se transmite alrededor de una mesa.
En la música.
En la danza.
En las historias que cuentan los mayores.
Y en las costumbres que sobreviven gracias a quienes continúan practicándolas.
EL 25 DE OCTUBRE: LA PLAZA VUELVE A SER EL CORAZÓN DEL BARRIO
El domingo 25 de octubre, la parroquia celebró misas en sus horarios habituales de las 8:00, 13:00 y 19:00 horas.
Las celebraciones estuvieron dedicadas a pedir por la comunidad parroquial y por los habitantes del barrio.
Después de la misa matutina se programó un desayuno comunitario en la Plaza de San Simón.
Se contempló la participación de danzantes y antiguos vecinos.
Este encuentro tiene un significado que va más allá de lo religioso.
La plaza es uno de los espacios fundamentales de la vida urbana tradicional.
Históricamente, las plazas de los barrios han sido escenarios de celebraciones, intercambios comerciales, reuniones familiares y acontecimientos colectivos.
En ellas se construye buena parte de la memoria compartida.
Por eso, cuando una comunidad se reúne alrededor de su templo y comparte los alimentos, también recupera temporalmente el sentido de pertenencia al espacio público.
La plaza deja de ser solamente un lugar de paso.
Se convierte nuevamente en un punto de encuentro.
LA ORACIÓN COMO PREPARACIÓN PARA LA FIESTA PATRONAL
Las actividades religiosas comenzaron el domingo 11 de octubre y se extendieron hasta el sábado 24.
Durante esos días se celebró diariamente la Santa Misa a las 19:00 horas.
Más adelante, de las 20:00 a las 21:30 horas, se realizaron veladas de oración ante Jesús Eucaristía.
En ese mismo horario se ofreció la oportunidad de recibir el sacramento de la reconciliación mediante la confesión.
Para la comunidad católica, la exposición del Santísimo Sacramento constituye un momento de adoración y recogimiento espiritual.
Esta preparación permitió que la celebración patronal no quedara limitada a un solo día.
Durante casi dos semanas, las actividades religiosas acompañaron la vida cotidiana de los feligreses.
Las jornadas de oración representaron una oportunidad para reflexionar, agradecer y fortalecer los vínculos de la comunidad.
MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE: EL DÍA GRANDE DE SAN SIMÓN APÓSTOL
La celebración principal tendrá lugar este miércoles 28 de octubre.
La fecha corresponde a la conmemoración litúrgica de los apóstoles San Simón y San Judas Tadeo, en la tradición católica.
San Simón, conocido también como Simón el Zelote, es reconocido por la Iglesia como uno de los doce apóstoles de Jesucristo.
Aunque los relatos bíblicos ofrecen pocos detalles sobre su vida, su figura forma parte de la memoria religiosa del cristianismo.
En San Simón Tolnahuac, su festividad representa una de las fechas más significativas para la comunidad parroquial.
PROGRAMA RELIGIOSO DEL MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE
8:00 horas. Santa Misa y Las Mañanitas.
La comunidad cantará Las Mañanitas a San Simón Apóstol, su santo patrono, como expresión de alegría y devoción.
13:00 horas. Santa Misa de acción de gracias.
Los asistentes agradecerán las bendiciones recibidas, más tarde, compartirán los alimentos en la Plaza de San Simón.
La invitación está dirigida a participar en un ambiente de convivencia y celebración comunitaria.
19:00 horas. Santa Misa por los enfermos.
La celebración estará dedicada especialmente a pedir por las personas enfermas y agradecer las actividades realizadas durante la Fiesta Patronal.
Durante todo el día permanecerá expuesto el Santísimo Sacramento, como parte de las actividades de oración y adoración.
La parroquia invita a los habitantes de San Simón Tolnahuac, Tlatelolco y las colonias vecinas a sumarse a las celebraciones.
LAS MUJERES QUE SOSTIENEN LA VIDA COMUNITARIA
Detrás de las festividades religiosas existe un trabajo que pocas veces aparece en las fotografías.
Es el esfuerzo de quienes organizan, preparan, convocan y acompañan.
Mujeres que dedican horas a las actividades de su parroquia.
Que conocen a sus vecinos.
Que preguntan por quienes dejaron de asistir.
Que se preocupan cuando alguien enferma.
Que buscan mantener abiertos los espacios de convivencia.
Durante la entrevista, una de ellas reconoce que el grupo de colaboradoras es pequeño.
Por eso pide a los habitantes de la colonia que se acerquen.
Que participen.
Que no dejen solas a quienes trabajan por la comunidad.
Su invitación contiene una reflexión que también puede aplicarse a la vida vecinal de cualquier colonia de la Ciudad de México.
Las comunidades necesitan participación.
