Huey Miccailhuitl: Tlatelolco y Tepito mantienen viva la memoria de los ancestros

Huey Miccailhuitl: Tlatelolco y Tepito mantienen viva la memoria de los ancestros

3 noviembre, 2026 0 Por Staff Redaccion

Entre flores, fuego sagrado, copal, alimentos y representaciones de antiguas deidades, la Plaza de las Tres Culturas se convierte en un espacio de encuentro con la cosmovisión mexica. 

El Consejo de Guardianes del barrio originario de Tepito reivindica la memoria ancestral, la identidad territorial y los vínculos históricos que unen a ambas comunidades.

Ignacio Arellano / Con Tlatelolco TV

Ciudad de México, martes 3 de noviembre de 2026.- Hay memorias que no desaparecen. Permanecen escondidas en los nombres de los barrios, en las historias que pasan de abuelos a nietos, en el aroma del copal, en el fuego que permanece encendido y en los alimentos que, año con año, se colocan para recibir simbólicamente a quienes se adelantaron en el camino de la vida.

En la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, la celebración de la Huey Miccailhuitl adquiere un significado que va más allá de las festividades contemporáneas del Día de Muertos. Es un encuentro con los ancestros, una expresión de espiritualidad indígena y, sobre todo, una reivindicación de la memoria histórica de dos barrios que comparten raíces profundas: Tlatelolco y Tepito.

Entre flores de temporada, frutas, agua, sal, incienso y fuego sagrado, los participantes explican que cada elemento tiene un sentido dentro de una antigua manera de entender el universo, la muerte y la continuidad de la existencia.

No se trata solamente de contemplar una ofrenda. Se trata de escuchar lo que sus símbolos cuentan.

Durante nuestro recorrido por este espacio ceremonial, uno de sus participantes nos permitió conocer de cerca el significado de la instalación dedicada a las ánimas.

—¿Y qué estamos haciendo en el espacio donde ustedes están?

—Pues es la Huey Miccailhuitl, es la ofrenda a los ancestros, a las ánimas.

La explicación nos conduce al corazón de la ceremonia.

“Es el Miccailhuitlamanaliz, la ofrenda a las ánimas que ahora vienen y se alimentan de la flor, de la fruta, del comal, del agua y de la sal”, explica.

La conversación permite comprender que, desde esta tradición, el calendario ceremonial tiene una temporalidad distinta a la de las celebraciones actuales del 1 y 2 de noviembre. 

El participante señala que la cuenta ancestral comenzó semanas antes y relaciona el 29 de septiembre con la apertura simbólica de las puertas del Mictlán.

Es una manera distinta de mirar la muerte: no como una ruptura definitiva, sino como parte de una relación espiritual con quienes formaron parte de nuestra historia.

El fuego sagrado: alimentar la memoria de los ancestros

Al ingresar al espacio ceremonial, el recorrido se transforma en una experiencia de descubrimiento.

El fuego sagrado ocupa un lugar especial. A su alrededor se encuentran el copal, el incienso, el agua, la sal, las flores y las frutas propias de la temporada otoñal.

Tunas, mandarinas, manzanas, jícamas y cañas forman parte de esta ofrenda, donde los alimentos representan hospitalidad y generosidad hacia las ánimas.

El copal y el incienso acompañan el espacio ritual, mientras las representaciones de antiguas deidades recuperan la presencia de una cosmovisión que sigue encontrando formas de expresión en nuestros días.

Al norte se encuentra Mictlantecuhtli, señor del Mictlán, acompañado de una ofrenda de pan. También aparece la representación de las Cihuapipiltin o Cihuateteo, mujeres que morían durante el parto y que, dentro de la tradición mexica, eran reconocidas como guerreras.

Cada elemento tiene una historia. Cada alimento, una intención. Cada símbolo, una memoria.

Y mientras observamos la disposición de las frutas y las flores, comprendemos que la ofrenda no es únicamente una composición estética: es una expresión de espiritualidad, pertenencia y continuidad cultural.

Las mujeres guerreras: el reconocimiento ancestral de quienes dieron vida

Uno de los momentos más significativos de la entrevista surge al hablar de las mujeres que morían durante el alumbramiento.

En la cosmovisión mexica, las mujeres fallecidas durante el parto recibían un reconocimiento especial. Su muerte era equiparada simbólicamente con la de los guerreros caídos en combate, pues el nacimiento era entendido como una lucha y ellas eran consideradas mujeres guerreras.

La explicación recuerda que estas mujeres ocupaban un lugar importante en la concepción espiritual del mundo indígena.

Su memoria también encuentra expresiones en otras culturas mesoamericanas, como la zapoteca, la totonaca y la mixteca, aunque cada pueblo desarrolló sus propias interpretaciones y tradiciones.

En medio de la celebración, este homenaje adquiere una dimensión profundamente humana: recordar que las mujeres también fueron protagonistas de la historia, de la espiritualidad y de la construcción de las sociedades originarias.

Amashac: Tepito recupera su nombre y su memoria ancestral

La entrevista nos conduce hacia otro capítulo de esta historia: la relación entre Tlatelolco y Tepito.

El participante explica que forma parte de un trabajo de investigación y difusión cultural dedicado a recuperar la memoria histórica del barrio originario de Tepito, mediante el reconocimiento del nombre ancestral de Amashac.

Se trata de un esfuerzo que, según explica, se apoya en investigaciones y referencias documentales, entre ellas códices, con el propósito de fortalecer la identidad comunitaria y recuperar el patrimonio histórico y cultural del barrio.

Como parte de esta labor realizan la Jornada de Raíces Ancestrales y Patrimonio Cultural del Barrio Originario de Tepito Amashac.

El proyecto busca mantener viva la memoria de un territorio que ha experimentado profundas transformaciones, pero que conserva relatos, tradiciones y expresiones culturales transmitidas entre generaciones.

Durante la conversación también se hace referencia al 13 de agosto de 1521, fecha fundamental para comprender la caída de México-Tlatelolco y el final de la resistencia mexica.

El entrevistado menciona la parroquia de la Conchita de Tepito y sostiene que, de acuerdo con sus investigaciones, en ese lugar existió anteriormente un espacio ceremonial relacionado con Teotlalco, al que atribuye una dimensión de energía dual.

Son referencias que forman parte de su interpretación sobre el pasado del barrio y que merecen continuar documentándose mediante fuentes históricas y arqueológicas.

Porque recuperar la memoria también significa investigar, contrastar y transmitir con responsabilidad aquello que se conoce y aquello que todavía requiere esclarecerse.

Claudia Santos: “Pertenecemos a un mismo territorio”

La presencia del Consejo de Guardianes del barrio originario de Tepito en la Plaza de las Tres Culturas aporta otra dimensión a esta celebración.

Claudia Santos, representante de esta comunidad, explica que su participación tiene un propósito fundamental: mostrar las formas sagradas de la tradición mexica y la cosmovisión náhuatl, como parte de un esfuerzo por rescatar y preservar la ancestralidad.

“Somos el Consejo de Guardianes del barrio originario de Tepito y hoy estamos aquí en la Huaymilcalitic en Tlatelolco, mostrando nuestras formas sagradas de la tradición mexica, de la cosmovisión náhuatl”. expresa.

Para Claudia, el significado de participar en este espacio va mucho más allá de presentar una muestra cultural.

Al preguntarle sobre la importancia de llevar esta expresión ancestral a la Plaza de las Tres Culturas, su respuesta tiene una profunda carga de identidad:

“Pues es el territorio ancestral al que pertenecemos. Mostrar a todos esto que existe, a pesar de los hechos históricos, pues es una conquista espiritual para nosotros”.

Y agrega que compartir estas expresiones con el pueblo de Tlatelolco representa una oportunidad para mostrar el origen de la identidad del territorio.

La conversación llega entonces a una de las ideas centrales de este encuentro: la relación histórica y territorial entre Tepito y Tlatelolco.

Claudia lo explica desde la memoria comunitaria:

“Lo que también queremos visualizar como comunidad es que, como tal, el territorio ancestral era aquí la Huaymilcali más importante de Tlatelolco y el Mictlan enfrente, que ahora es cerrito”.

Y enfatiza:

“Pertenecemos a un mismo territorio. Lo que queremos visualizar es que, a pesar de tanto tiempo, seguimos unidos como una sola comunidad”.

Sus palabras expresan una convicción: la historia de los barrios no debe entenderse como una suma de espacios separados, sino como parte de una memoria territorial compartida que merece ser conocida y preservada.

Una muestra escultórica para reencontrarse con las raíces

La celebración también tiene una dimensión artística y comunitaria.

Claudia Santos invita a los habitantes de Tlatelolco, Tepito y de toda la Ciudad de México a conocer la muestra escultórica realizada con la colaboración del Taller Ochoa.

La instalación reúne expresiones visuales inspiradas en la tradición ancestral y en la cosmovisión de los pueblos originarios.

La invitación es abierta:

“Que vengan a esta gran muestra escultórica que hizo también el Taller Ochoa y los vecinos de Tlatelolco, que vengan a disfrutarla hasta el 5 de noviembre, en lenguas originarias”.

La participación de los vecinos y de los representantes comunitarios demuestra que el patrimonio cultural no solamente se conserva en los museos o en los libros. También, vive en las calles, en las plazas, en los talleres, en las ceremonias y en el trabajo colectivo.

Tlatelolco y Tepito: la memoria que sobrevive al tiempo

La Huey Miccailhuitl nos deja una reflexión que trasciende los días de celebración.

En una ciudad que cambia constantemente, donde las antiguas referencias territoriales muchas veces quedan ocultas bajo el concreto y las nuevas construcciones, recuperar la memoria de los pueblos originarios representa una forma de reconocernos.

Tlatelolco y Tepito guardan historias que se entrelazan con el pasado indígena, la conquista, las transformaciones urbanas y la resistencia cultural de sus habitantes.

Por eso, la presencia del Consejo de Guardianes de Tepito, en la Plaza de las Tres Culturas tiene un significado especial. Es un encuentro entre comunidades que buscan mantener presentes sus raíces y transmitirlas a las nuevas generaciones.

El fuego sagrado, las flores, el copal, las frutas y las representaciones de las antiguas deidades nos recuerdan que las tradiciones no sobreviven por sí solas: necesitan personas que las conozcan, las practiquen, las investiguen y las compartan.

Hay algo profundamente emotivo en escuchar a quienes defienden la memoria de sus barrios. En sus palabras se reconoce el orgullo de pertenecer a un territorio, pero también la responsabilidad de no permitir que su historia desaparezca.

La memoria de los ancestros sigue viva cuando los pueblos reconocen sus raíces.

Y en esta celebración, Tlatelolco y Tepito vuelven a encontrarse alrededor de una ofrenda que no solamente honra a quienes partieron, sino que también reivindica la identidad de quienes permanecen.

Porque recordar a los muertos es también recordar quiénes somos, de dónde venimos y qué legado queremos entregar a quienes todavía están por llegar.

La tradición es memoria. La memoria es identidad. Y la identidad de un pueblo también es una forma de resistencia.