No pueden depender indefinidamente de unas cuantas personas.
Y tampoco pueden conservar sus tradiciones si las nuevas generaciones permanecen al margen.
En San Simón, las mujeres entrevistadas representan distintas historias.
Dolores, con casi cuarenta años de arraigo.
Maricruz, que encontró una vocación espiritual más profunda después del terremoto.
Rosa, que llegó desde Veracruz y construyó nuevos afectos.
Rocío y Julieta, integrantes de una comunidad que busca servir y acompañar.
Cada una aporta una experiencia distinta.
Pero todas coinciden en una convicción:
La fe debe expresarse en la manera de tratar a los demás.
UN BARRIO NO MUERE MIENTRAS SUS VECINOS SE RECONOZCAN
En una Ciudad de México donde el crecimiento urbano transforma constantemente el paisaje, las fiestas patronales conservan una importancia que merece ser reconocida.
No solamente desde la religión.
También desde la historia, la cultura y el derecho de las comunidades a preservar su identidad.
San Simón Tolnahuac es un ejemplo de esa resistencia cotidiana.
Un barrio que convive con las exigencias de la modernidad, pero que todavía encuentra motivos para reunirse alrededor de su plaza y de su parroquia.
La celebración de San Simón Apóstol permite observar algo que frecuentemente queda fuera de las grandes noticias.
La vida de quienes sostienen silenciosamente sus comunidades.
Personas que no ocupan cargos públicos.
Que no encabezan grandes organizaciones.
Que no buscan protagonismo.
Pero que dedican tiempo y esfuerzo a acompañar a sus vecinos.
En ese trabajo cotidiano existe una forma de liderazgo social que merece atención.
Porque construir comunidad no es solamente organizar una fiesta.
Es escuchar a quien vive solo.
Es acompañar al enfermo.
Es abrir espacios para los jóvenes.
Es reconocer la memoria de los adultos mayores.
Es conservar las tradiciones sin convertirlas en simples espectáculos.
Y es comprender que las plazas, los templos y las calles adquieren significado por las relaciones humanas que se desarrollan en ellos.
Desde el periodismo comunitario, estas historias también merecen ocupar un lugar en la memoria pública.
La historia de la Ciudad de México no se escribe únicamente desde sus grandes monumentos, sus avenidas o sus decisiones gubernamentales.
Se escribe desde sus barrios.
Desde las voces de las mujeres.
Desde las manos de quienes preparan los alimentos para una celebración.
Desde los danzantes que regresan cada año.
Desde quienes encuentran consuelo en una oración.
Y desde los vecinos que todavía se llaman por su nombre.
LA FE QUE PERMANECE CUANDO TERMINA LA FIESTA
El miércoles 28 de octubre, San Simón Tolnahuac celebrará nuevamente a su santo patrono.
Habrá oraciones.
Se escucharán Las Mañanitas.
Las familias acudirán a misa.
La plaza volverá a reunir a los vecinos.
Y los alimentos compartidos recordarán una costumbre que ha acompañado durante generaciones a los barrios de México.
Pero cuando termine la celebración, cuando los visitantes regresen a sus hogares y las calles recuperen su ritmo habitual, permanecerá una pregunta.
¿Qué queda después de la fiesta?
Para las mujeres entrevistadas, la respuesta parece clara.
Queda el compromiso.
Queda la responsabilidad de acompañar.
Queda la necesidad de fortalecer la convivencia.
Queda la invitación a regresar a la comunidad.
Y queda, sobre todo, una forma de entender la fe que no termina frente al altar.
Antes de concluir la entrevista, las participantes agradecen la presencia de Con Tlatelolco TV y la oportunidad de dar a conocer las actividades de su parroquia.
Transmiten el agradecimiento del padre Eduardo Lozano, quien no pudo participar directamente en la conversación.
Sus palabras finales no tienen la solemnidad de un discurso preparado.
Son las palabras sencillas de quienes desean que su comunidad permanezca unida.
Que los vecinos se acerquen.
Que participen.
Que compartan.
Que recuerden.
Porque en San Simón Tolnahuac, entre la memoria indígena, la tradición católica, la vida urbana y las historias de sus habitantes, todavía existe una certeza profundamente humana:
La verdadera riqueza de un barrio no se encuentra solamente en sus edificios, sus calles o sus monumentos, sino en la capacidad de sus habitantes para cuidarse unos a otros.
Y mientras haya mujeres y hombres dispuestos a mantener viva esa convicción, San Simón continuará siendo mucho más que un nombre en el mapa.
Será un lugar de encuentro.
Un territorio de memoria.
Una comunidad de esperanza.
Un barrio donde la fe se convierte en amor y el amor se transforma en servicio.

